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22 de febrero de 2012

Por qué fallan las dietas


El olvido de las dietas

No existe una dieta mágica. Reducir de peso conlleva un cambio de hábitos, señalan los expertos.

¿Frustrado porque la dieta que sigue no da resultados? ¿No logra perder más peso o incluso recuperó lo que perdió? Quizás no sea culpa suya sino de los tratamientos para adelgazar que se han olvidado de un punto importante: el metabolismo cambia cuando se deja de comer.

Tanto el organismo de Salud Británico (NHS), como el estadounidense (US health), asumen que si una persona deja de consumir 500 calorías diarias perderá alrededor de una libra semanal, sin importar cuánto tiempo lleva haciendo régimen ni por cuánto tiempo seguirá.

Pero de acuerdo con una investigación del Instituto de Salud de Maryland, Estados Unidos, dicho planteamiento, ampliamente utilizado en el resto del mundo, tiene errores de base.

"A medida que una persona pierde peso su metabolismo se ralentiza y, finalmente, se estanca. Si usted quiere perder cinco kilos reduciendo 100 calorías al día, puede bajar la mitad en un año y el resto en tres. Después de ese tiempo se estancará y empeorará", detalló Kevin Hall, director de la investigación, en la reunión anual de la Asociación Americana de Avances Científicos.

El estudio subraya además la gravedad de enfatizar en dietas rápidas y milagrosas y en la necesidad de revaluar las políticas públicas sobre el tratamiento de la obesidad.

"No hay una dieta mágica o milagrosa. Cuando se deja de comer el cuerpo pone en marcha mecanismos para mantener el peso. Comer es uno de los instintos primarios del ser humano. El cuerpo se defiende, no quiere perder peso", explica a BBC Mundo Alber Lecube, coordinador del Grupo de Trabajo de Obesidad de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN).

Cuando se utilizan fármacos contra la obesidad, vas contra ese mecanismo de defensa y terminas atrofiando otras partes de tu cuerpo, señala el experto.

"De alguna manera uno no puede tener el peso que quiere, lo puede ajustar con un cambio de hábitos y un incremento en la actividad física, no necesariamente yendo al gimnasio sino caminando dos veces al día. Hay que tener en cuenta que hay una base genética importante que determina nuestro peso. Para muchas personas delgadas es más difícil ganar peso que para un obeso perderlo”, detalla Lecube.

Impuesto a la gordura

El estudio del Instituto de Salud de Maryland se detiene en la necesidad de ofrecer un asesoramiento más preciso y realista a las personas con sobrepeso y obesidad.

"Es mejor tener una idea real para saber qué intervención se necesita", detalló Hall.

En su ponencia, el médico examinó una vieja propuesta de "impuesto a la gordura", que añade un 20% al costo de los alimentos dulces y pocos saludables y que, según el organismo de salud estadounidense, reduciría las tasas de obesidad en el país del 67% al 50% en cinco años.

No obstante, cuando los expertos del Instituto de Salud de Maryland incluyeron los cambios metabólicos que experimenta la gente, los resultados no eran tan optimistas: solo caería este índice a un 62%.

"La teoría sobre las dietas la conocemos, la cuestión es llevarla a la práctica. Una dieta no sólo es dejar de comer sino comer bien, cumplir con todas las comidas del día, no dejar huecos para que no haya un efecto rebote. Lamentablemente en el mercado nos encontramos ofertas que no son realistas, que nos ofrecen adelgazar en uno o dos meses. Hay que asumir que es un proceso a largo plazo", comenta a BBC Mundo la nutricionista Yolanda Sanchis.

En ese sentido, Lecube comenta que "cuando se inicia una dieta también hay que trabajar en la autopercepción de la estética de cada persona, en los valores sociales. Hay gente baja y alta, gorda y delgada".

"Una persona que pesa cien kilos, con una base genética de obesidad, no puede pretender bajar hasta los 70. Si acaso puede ajustar su peso. Cuando se fuerzan las dietas se atrofian los mecanismos del hambre y el cuerpo defiende su territorio. No se nos puede olvidar que comer es un placer, tenemos que comer para vivir", subraya.

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BBC Ciencia

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Futurología: Google venderá gafas de realidad aumentada para fin de año

(cc) itselea


Las rumoreadas gafas de realidad aumentada de Google podrían salir a la venta a fin de año, según dice el New York Times. Se cree que el proyecto pretende mostrar en los lentes información coordinada desde el smartphone Android que llevas en el bolsillo en tiempo real. Uno de estos modelos costaría entre USD$250 y USD$600.

Los anteojos estarían basados también en Android, e incluirían una pantalla, múltiples sensores incluyendo GPS, y conectividad 3G o 4G. Además integrarían una nueva forma de navegación, basada en los movimientos de la cabeza para elegir opciones en el menú que presenten los lentes.

Las gafas incorporarían también una cámara, que permitiría buscar información del lugar donde estás y desplegarla delante de tus ojos. Este dispositivo es un proyecto de Google X, un “laboratorio secreto”, donde la compañía desarrolla lo que cree que será el futuro. Una de las discusiones que se estarían llevando dentro del grupo es las consecuencias para la privacidad que tendría la integración de la cámara – cualquiera podría llegar luego a pensar que ese tipo pervertido con anteojos oscuros en realidad te está filmando.

Los anteojos se coordinarán con varios productos de Google que están actualmente disponibles en el mercado, y funcionarán enviando información a la nube y luego desplegando los resultados delante de los ojos del usuario, como mapas, los lugares donde están tus amigos, etc.

¿Será éste el futuro de la computación? Y otra cosa: ¿tendremos sensores de poder de pelea próximamente?

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FayerWayer

Los misterios de la primera hamburguesa artificial


Un científico de la Universidad de Maastricht utiliza células madre cultivadas en suero fetal bovino

No quiere desvelar el nombre del patrocinador que le permitirá presentar la carne en octubre

Su producción en masa aliviaría el calentamiento global y la escasez futura de ganado y pastos


La primera hamburguesa artificial no saldrá de una de las grandes cadenas de comida rápida repartidas por el mundo. Está siendo elaborada en un entorno mucho menos llamativo: el laboratorio del departamento de Fisiología de la Universidad holandesa de Maastricht. Su jefe, Mark Post, ha cultivado células madre de vaca en suero fetal de bovino hasta conseguir tejido muscular. El proyecto cuesta unos 250.000 euros, y el científico espera presentar la carne el próximo mes de octubre. Lo que no quiere desvelar es la identidad de su patrocinador. Un personaje del que solo ha dicho que desea reducir las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de la cría de ganado. Y con ello, el número de cabezas sacrificadas para el consumo. “No es un tipo famoso, ni tampoco británico”. “Es de fiar y capaz de convertir en oro todo lo que toca”, ha declarado. Una descripción en la que encajaría, sin que el investigador lo haya confirmado, Bill Gates.

El fisiólogo Post ha aprovechado para su carne sintética los conocimientos extraídos durante las dos últimas décadas en los experimentos con células madre. De momento, cuenta con una tira de músculo de entre 2 y 3 centímetros de largo, casi 2 de ancho y medio milímetro de grosor. Luego deberá añadirle grasa, obtenida de la misma forma. Para la hamburguesa, necesitará cerca de 3.000 tiras de músculo y 200 de grasa, además de varias semanas de cultivo en el laboratorio. Si la primera pieza ha resultado muy costosa, Post sostiene que con los fondos adecuados y el visto bueno de las autoridades sanitarias, en una década podría pasarse a la producción industrial. “El Gobierno holandés se ha involucrado en este proyecto porque el país es uno de los mayores productores de animales de granja”, ha recordado. Tampoco olvida que la demanda mundial de carne se multiplicará en los próximos 40 años, con el consiguiente deterioro ambiental derivado de la crianza en explotaciones ganaderas.

Ante sus colegas, Post se ha mostrado también entusiasta. “Mostraremos que gracias a las células madre surge un producto similar, esperamos que también en sabor, a la carne. Con unas cuantas cabañas de animales donantes (muchos menos que los sacrificados en mataderos a diario) tendríamos suficientes células madre para la carne”, ha dicho durante la conferencia anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, recién clausurada en Vancouver (Canadá). Un equipo de bioquímicos de la Universidad estadounidense de Stanford (California) elabora asimismo carne artificial. En su caso, tratan de extraerla de cultivos de maíz, trigo, o bien soja y arroz.

Para el Grupo estadounidense en Defensa del Trato Ético de los Animales (PETA, en sus siglas en inglés), que cuenta con dos millones de miembros y simpatizantes, la hamburguesa artificial puede ser muy beneficiosa. “Está producida sin gases de efecto invernadero ni basuras. Si la consiguen en cantidades comerciales, no tendremos objeciones de tipo ético”, han manifestado sus portavoces. Una cosa sí tendrá que mejorar el equipo de la Universidad de Maastricht antes de presentar en sociedad la carne. Es el color, todavía entre rosado y amarillento.

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El País Ciencia

Científicos españoles encuentran los animales que viven a mayor profundidad en la Tierra

animal__mayorprofundidad

Allá, en el inframundo, sí que viven especies animales: Así lo ha comprobado una expedición hispano-rusa en la cueva más profunda del mundo, donde se encontraron cuatro nuevas especies de animales que viven a mayor profundidad en el planeta.

El hallazgo se produjo en la Cueva de Voronia (Krubera-Voronya) en la región de Abkhazia, cercana al Mar Negro, que tiene 2.191 metros de profundidad.

Ahora sabemos que allí viven las nuevas especies que pertenecen al grupo de los colémbolos, que son unos animalitos invertebrados artrópodos cercanos a los insectos, los arácnidos o los crustáceos: Tienen el esqueleto externo y apéndices (patas, antenas, etc.) articulados, además de un órgano especial para saltar llamado “furca”.

Los ejemplares de estas especies son realmente pequeñitos: Miden entre 1 y 4 milímetros, y cada uno de los cuatro fue encontrado a una determinada profundidad, siendo el que alcanzó la mayor cota subterránea, el bautizado como “Plutomurus ortobalaganensis”, descubierto a 1.980 metros bajo la superficie y que es el de la imagen que acompaña esta nota.

Ahora, vamos, que estos animalitos son unos auténticos “todo-terreno”: Explican los investigadores, que debido a su modo de vida en la cueva, estas nuevas especies poseen características específicas desarrolladas para sobrevivir en condiciones subterráneas extremas, como la ausencia total de luz y la poca disponibilidad de recursos alimenticios.

Estos lo aguantan todo: El calor, la humedad, la oscuridad… Así lo explicó Enrique Baquero, zoólogo y profesor de la Universidad de Navarra (UNAV) y uno de los autores del estudio:

“Como respuesta a estas condiciones de vida, ninguno de los animales encontrados tiene ojos y carecen de pigmentación (color). Además, una de las especies ha desarrollado un quimioreceptor -una especie de antena parabólica química- que le permite moverse en un entorno tan complicado”.

Y dadas tales características de seguro te estás preguntando ¿cómo hacen para vivir en tales condiciones y a la mayor profundidad del Planeta? Según explica Baquero, que estas especies sean capaces de vivir en tales condiciones, se explica en el hecho de que son “recicladores” de materia orgánica:

“Se alimentan de los hongos que crecen sobre ella, contribuyendo a su descomposición y participando en la red de las comunidades estables de artrópodos que existen en las cuevas”.

Lo más interesante de este hallazgo, a mi forma de ver, es que a pesar de que la cueva Krubera-Voronya, al ser única en el mundo que supera los dos kilómetros de profundidad recibe numerosas expediciones; sea esta la primera ocasión en la que se logra describir su fauna… Visto lo visto, aunque nos empeñemos en sentirnos los amos y señores del Planeta, siempre la naturaleza encuentra formas de recordarnos quién manda sobre quién.

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FayerWayer

Las hormigas recuerdan el perfume de sus enemigos

Las hormigas forman parte de una sociedad con un alto nivel de organización.

Las hormigas utilizan olores para transmitir información sobre sus enemigos a otros individuos de su colonia, descubrió un grupo de científicos.

Según los investigadores, cuando una hormiga pelea con un enemigo retiene el olor de su contrincante y lo pasa al resto del nido.

Esto permite a cualquiera de sus compañeras identificar a intrusos de otras colonias.

Los descubrimientos fueron publicados en la revista científica Naturwissenschaften, importante publicación sobre naturaleza editada en Alemania.

El estudio explica que para muchas especies de hormigas los componentes químicos son esenciales a la hora de funcionar como una sociedad organizada.

Los insectos identifican a los demás miembros de su colonia por su "firma química" específica, una sustancia que cubre a cada individuo.

Las hormigas también pueden oler cualquier intento de invasión del exterior por parte de un intruso.

Pruebas "de familiarización"

El estudio, llevado a cabo por la Universidad de Melbourne en Australia, pretendía descubrir si las hormigas pueden retener en su memoria estos distintos olores.

Los investigadores estudiaron a la hormiga verde tropical (oecophylla smaragdina), que construye su hogar en los árboles y cuyas colonias contienen hasta 500.000 trabajadoras.

El equipo montó una serie de "tests de familiarización" para permitir el encuentro de hormigas de dos colonias diferentes.

A lo largo de una serie de pruebas, colocaron a un individuo de un "nido central" en una zona de observación con otro de una colonia distinta.

Tras 15 de estos encuentros de familiarización, se procedió a simular una invasión.

Se colocaron a 20 trabjadoras del nido de familiarización sobre o cerca de la colonia central.

"Los intrusos fueron típicamente atacados por los residentes", se lee en el estudio.

Pero las hormigas que defendían su colonia reaccionaron de una forma mucho más agresiva sobre los intrusos con los que algunos de sus trabajadores se habían familiarizado antes.

Sabiduría colectiva

La hormiga verde defiende su colonia de los intrusos ayudada por la experiencia de sus compañeras

El equipo explicó que "este mayor nivel de agresividad estaba… específicamente dirigido a la colonia "familiar", y persistía por al menos 6 días después de los tests de familiarización."

Uno de los responsables del experimento, el profesor Mark Elgar, explicó a la BBC que todas las hormigas de la colonia pudieron beneficiarse de la experiencia de una de sus trabajadoras.

Elgar describe el fenómeno en términos de "sabiduría colectiva".

En términos humanos, señala el profesor, "imagine que tuvo una experiencia desagradable con un grupo particular de personas con una característica distintiva – a lo mejor todos llevaban la misma bufanda de su equipo de fútbol".

"Y usted ha puesto sobre aviso a sus colegas de que tengan cuidado con la gente que lleva este tipo de bufanda".

"Uno de los colegas que le oyó puede sucesivamente comentárselo a otro, y así su mensaje es adquirido por el grupo e incorporado a su memoria colectiva".

"Cambie colegas por hormigas y bufanda por olor y tendrá nuestra historia".

Fuente:

BBC Ciencia

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Una flotilla de satélites para ver cómo es la Tierra por dentro



Ilustración de los campos magnéticos terrestres y la influencia del Sol en ellos, que medirán con precisión los satélites Swarm. / ESA / ESA

Los científicos de la misión espacial Swarm la definen como un viaje al centro de la Tierra, e incluso recuerdan la novela de Julio Verne para ilustrar su investigación. Pero no van a viajar hacia las profundidades, sino al contrario, van a poner en órbita una flotilla de satélites para captar con gran detalle el campo magnético terrestre, en el que podrán leer qué pasa dentro del planeta. Los tres satélites de la flotilla Swarm, de la Agencia Europea del Espacio (ESA), están casi listos para su lanzamiento, fijado para julio.

“Swarm nos proporcionará el mejor rastreo del campo electromagnético y su evolución temporal para adquirir un nuevo conocimiento del sistema terrestre y su entorno”, explicó la semana pasada el danés Eigil Friis-Christensen, investigador principal de la misión, durante una visita a la empresa IABG, en Múnich (Alemania), donde los satélites están pasando las últimas pruebas antes de ir al espacio.

Son tres satélites idénticos, de nueve metros de longitud (incluido un mástil de cuatro metros que se despliega en órbita) y 500 kilos de masa cada uno. En una gran sala limpia de pruebas dos de los artefactos están colocados verticalmente, en la posición que tendrán en la punta del cohete y uno está tumbado ante los ordenadores de los técnicos. Son satélites de forma triangular, poco habitual en los artefactos espaciales.

En IABG los someten a los obligatorios ensayos de vacío, radiación, temperatura, vibraciones, etcétera. Y en ese caso el trabajo se complica porque es muy estricta la protección frente a los campos magnéticos, que pueden alterar los ultrasensibles equipos de a bordo. Por ello, antes de entrar en el inmaculado gran taller, vestidos con los obligados gorros, batas y fundas para el calzado, es obligatorio pasar ante un sensor magnético que detecta si uno se ha olvidado de dejar en el vestuario aparatos como el móvil, el libro electrónico o la tableta.

“Los Swarm no llevan ningún material magnético, absolutamente nada que tenga hierro, y las fijaciones metálicas imprescindibles son de titanio”, explica Hans Bestler, responsable técnico del proyecto. La estructura de los satélites es de fibra de carbono y el mástil desplegable trasero aleja el magnetómetro del cuerpo principal de cada artefacto, donde van algunos equipos que podrían alterar sus lecturas. “Incluso ha habido que evitar algunos materiales como pegamentos y cerámicas que contienen impurezas férricas”, añade Evert Dudok, responsable de equipos de observación de la Tierra de la empresa Astrium, que ha fabricado los Swarm.

El campo magnético de la Tierra —que protege el planeta frente al bombardeo continuo de partículas cargadas emitidas por el Sol— se origina, sobre todo en su interior más profundo, en el gran océano de hierro fundido y rotante de su núcleo, que actúa como la dinamo de una bicicleta y provoca continuos cambios en el campo electromagnético. Pero también las rocas, el océano, la ionosfera y la magnetosfera intervienen. Swarm irá midiendo con una precisión sin precedentes la fuerza, la orientación y las fluctuaciones del campo magnético y, a partir de las variaciones temporales y espaciales registradas, los científicos deducirán los procesos internos del planeta y su estructura. Asimismo, estos satélites permitirán comprender mejor el sistema Tierra-Sol captando con alta resolución el efecto del viento solar.

“La Tierra tiene un complicado campo magnético que influye en nuestra vida y en nuestro clima”, señaló Volker Liebig, director de exploración de la Tierra en la ESA. “Necesitamos mejorar las predicciones del tiempo magnético para proteger satélites en órbita, radiocomunicaciones, sistemas de navegación e infraestructuras eléctricas”, que periódicamente se ven afectadas por tormentas magnéticas desencadenadas por la actividad solar, destacó Vliebig.

La misión Swarm, con un coste de 220 millones de euros (incluido el cohete ruso Rockot que pondrá en órbita los tres satélites) más 30 millones de operación durante los cuatro años de funcionamiento previsto, es heredera de la experiencia adquirida con otros satélites, pero aportando una enorme resolución espacial y temporal gracias a sus sensores de a bordo y a la configuración de flotilla espacial, explicaron los expertos en Múnich.

Dos de los satélites Swarm, alejados unos 125 kilómetros uno de otro, seguirán órbitas contiguas (a 460 kilómetros de altura), de manera que convergerán sobre los polos, viajando a una velocidad de siete kilómetros por segundo, y cruzándose cada 45 minutos. “Los márgenes para evitar las colisiones polares son muy pequeños: unos cinco kilómetros de altura entre un satélite y otro y 10 segundos de desfase temporal”, destacó Bestler. El tercer satélite volará separado y a más altura (530 kilómetros).

Fuente:

El País Ciencia

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