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ingresos totales de su país...
15 Oct 2022 undefined comments comments comments comments comments comments
Al principio de su historia, el planeta rojo habría
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en hábitats extremos de la Tierra.El Marte noáquino habría sido un hábitat...
La astrofísica del Centro de Astrofísica Harvard &
Smithsonian en Cambridge, detalló que se trata de un fenómeno
completamente nuevo ya que “estamos observando la evolución estelar en
tiempo r...
El dispositivo podría suministrar energía
constante a una amplia variedad de aparatos electrónicos alimentándose
de la transpiración humana.Investigadores de la Universidad de Massachusetts Amherst...
Como ya sabrás, la luz viaja muy rápido, aproximadamente a 299.792.458 metros por segundo, pero claro, ésta velocidad sólo se alcanza a través del vacío o lo que es lo mismo, el espacio, y nuestro planeta está completamente formado por materia, incluido el aire, por lo que nunca llega a darse este caso. Pero ¿te has preguntado alguna vez a cuánta velocidad viaja la electricidad dentro de un cable como los que nos suministran la corriente a diario? Te adelantamos que la respuesta, comparada con la velocidad de la luz es casi ridícula y seguro que te va a dejar anonadado. Para responder a esta pregunta debemos ampliar nuestra lupa y viajar al nivel subatómico. El término Átomo es una palabra que pertenece al griego antiguo y quiere decir «indivisible», aunque gracias a los descubrimientos hechos a lo largo de los siglos XIX y XX sabemos que no es así, pues el átomo se divide en distintas unidades como son los neutrones, sin carga eléctrica; los protones, con carga positiva y los electrones, con carga negativa. Estos últimos son lo que nos interesan en esta cuestión y sí que son indivisibles, al menos para la ciencia actual, y tienen un tamaño tan pequeño que es imposible de determinar. La energía que se produce durante el desplazamiento de los electrones a través del cable es la que genera la electricidad pero sorprendentemente la velocidad que adquieren dichos electrones en un cable de cobre como los que recorren nuestra casa es menor a 1 milímetro por segundo. Para establecer una comparativa, es menor que la velocidad a la que se desplaza un caracol. Esto es sorprendente principalmente porque cuando pulsamos cualquiera de los interruptores la luz se enciende automáticamente y los cables que recorren nuestras casas suelen ser considerablemente largos. Pues bien, para entender el porqué de ese encendido automático debemos visualizar un pequeño tubo completamente relleno de canicas del mismo tamaño que su diámetro, ya que los electrones se sitúan en el cable de una manera parecida y en un tamaño casi infinitamente grande. Si introdujéramos una canica más por un extremo del tubo podríamos observar que, por muy largo que éste sea, la canica que se encuentre en el otro extremo va a salir. Y es que así es el comportamiento de los electrones dentro del cable: uno sólo no recorre todo el cable, si no que al aparecer uno nuevo todos los demás se desplazan liberando el último, por lo que la velocidad de la corriente en su conjunto es similar a la velocidad de la luz. Fuente: PLC Madrid
En física de partículas no solemos hablar directamente de indivisibilidad sino que hablamos de partículas fundamentales o elementales.
Registro del CMS que pudiera ser la firma de la partícula de Higgs.cernafpLa respuesta en realidad es muy simple porque nosotros a día de hoy
sí que conocemos partículas indivisibles. Pero si filosofamos un poco
habría que definir qué significa indivisible. ¿Significa que no se
pueden romper o que carecen de estructura interna? En física de partículas no solemos hablar directamente de indivisibilidad sino que hablamos de partículas fundamentales
o elementales. Para nosotros son partículas fundamentales aquellas en
las que a día de hoy, es decir, con el rango de energías que tenemos en
este momento, no se ha observado ninguna estructura interna, o lo que es
lo mismo, no están compuestas por otras partículas más pequeñas. Eso
son partículas fundamentales y serían, por ejemplo, el electrón y otros
leptones o los quarks. Esto que te explico es lo que hemos podido observar hasta el momento
con el rango de energías de las que disponemos. Por ejemplo, en
aceleradores de partículas como el LHC (Large Hadron Collider) donde yo
trabajo, usamos órdenes de energía de teraelectronvoltios, es decir un
billón de electronvoltios. Un electronvoltio (eV) es una unidad que
correspondería a la energía necesaria para mover un electrón dentro de
una diferencia de potencial de un voltio. Estaríamos hablando de
cantidades de energía que traducido a longitudes de onda son del orden
de 10-18 metros. Es decir podemos detectar algo tan pequeño como eso, 10-18 metros, que realmente es tan pequeño que está dentro de la escala subatómica. Con estas energías tan altas lo que hacemos en el acelerador de
partículas es colisionar haces de protones, estos haces de protones son
partículas que no son fundamentales porque están constituidas por otras
partículas, los quarks que son los que al final colisionan entre sí.
Podríamos decir que con nuestro “microscopio electrónico de protones” en
el LHC y los rangos de longitud de onda de los que podemos disponer en
este momento no nos permiten observar una estructura interna de lo que
para nosotros son las partículas elementales o indivisibles. Eso es lo
que estudiamos, a lo que llamamos el modelo estándar de física de
partículas que explica las partículas fundamentales y sus interacciones. Hasta el momento sí hay una serie de partículas indivisibles que son estos electrones y quarks
que están divididos en tres familias y que curiosamente no tenemos ni
idea de por qué son tres. Además hay mucha variedad de masas pero solo
la primera familia de estas partículas, los electrones, los quarks up y
los quarks down son los que forman la materia ordinaria, es decir la
materia de la que está hecho todo lo que conocemos. El resto de
partículas indivisibles que hemos detectado, como los muones y otro tipo
de quarks, tienen que ser creados en el laboratorio o a raíz de rayos
cósmicos que atraviesan la atmósfera y dejan este tipo de muones o de
partículas que nos llegan a nosotros. Esto es lo que conocemos a día de hoy. Pero las personas que
investigamos en física de partículas tenemos la puerta abierta a que
cuando aumentemos el rango de energías que utilizamos pueda descubrirse
que estas que ahora consideramos indivisibles o fundamentales no lo son
en realidad sino que estén compuestas por otras que todavía no podemos
observar porque no contamos con la energía suficiente. No lo sabemos.
Pero igual que en el siglo XIX se pensaba que el átomo era indivisible,
nosotros ahora pensamos que el electrón y los quarks lo son también,
aunque no podemos estar completamente seguros.
Bárbara Álvarez González es doctora
en Física Experimental de Partículas e investigadora en la Universidad
de Oviedo e ICTEA (Instituto de Ciencias y Tecnologías Espaciales de
Asturias).
Tres científicos fueron los primeros en demostrar que son capaces de ser hasta 1.000 veces más pequeñas que el cabello humano.
Se trata de Jean Pierre Sauvage, Fraser Stoddart y Bernard Feringa, los galardonados del Premio Nobel de Química 2016. Cada uno, en su tiempo, abrió las puertas a un nuevo campo de la
química. El comité que otorga los Nobel comparó sus esfuerzos con los
primeros intentos por desarrollar motores eléctricos en 1830, que dieron
pie a una verdadera revolución. Estos científicos de las universidades de Estrasburgo (Francia), Northwestern (EE.UU.) y Groningen (Holanda), respectivamente, fueron premiados por diseñar y sintetizar las llamadas "máquinas moleculares". Son
moléculas con movimientos controlables que pueden realizar una tarea
cuando se les añade energía y que pueden tener múltiples aplicaciones en
la industria, la medicina y los servicios eléctricos.
Nanomáquinas en nuestro cuerpo
Pueden ser usadas para desarrollar nuevos materiales, sensores y sistemas para almacenar energía. "Piensa
en microrobots, en nanomáquinas que en el futuro un médico podrá
inyectar en el cuerpo humano para que busque células de cáncer", explicó
por vía telfónica el holandés Bernard Feringa, quien no ocultó su
emoción y su sorpresa por haber sido premiado. "Me siento como los hermanos Wright que desarrollaron las primeras máquinas voladoras y ahora tenemos el Airbus", agregó. Para que algo sea considerado una máquina, debe consistir en varias partes que semuevan de manera coordinada y desarrollen una tarea. Jean Pierre Sauvage,
quién irrumpió en este campo por accidente (al principio su campo era
la fotoquímica), desarrolló en 1994 una cadena molecular -conocida como catenano- en la que un anillo rotaba de forma controlada alrededor de otro anillo cada vez que se le aplicaba energía. Ese mismo año, Fraser Stoddart,
quien creció en una granja de Escocia sin electricidad, pudo controlar
los movimientos de anillos moleculares unidos por un eje. Mientras que Ben Feringa, quien también creció en una granja, produjo en 1999 el primer motor molecular que giraba en una dirección particular. Más tarde, en 2011, su equipo construyó un nanoauto con una carrocería molecular que constaba de cuatro ruedas y se podía mover sobre una superficie.
La luz permanece imbatible en su récord de velocidad.
Corría septiembre de 2011 y el físico Antonio Ereditato conmocionaba al mundo.
El
anuncio que había hecho prometía dar un drástico giro a nuestros
conocimientos sobre el Universo. Si los datos recogidos por 160
científicos que trabajaban en el proyecto OPERA eran correctos, lo
impensable había ocurrido.
Un grupo de partículas -en este caso, los neutrinos- había viajado más rápido que la luz. Según la teoría de la relatividad de Albert Einstein, eso no era posible. Y las implicaciones eran enormes. Muchos aspectos de la física tendrían que ser modificados.
Al final, el resultado de OPERA estaba errado por causa de un problema de sincronización debido a un cable mal conectado.
Como
consecuencia, las mediciones de lo que tardaban los neutrinos en
recorrer la distancia estaban equivocadas en 73 nanosegundos, e hizo que
pareciera como si hubieran viajado más rápidamente de lo que lo
hicieron.
Ereditato renunció. Pero, ¿estamos realmente seguros de que nada puede viajar más rápido que la luz?
Examinemos
el asunto. La velocidad de la luz en el vacío es de 299.792.458
kilómetros por segundo (cerca de la cifra redonda de 300.000 km/s). El
Sol se encuentra a 150 millones de km de la Tierra y la luz tarda sólo
ocho minutos y 20 segundos en recorrer esa distancia.
A principios
de la década de 1960, William Bertozzi, del Instituto de Tecnología de
Massachusetts, en EE.UU., experimentó con la aceleración de electrones a
velocidades cada vez mayores.
Debido a que los electrones tienen una carga negativa, es posible propulsarlos aplicando la misma carga negativa a un material.
En
teoría sólo se tiene que aumentar la energía aplicada con el fin de
alcanzar la velocidad requerida de 300.000 km/s, pero resultó que no es posible que los electrones se muevan tan rápido.
Los
experimentos de Bertozzi revelaron que el uso de más energía sólo
causaba un aumento directamente proporcional en la velocidad del
electrón. La luz está compuesta de partículas llamadas fotones. ¿Por qué estas partículas pueden viajar a la velocidad de la luz cuando otras partículas como los electrones no pueden?
"A
medida que los objetos viajan más rápido, su masa crece y mientras más
masa tienen, más difícil es lograr la aceleración, por lo que nunca
llegan a la velocidad de la luz", explica Roger Rassool, físico de la
Universidad de Melbourne, en Australia.
Los fotones son bastante especiales. No sólo carecen de masa, lo que les da vía libre a la hora de atravesar vacíos como el espacio, sino que además no necesitan acelerar. La energía natural que poseen significa que cuando se crean ya están a su máxima velocidad.
No hemos observado o creado nada que pueda desplazarse tan o más rápidamente que los fotones.
Está
por todo internet, todo el mundo quiere hacerse eco de quiénes son
los ganadores del Nobel en cada disciplina. Ayer mismo supimos los ganadores del premio Nobel de Física: los 3 responsables del primer LED azul eficiente, contruído hace 20 años. Un premio poco común si pensamos que ni el creador del primer LED ni el del primer LED azul tienen tal premio. ¿Por qué ahora? ¿Por qué solo a estos?
La primera pregunta es fácil de contestar: porque ya era hora. Hace
años que los LEDs invaden nuestra vida. Desde las pantallas de los
smartphones, tablets, ordenadores, TVs… pasando por los coches hasta
llegar a las bombillas de casa. La aceptación del LED es tal que ya hay ciudades cambiando sus farolas a esta tecnología.
Y me permito añadir que mucho tarda esta transición, cuando los LEDs
son más duraderos, baratos, pequeños y eficientes con hasta
300lumen/Watio frente a los 70 de los fluerescentes y 16 de las
bombillas tradicionales.
La segunda pregunta, sin embargo, es bastante más compleja de responder y atiende a razones históricas, casi 30 años de diferencia entre el LED verde y el azul; y a razones físicas, es muy complicado de construir y tiene unas propiedades únicas que no comparte con otros LEDs. Para entender estas razones (especialmente la última) es necesario entrar en teoría cuántica de semiconductores, pero vamos a intentar hacerlo sencillo para que todos nos entendamos (prometo que lo conseguiremos).
La física del los LEDs
Vamos a empezar por lo más interesante y complejo: entender un LED. Un LED es una unión de dos semiconductores tipo p-n. El tipo de semiconductor nos dice si los portadores de corriente serán negativos (electrones) o positivos (huecos sin electrón). Es importante entender que un hueco en el que falta un electrón se comporta como un electrón con carga positiva, aunque realmente no haya nada ahí. Lo interesante de estas uniones es que forman diodos que solo dejan pasar la señal en una dirección. Esto permite que conviertan una señal alterna en contínua, por ejemplo. Los LEDs son unos diodos especiales que emiten luz cuando pasa corriente en la dirección permitida. Esta emisión de luz se produce por un salto de los electrones entre niveles de energía y deben cumplirse unas propiedas para que exista y podamos ver esa luz.
Cada línea es un nivel de energía.
En concreto tienen que cumplirse dos condiciones sencillas,
la primera de las cuales es que el mínimo de un nivel de energía se
encuentre justo encima del máximo del nivel anterior. En la imagen vemos
este efecto en el esquema de niveles. Estos semiconductores se llaman
de “gap directo” (gap es la diferencia de energías) por razones que os imagináis. La segunda condición es que el gap de energía entre
un nivel y otro sea tal que el fotón resultante se emita tenga
una frecuencia en el rango visible. Lo que dicho en cristiano significa
que tenemos que hacer el gap del tamaño justo para poder ver la luz y que no sea infrarroja (gap pequeño) o ultravioleta (gap grande). Modificando el tamaño del gap podemos variar el color desde el rojo hasta el azul pasando por todos los del arcoiris.
Y justo aquí, al final, llega el problema. Si aumentamos mucho el gap (por encima del color verde) es más fácil perder las propiedades de semiconductor y
pasar a un aislante convencional como el cuarzo o el vidrio. Aquí es
donde reside la dificultad de conseguir un LED azul: aumentar el gap lo
suficiente manteniendo un semiconductor. Como veremos a continuación
esto no es sencillo y costó mucho tiempo y dinero conseguirlo de una forma viable para la producción masiva.
Historia del LED azul
Ahora que ya sabemos dónde reside la dificultad de conseguir un LED
azul veamos cómo fue la evolución histórica de este hito. Empezaremos
con el primer LED, con emisión en rojo, que fue construido en 1962.
Aunque ya antes se habían observado fenómenos similares en el
infrarrojo. Desde entonces se mantuvo una carrera por conseguir el resto
de colores. A pesar de tenerse los diseños desde los años 50 el LED azul aún se haría esperar varias décadas. Entorno a 1970 la mejora en las técnicas de crecimiento de cristales permitió un gran avance
en el desarrollo de nuestros queridos LEDs azules. En principio se
intentaron basar en GaN (Nitruro de Galio) pero pronto se vio que esa
técnica no conseguía una luminosidad suficiente. Es aquí donde podemos establecer la creación del primer LED azul, aunque no era usable y apenas se veía su luz.
Ganadores del Premio Nobel de Física 2014
Para los más exigentes podemos establecer 1989 como la fecha en que se consiguió el primer LED azul
con una emisión razonablemente alta, aunque su eficiencia era del 0.03%
Una vez más parecía que el LED azul no era viable para la producción
masiva; hasta que en 1994 nuestros laureados obtuvieron por primera vez un LED azul de “alta” eficiencia
utilizando técnicas modernas. Como semiconductor usaron InGaN/AlGaN y
obtuvieron eficiencia alrededor de 2.7% (comparable al 4% de las
bombillas incandescentes). A día de hoy los LEDs corrientes que podemos comprar en cualquier tienda, muy baratos, tienen una eficiencia superior al 50%
y presentan la mejor fuente de luz artificial que conocemos. El LED
azul eficiente (muy importante esta última palabra) ha permitido, en
primer lugar, completar las matrices RGB que usan hoy todas las pancartas LED del mundo así como obtener LEDs blancos.
Sí, blancos, no os había hablado de ellos porque me lo guardaba para el final. El LED blanco funciona como los fluorescentes de casa, pero mejor.
Tenemos que bombardear con luz de alta energía (azul, ultravioleta…) un
fosfato de tal forma que su reacción sea emitir luz en todo el espectro
visible, dando lugar al color blanco. No es así como se hace el blanco
en la pantalla de tu móvil (se enciende un pixel verde otro rojo y otro
azul), pero sí es la forma de conseguir bombillas caseras o de iluminación de calles. En resumen, y ya termino la chapa, los galardonados este año son más que merecidos ganadores del premio Nobel pues han permitido una revolución tecnológica equiparable a la del PC. En un primer momento puede parecer una elección frívola y sin fundamento, pero a mi juicio ya era hora de que lo obtuvieran. ¿Vosotros que pensáis? ¿Estáis de acuerdo o creéis que ha sido una decisión “porque no había nada mejor”? Como siempre, los comentarios son vuestros. Fuente: MedCiencia
Rompiendo la ley de que toda acción tiene una reacción, científicos lograron que los fotones se aceleraran sin interacción externa ni pérdidas por contacto entre si.
La tercera ley de Newton dice básicamente que para toda acción hay una reacción.
Por ejemplo, si golpeas una pared con el puño, tu puño recibirá
exactamente la misma cantidad de fuerza contra sí mismo (lo cual implica
que no es muy inteligente hacerlo). Un estudio realizado en la Universidad Erlangen-Nuremberg
de Alemania asegura haber encontrado una forma de "hackear" esta
aseveración, utilizando luz. Este hackeo depende de dos conceptos que
intentaré explicar: masa efectiva y masa negativa. Los fotones son partículas que se mueven a la velocidad de la luz y
que no poseen masa, pero pueden llegar a tener “masa efectiva”. La masa
efectiva es un efecto que se observa cuando un fotón traspasa un
cristal. Dependiendo del cristal, los fotones pueden perder
velocidad proporcionalmente a la pérdida de energía, o simplemente
rebotar completamente con el impacto, lo cual es como si en esas
condiciones tuviesen masa (podrías también pensarlo como el efecto que produce el bosón de Higgs). La masa efectiva se crea por efectos de campos magnéticos y eléctricos. La “masa negativa” es simplemente la masa inferior a 0.
Esta masa negativa interactúa con el mundo de una manera totalmente
distinta a la convencional, moviéndose más rápido mientras menos energía
usa, e inclusive reaccionando al inverso de la gravedad. Retomando el
primer ejemplo, si golpearas una pared con tu puño, en vez de
recibir la fuerza de vuelta, esta fuerza aceleraría tu puño otra vez,
atravesándola completamente. Por cierto, la masa negativa no es un concepto demostrado en la actualidad. Es más, dependiendo de la longitud de onda de la luz de un pulso
láser y la estructura de un cristal específico, los fotones pueden
adquirir “masa efectiva negativa”. Pero para que un
fotón con estas características interactúe con otro fotón con masa
positiva se requeriría de un cristal tan denso que absorbería totalmente la luz antes de que se junten uno con otro.
El experimento que “hackeó” a Newton
Los científicos alemanes lograron crear pulsos láser de masa efectiva
positiva y negativa. Posteriormente los lanzaron en un circuito de
fibra óptica infinito (similar a un 8) con un “punto de contacto” en el
cual los fotones podrían interactuar. Cuando los pulsos opuestos se
encontraban en el punto de contacto, ellos se aceleraban en la misma dirección, pasando por los detectores del sistema cada vez en lapsos de tiempo más cortos. "Teniendo este circuito puedes hacerlos girar para siempre, lo que es
equivalente a tener cristales gigantescamente densos" dijo Dragomir
Neshev, científico de la Universidad Nacional de Australia.
Los electrones y semiconductores también pueden tener masa efectiva,
por lo que este sistema podría ser usado para acelerar los procesos en
la computación y electrónica en general. Con esta tecnología se podrían crear mejores resoluciones de pantallas y monitores, mejorar las comunicaciones ópticas
y un sinfín de aplicaciones en el futuro. Lo difícil, sin lugar a
dudas, sería poder compatibilizar esas futuras tecnologías con las
actuales, pero seguro habrá tiempo (y probablemente un largo tiempo)
para encontrar una solución.
Aire,
agua, tierra y fuego han sido los materiales que, desde la edad de
piedra, el ser humano a reconocido y utilizado. No fue hasta el
inicio de la ciencia moderna, con la escuela Jónica, en la antigua
Grecia, que el ser humano no se planteó cual era la composición
básica de todo lo que lo rodeaba.
FueLeucipo
de Mileto(1),
maestro de Demócrito,
quien en el siglo V e.a.(2)
fundó la escuela atomista, la cual afirmaba que la realidad estaba
formada por partículas infinitas, indivisibles, de formas variadas y
siempre en movimiento llamadas átomos, que
significa
“indivisible” («ἄτομον»
- «sin partes»).
Afirmaban
que la materia estaba formada por partículas materiales
indestructibles, desprovistas de cualidades y que no se distinguen
las unas de las otras más que por la forma y dimensión(3).
Siempre
su asocia la idea de la primera teoría atómica a John
Dalton(4)
y, no sin razón. Pero a decir verdad fué Mijail
Vasílievich Lomonósov
quien, en unos artículos escritos entre 1743 y 1744 ( “Sobre
las partículas físicas intangibles que constituyen las sustancias
naturales”
y “Sobre
la adhesión de los corpúsculos”) recupera este concepto de átomo
y lo plasma de forma evidente en un tercer artículo donde utiliza en
término mónada (acuñado por Leibniz), con el título “Sobre la
adhesión y la posición de las mónadas físicas”.
John
Dalton(4),
alimentandose
de las ideas de Leucipo
de Mileto y,
conocedor
de los trabajos de Lomonósov,
propone de nuevo una teoría atómica pero, esta vez, con bases
científicas. Esta
ley fué formulada para explicar porqué ciertas reacciones químicas
se daban solamente, en proporciones constantes (la denominada Ley de
las proporciones constantes(5)
). Dalton
explicó su teoría en base a seis enunciados simples:
La
materia
está
formada por partículas muy pequeñas llamadas átomos,
que son indivisibles y no se pueden destruir.
Los
átomos de un mismo elemento son iguales entre sí, tienen su propio
peso
y
cualidades propias. Los átomos de diferentes elementos tienen pesos
diferentes. Comparando los pesos de los elementos con los del
hidrógeno tomado como la unidad propuso el concepto de peso
atómico relativo
.
Los
átomos permanecen sin división, aún cuando se combinen en las
reacciones
químicas.
Los
átomos, al combinarse para formar compuestos
guardan
relaciones simples.
Los
átomos de elementos diferentes se pueden combinar en proporciones
distintas y formar más de un compuesto.
Los
compuestos químicos se forman al unirse átomos de dos o más
elementos distintos.
Dados
los conocimientos actuales, el modelo atómico de Dalton puede
parecernos insuficiente e, incluso, un poco infantil, pero constituyó
el primer intento basado en evidencias y pruebas científicas de
explicar como y porqué estaba constituida la materia. Eso sin contar
que serviría de base para todos los modelos posteriores que, sin
duda, han resultado cruciales en el avance científico y técnico de
la actualidad.
Varios
átomos y moléculas representados en A New System of Chemical
Philosophy (1808 de John Dalton )
A
finales del siglo XIX hay dos descubrimientos clave en el avance de
nuestro conocimiento de la composición de la materia. Por un lado,
en 1896, Henri Becquerel(6)
descubriría la radiactividad trabajando con sales de uranio.
Descubrió que al colocar sales de uranio sobre una placa fotográfica
en una zona oscura, esta se ennegrecía, debido a que la radiación
emitida por el uranio atravesaba elementos opacos a la luz ordinaria.
Al
año siguiente, Joseph John Thomson(8),
descubriría el electrón. Determinó que la materia estaba
constituida por una parte positiva y otra negativa. Y en 1898(7),
el matrimonio Curie descubrirá el Polonio y el Radio.
Con
toda esta serie de eventos, el propio Joseph
John Thomson, en
1903,
propondrá su propio modelo atómico, en el que se incluyen por
primera vez la polaridad de cargas, existiendo una carga positiva y
otra carga negativa.
Su modelo es popularmente conocido como el “modelo del puding de
pasas” ya que propone que el átomo es una esfera de carga
positiva, con los electrónes “incrustados”
por toda su superficie, de forma uniforme, de forma similar a como
veríamos las pasas en un punding.
Modelo
atómico de Thomson
Pero
este modelo, que aunaba las virtudes del modelo de Dalton, con los
resultados obtenidos con los tubos de rayos catódicos (la existencia
de una carga negativa), chocaba frontalmente con la teoría de la
dispersión
de Rutherford(9)
(también conocida como dispersión
de Couloumb -
1909).
Esta teoría explicaba la dispersión de partículas eléctricamente
cargadas, al acercarse a un centro de dispersión que también estaba
cargado eléctricamente
(experimento
de Rutherford(10)).
Con este experimento se llegó a la conclusión de que la carga
positiva y la mayor parte de la masa del átomo debía estar
concentrada en un pequeño espacio en el centro del átomo.
Un
año después de que Joseph
John Thomsondesarrollara
su teoría atómica,
en
1904, Hantaro
Nagaoka(11)
desarrolló un modelo planetario, en el que consideraba que existia
un centro cargado positivamente, muy masivo, mientras que los
electrónes lo rodeaban orbitando a una distancia y unidos a él por
fuerzas electrostáticas, de forma similar a como veríamos los
anillos con Saturno.
El
propio Nagaoka
desecharía su propia teoría en 1908, pese a que el antes mencionado
experimento
de Rutherford
diera confirmación experimental a su teoría. Nagaoka consideró que
los anillos se repelerían entre sí, dando lugar a un modelo
inestable.
El
propio Rutherford,
en el artículo que escribió, proponiendo la existencia de un núcleo
atómico, cita a Nagaoka,
como base de su teoría. Como veremos más adelante, esta es la base del modelo de Bohr (también conocido como modelo atómico) y que resultaría fundamental para los siguientes modelos actuales. Fuente: Enamorado de la Ciencia
Estás leyendo la cuarta parte del bloque introductorio [Electricidad I].
Por si no sabes de qué estoy hablando, se trata de una breve serie de
artículos que intentan dar una introducción sin fórmulas y con los
mínimos requisitos previos a los conceptos básicos de carga eléctrica,
corriente, potencial eléctrico y cosas por el estilo. Posteriormente
habrá otros bloques que irán “construyendo” conocimiento con estos
cimientos. Al tener ya listos cuatro artículos, hemos preparado una
página de descripción/índice del bloque para que sirva de referencia, a
la que iremos sumando artículos según se publiquen: [Electricidad I] Como he dicho antes en el bloque, una cosa es que no supongamos que
tienes conocimientos previos de Física, pero otra distinta es que esto
sea coser y cantar. Estos artículos son a veces largos, a veces densos
–por mucho que intente que sean agradables de leer–, y requieren
concentración y cuidado al razonar. Mi recomendación es que en una
primera lectura te saltes los cuadros de colores diversos y luego, si
comprendes la base del artículo, amplies una segunda lectura con los
cuadros que te interesen o cuyos títulos te llamen la atención. Así que,
si estás listo para seguir aprendiendo las bases de la electricidad (si
te nos unes ahora, empieza por el principio), vamos con ello. En el artículo anterior hablamos acerca del concepto de corriente eléctrica y su magnitud asociada, la intensidad de corriente.
Lo hicimos entonces en abstracto, con cargas libres que se movían en el
vacío, libres de cualquier injerencia por parte de cualquier otra cosa.
Pero, en la realidad, las cosas no son tan simples: las cargas forman
parte de átomos, y eso complica la situación. Hoy nos dedicaremos
precisamente a ver cómo es la corriente eléctrica, no en abstracto, sino
en el mundo real que nos rodea, destruyendo de paso alguna falsa idea
que mucha gente tiene en la cabeza sobre la corriente en los cables. Pero, antes de nada, la solución al Desafío 2 que planteamos hace un par de semanas, que nos será útil para utilizar algunos números en el artículo de hoy.
Solución al Desafío 2 – ¿A qué velocidad se mueven los electrones en un cable? Para obtener una respuesta aproximada a la pregunta, haremos
justamente lo que se indicaba en la pista final: calcular cuánto tiempo
hará falta para que toda la carga contenida en ese cable salga de él. De
ese modo tendremos la distancia que recorren los electrones que
empiezan en un extremo del cable hasta salir por el otro (que es la
longitud del cable) y el tiempo que tardan en hacerlo (el tiempo en
salir de él), es decir, la velocidad media de esos electrones en el
cable. 1. En primer lugar calculemos el volumen del cable: 10 mm2 de sección (es decir, 10-5 m2) y 1 m de longitud resultan en un volumen de 10-5 m3. 2. ¿Cuál es la masa de ese cable? Puesto que la densidad del cobre es 8940 kg/m3,
nuestro cable tiene una masa de 0,0894 kg, pero como no nos importa
redondear, porque esto es una estimación, digamos que es 0,09 kg. 3. ¿Cuántos electrones móviles hay allí? Dijimos que cada gramo de cobre contiene 9,5·1021 electrones móviles, con lo que nuestro cable (de 90 gramos) contiene unos 8,5·1023 electrones moviéndose por él: unos 136 000 culombios de electrones, ¡que se dice pronto! 4. La intensidad de corriente es 1 A, es decir, 1 culombio cada
segundo. Esto significa que, para que los 136 000 culombios de
electrones móviles del cable salgan de él, hacen falta 136 000 segundos
(porque cada segundo atraviesa el extremo del cable 1 culombio). 5. La velocidad media de los electrones en el cable es entonces de 1 metro (la longitud del cable) cada 136 000 segundos… 7,4·10-6 m/s.
Sí, lo lees bien. Pero analizaremos el resultado más en detalle al
final del texto principal, porque es muy relevante para el artículo.
Aislantes
Como recordarás, en el artículo anterior describimos cómo conseguir
mover cargas sin el menor problema utilizando la Ley de Coulomb:
colocando cargas de uno u otro signo en determinados lugares, podríamos
hacer que una carga libre empezase a moverse hacia donde nosotros
queremos. Y así es realmente como conseguimos, en la realidad, producir
corrientes eléctricas, pero con una complicación: en el mundo que nos
rodea, las cargas no están libres, sino “atrapadas” en las distintas substancias. Y esto hace mucho más difícil, en algunos casos, hacer que se muevan. Me explico. Recordemos el dibujo de entonces:
Establecimos el concepto de corriente eléctrica en el caso más
sencillo posible: un protón en el vacío, libre de cualquier influencia
más que la de las otras dos cargas del dibujo –un protón y un electrón
fijos–. Pero ¿dónde vas a encontrar esa situación en el mundo que te rodea, salvo que la prepares cuidadosamente en un laboratorio? Casi en ninguna parte. La Ley de Coulomb es la clave para mover cargas, pero también es la culpable de que sea difícil moverlas:
al atraerse unas a otras, las cargas de distinto signo tienden a
agruparse en átomos, como vimos en la primera entrada del bloque, debido
a la propia Ley de Coulomb. Y, puesto que la atracción es tanto mayor
cuanto más cerca están unas cargas de otras, afectar a las cargas de un
átomo para que se muevan es difícil.
Imagina, por ejemplo, que tenemos un átomo de hidrógeno como el que
describimos en el artículo de la carga eléctrica. Al constar de un
protón y un electrón, nuestro átomo es neutro. Visto desde lejos,
“negro” y, si lo hacemos de cerca, un núcleo de carga positiva rodeado
de carga negativa:
Si hacemos lo mismo que hicimos en el ejemplo sencillo de arriba,
poniendo un par de cargas a los lados para producir un movimiento de
cargas…
Tenemos un problema. Si has comprendido la serie hasta el momento,
deberías ser capaz de comprender por qué rápidamente. Sí, el electrón
fijo de la derecha tiende a mover el protón del hidrógeno hacia la
derecha (porque lo atrae) y el electrón del hidrógeno hacia la izquierda
(porque lo repele), y el protón fijo de la izquierda hace lo propio:
tiende a mover el protón del hidrógeno hacia la derecha y el electrón
hacia la izquierda. Todo parece sumarse igual que antes, para que el
protón del hidrógeno vaya hacia la derecha y el electrón hacia la
izquierda, produciendo un movimiento de cargas — una corriente
eléctrica… ¡Pero el protón y el electrón del hidrógeno también se atraen el uno al otro!
En el ejemplo en el vacío, no había ninguna injerencia sobre la carga
libre que estaba flotando ella sola… pero ahora sí la hay. Ese protón y
ese electrón no sólo se atraen: como están mucho más cerca el uno del
otro de lo que lo están las otras dos cargas “externas”, se atraen con muchísima más intensidad de lo que los repelen o atraen las otras dos cargas.
Como consecuencia, no va a haber apenas movimiento de carga. Lo más que
va a suceder es que se produzca un ligerísimo desplazamiento, y que se
acabe con algo parecido a lo que sucedió con nuestros experimentos con
peines de plástico:
Es decir, que las cargas del átomo se desdoblen muy ligeramente, pero
no que se separen. Haría falta una cantidad de carga gigantesca fuera
del átomo de hidrógeno para que las fuerzas de Coulomb correspondientes
fueran más intensas que las que existen entre el protón y el electrón
dentro del átomo. Como consecuencia, aunque todo lo que explicamos en la
entrada anterior es cierto, conseguir que las cargas se muevan en ese
átomo de hidrógeno es dificilísimo. Lo mismo sucede con cualquier otro átomo suelto, claro. Sin embargo,
cuando los átomos se unen unos a otros, pueden suceder cosas algo más
complejas que hagan más fácil que las cargas puedan moverse. Todo
depende básicamente de cómo se unen esos átomos, y las razones últimas
del comportamiento de las cargas en las sustancias se escapan con mucho
del alcance de este bloque. Dependiendo de qué átomos forman una
sustancia y cómo son las fuerzas de atracción entre ellos, y entre los
núcleos y los electrones que los rodean, existen una miríada de
comportamientos eléctricos diferentes, pero centrémonos en dos extremos. Muchas sustancias, como todos los gases de la atmósfera, el agua, el
vidrio, el papel, la madera, etc., se comportan casi igual que el átomo
de hidrógeno que hemos utilizado antes como ejemplo. Las fuerzas que
mantienen unos átomos unidos a otros son mucho menos intensas que las de
atracción entre electrones y núcleos, con lo que es complicadísimo
hacer que las cargas se muevan. Son los materiales comúnmente llamados aislantes,
aunque la palabra es, como tantas otras cosas, relativa: hay distintos
grados, y una sustancia puede ser más aislante que otra y menos que una
tercera. De hecho, más adelante veremos cómo medir este carácter
cuantitativamente, pero por ahora lo que nos interesa es el concepto.
Plasma y corriente eléctrica Si conseguimos romper los átomos del hidrógeno del ejemplo de arriba,
de modo que los protones y electrones estén sueltos, no habría problema
alguno para que condujese la corriente eléctrica. Lo que tendríamos
entonces, claro, ya no sería hidrógeno propiamente dicho, sino núcleos y
electrones sueltos, es decir, un plasma. Los plasmas sí
conducen muy bien la corriente, puesto que las cargas ya no están
atrapadas unas en el férreo puño de las otras. Para conseguir eso, claro está, hace falta mucha energía. Una manera
de conseguirlo es calentar el hidrógeno tantísimo que la energía
cinética de los electrones y los núcleos sea tan grande que se separen
espontáneamente por sus violentas vibraciones, como sucede en las
estrellas. Otra manera sería utilizar, no un par de cargas como en el
ejemplo de ahí arriba, sino una cantidad tan gigantesca de carga externa
que superase las propias atracciones internas y el átomo se desgajase
en su núcleo positivo por un lado y su electrón por el otro. Esto es lo
que sucede, por ejemplo, en la descarga de un rayo.
Ésta es la tercera parte del Bloque [Electricidad I]. En la primera parte hablamos acerca del concepto de carga eléctrica, y en la segunda parte lo hicimos sobre la Ley de Coulomb y la electrización. Si te fijas, hasta ahora no hemos estudiado apenas movimientos
de cargas, que es en lo que normalmente pensamos al hablar de
“electricidad”. La razón es que, para entender esos movimientos y
conceptos relacionados con ellos –como la corriente eléctrica–,
necesitábamos establecer unas bases, como el concepto de carga
eléctrica. En la última entrada ya hablamos de la causa esencial del
movimiento de cargas, la fuerza de Coulomb, con lo que ya estás preparado para entender el concepto de corriente eléctrica. Fíjate en que digo “no hemos estudiado apenas” porque,
aunque no hayamos entrado en detalles, en la entrada anterior sí que
describimos movimientos perceptibles de cargas: por ejemplo, en el
chorro de agua del grifo en el Experimento 1 o el movimiento del péndulo
en el Experimento 2 había cargas moviéndose debido a atracciones y
repulsiones de Coulomb. Sin embargo, se trataba de movimientos muy
leves, a lo largo de distancias minúsculas, y desde luego no intentamos
entonces evaluarlos de ninguna manera rigurosa — a eso nos dedicaremos
hoy. Por cierto, una aclaración: hay cargas moviéndose siempre que cualquier objeto se mueve,
porque cualquier objeto está hecho de cargas de ambos tipos. Sin
embargo, no se observan efectos eléctricos perceptibles cuando se mueve
un objeto con equilibrio de cargas por la misma razón que no se notan
las fuerzas de Coulomb salvo que te acerques mucho: porque los efectos
de ambos tipos de carga, “desde lejos”, se cancelan.
Solución al Desafío 1 – Pilas y electrones Como dijimos la semana pasada, el primer Desafío del bloque tenía
como principal objetivo acostumbrarte a pensar de cierta manera más que
cuestionar tu conocimiento. Si aún no has leído el Desafío, hazlo antes
de seguir con la solución, ¡el objetivo es que pienses, no que leas! El razonamiento básico para demostrar que la explicación que dimos de
cómo funcionan las pilas es algo así: si esa explicación fuera cierta,
una pila gastada no tendría electrones. Pero, dado que el número total
de cargas positivas/negativas en cualquier cuerpo es tan gigantesco,
aunque normalmente se compensen unas con otras, esa pila tendría un
desequilibrio brutal de carga positiva. Y como la fuerza de Coulomb se
nota tanto por pequeño que sea el desequilibrio de carga, una pila gastada sería una fuente de fuerzas increíbles y una catástrofe continua:
induciría tremendos desequilibrios de carga en todo lo que la rodease,
generando efectos muchos órdenes de magnitud mayores que los del
experimento del peine y el chorro de agua. Estos fenómenos tan extremos
no se notan en absoluto, luego esa explicación es absurda. Aunque con eso queda demostrado, tal vez hayas ido un poco más allá: si la pila ha perdido esos electrones según se gastaba, ¿dónde están esas miríadas de electrones?
Si han quedado en los aparatos que usan la pila, éstos tendrían
entonces un desequilibrio brutal de cargas y originarían, igual que lo
hacía la pila –pero al revés, claro, por tener el tipo contrario de
carga excesiva– fenómenos tremendos que no se observan. Si esos
electrones se quedasen en el cable, lo mismo sucedería entonces con los
cables. Observa cómo, para desmontar una explicación de cómo funciona una
pila, no nos hace falta entender cómo funciona de verdad ni dar una
explicación alternativa. Simplemente sabemos que las consecuencias de la
explicación que se nos dio no se cumplen, luego la explicación es
falsa. Más adelante, en este mismo Bloque, explicaremos cómo funciona de
verdad una pila… y no es, claro está, porque pierda electrones poco a
poco hasta quedarse sin ninguno.
Pero vamos con el contenido del artículo de hoy: la causa de que las cargas se muevan y la manera de cuantificar ese movimiento.
Desequilibrio como fuente del movimiento de cargas
De lo que no debería caberte duda, si comprendiste las dos entradas
anteriores, es de que es muy fácil producir movimientos de cargas
simplemente creando un desequilibrio entre ambos tipos. Es posible
además, si se es cuidadoso, utilizar la Ley de Coulomb para controlar
tanto la intensidad como la dirección y sentido de esos movimientos…
pero permite que te muestre esto con un pequeño experimento mental. Imagina que tenemos un protón y un electrón separados una distancia
cualquiera (digamos que dos metros). E imagina también, para simplificar
nuestro experimento, que de algún modo hemos conseguido “clavar” ambas
partículas en las posiciones en las que se encuentran; de otro modo,
claro está, se atraerían el uno al otro y acabarían juntos. Observa de
lo que partimos: un desequilibrio de cargas.
Supón que ahora dejamos libre, justo en medio de las dos partículas,
un segundo protón. En este caso no lo “clavamos”, sino que lo dejamos
moverse libremente. De acuerdo con la Ley del buen Coulomb, ese protón
empezará a moverse, alejándose del protón fijo y acercándose al
electrón: estamos haciendo que este protón se mueva empleando la fuerza
de Coulomb a través de un desequilibrio de cargas. Y podemos controlar hacia dónde se mueve
— si el electrón fijo se encuentra al norte del protón fijo, nuestro
protón libre irá hacia el norte, y si el electrón está hacia el este,
sucederá lo propio. Pero también podemos controlar cómo de rápido lo hace: si en
vez de tener un protón y un electrón fijos tenemos dos protones y dos
electrones fijos en cada sitio –es decir, el desequilibrio de cargas es
mayor–, el protón sufrirá una mayor fuerza de repulsión por parte de los
protones, y de atracción por parte de los electrones, con lo que su
movimiento será más violento que antes.
Dos maneras básicas de crear corrientes eléctricas El desequilibrio entre cargas eléctricas de uno y otro tipo
es una de las dos maneras más comunes mediante las que los seres humanos
ponemos cargas en movimiento y producimos corrientes eléctricas: es lo
que sucede, como veremos más adelante en el Bloque, con las pilas de
nuestros aparatos eléctricos. Sin embargo, es más común todavía emplear
una segunda manera de hacer que las cargas se muevan: utilizar el campo magnético
para crear la corriente eléctrica, como se hace en la mayor parte de
las centrales eléctricas. De este segundo modo de producir corriente,
sin embargo, hablaremos cuando hayamos estudiado el campo magnético.
Corriente eléctrica
Dado que el movimiento de cargas desempeña un papel fundamental en
nuestra sociedad –tanto en ciencia como en tecnología–, es muy
conveniente definirlo cuidadosamente y cuantificarlo de algún modo. El
fenómeno en sí del movimiento de cargas eléctricas recibe un nombre
arcaico, inventado cuando conocíamos bastante menos que ahora acerca de
la naturaleza de la carga eléctrica y su comportamiento. Algunos
pensaban entonces que la carga eléctrica era una especie de fluido invisible
que se encontraba dentro de los cuerpos, y que esta sustancia podía
fluir de unos cuerpos a otros. Ese flujo, como el de un río, era una
especie de corriente, pero no de agua, sino de electricidad: una corriente eléctrica. Una vez definido el fenómeno, hace falta una magnitud que lo
cuantifique y una unidad para medirla. En el caso de la corriente
eléctrica, esa magnitud recibe el nombre de intensidad de corriente. A menudo se utiliza “corriente eléctrica”
para referirse a la magnitud, y no al fenómeno, pero esto crea a veces
malentendidos que se resuelven fácilmente distinguiendo ambos términos.
De modo que, a lo largo de esta serie –si no se me escapa alguna vez,
claro– emplearemos el término corriente para referirnos al fenómeno físico del movimiento de cargas, e intensidad de corriente (o simplemente intensidad) para la magnitud que cuantifica el movimiento. Aquí tienes una definición lo más llana posible de lo que es la intensidad de corriente:
La intensidad de corriente a través de una superficie es la cantidad de carga que la atraviesa por unidad de tiempo.
Como puedes ver, se trata de una definición que no tiene mucho
sentido para un solo protón, o electrón, que se mueva. Recuerda que es
un concepto antiguo, que no funciona demasiado bien para describir las
cosas a escala microscópica sino a gran escala, con continuos
movimientos de cargas a través de algo. De ahí que, cuando se trabaja
–como hicimos nosotros en nuestro experimento mental unos párrafos más
arriba– con unas pocas cargas sueltas, se suelan utilizar para describir
su movimiento cosas como su velocidad o aceleración, mientras que,
cuando se trabaja con muchas partículas cargadas moviéndose (como
sucede, como veremos más adelante, en un cable eléctrico) sea muy útil
emplear el concepto de intensidad de corriente. La idea de un “fluido eléctrico” que se mueve se percibe en la propia definición. Si te fijas, es muy parecida a la del caudal de agua en un río:
en vez del volumen de agua que fluye por unidad de tiempo, se mide la
cantidad de carga que fluye por unidad de tiempo. El concepto es, de
hecho, muy similar: si la intensidad de corriente es pequeña, hay poca
carga atravesando la superficie por unidad de tiempo. Si es grande, hay
mucha carga atravesando la superficie por unidad de tiempo. Normalmente se asigna a la intensidad de corriente eléctrica, además
de un valor, una dirección y sentido, como hacemos con la velocidad del
viento, por ejemplo. Sin embargo, con la velocidad del viento no hay
problema: su dirección y sentido es la del aire que se mueve. ¡Pero la corriente eléctrica puede ser un movimiento de cargas positivas, o negativas, o de ambas a la vez!
Hace falta establecer un convenio –y podría haber varios, todos
arbitrarios, como nos ha sucedido antes en este bloque–. El que se
eligió históricamente, y que seguimos usando hoy en día, es el
siguiente:
La dirección y sentido de la intensidad de corriente son
los del movimiento de las cargas positivas, y contrario al de las
cargas negativas.
Con este convenio, si se mueven, por ejemplo, protones hacia la derecha, la intensidad de corriente va hacia la derecha:
Si se trata, por el contrario, de electrones que se muevan hacia la
izquierda, la intensidad de corriente va también hacia la derecha:
Este convenio puede parecer peor que otro en principio más simple,
como el de que la intensidad de corriente tuviera el sentido de
movimiento de las cargas, cualquiera que fuera su tipo… pero tiene
ventajas en el cálculo que lo hacen muy útil, aunque a veces cree
confusión o incluso induzca a error –aunque, como en este Bloque aún no
usaremos fórmulas, por ahora tendrás que creerme–. Fuente: Lea el artículo completo en: El Tamiz
En el primer artículo del bloque introductorio sobre electricidad hablamos acerca del concepto de carga eléctrica
y sus unidades. Hoy continuaremos profundizando en este asunto; como
siempre en este nivel básico, tratando de centrarnos en los conceptos y
no en las fórmulas. Hablaremos en primer lugar de la Ley de Coulomb, y luego de sus consecuencias perceptibles en nuestra vida cotidiana, especialmente los dos tipos fundamentales de electrización.
Como recordarás, terminamos aquel artículo preguntándonos cuánto es un culombio.
Dimos una definición oficial, derivada de otras, que no era demasiado
informativa, y después otra más fundamental, basada en un número
concreto y arbitrario de protones o electrones. Sin embargo, para
comprender de verdad si un culombio es mucha carga o poca, hace falta
compararlo con algo que podamos percibir: con lo que define la carga de verdad, es decir, la fuerza electromagnética.
Esta fuerza puede percibirse en la Naturaleza de dos formas determinadas: como fuerza eléctrica y como fuerza magnética,
aunque ambas tengan el mismo origen último. Ahora mismo no nos interesa
la fuerza magnética, de la que hablaremos en un bloque diferente: nos
centraremos en la versión eléctrica de la interacción electromagnética,
descrita en su forma más simple y asequible por el genial
Charles-Augustin de Coulomb en su famosa Ley.
La Ley de Coulomb
En el siguiente bloque atacaremos la Ley de Coulomb numéricamente,
pero por ahora lo que más me interesa es dejar claro su concepto. Esta
ley es una de las dos conexiones (en términos de 1785, por supuesto)
entre la carga y su fuerza correspondiente: en este caso, entre la carga
eléctrica y la fuerza electromagnética. Expresada con mis palabras, de
forma algo más extensa a como lo hizo el buen Coulomb,
Las cargas del mismo signo se repelen; las cargas de
signo contrario se atraen. La fuerza con la que lo hacen es tanto mayor
cuanto mayores son las cargas, y tanto menor cuanto más lejos están una
de la otra, y depende además del medio que separa ambas cargas.
Como cualquier otra ley física, no tiene demostración: se trata de
algo que hemos observado que es así, y punto. Si en algún momento se
verifica, mediante experimentos, que esta ley no siempre se cumple, o
que hay algo más fundamental por debajo de ella y que es simplemente una
consecuencia de otra cosa, la descartaríamos, o la dejaríamos como un
caso particular de una Ley más amplia. Hasta ahora, todos los
experimentos realizados con cargas han cumplido la Ley de Coulomb, con
lo que la mantenemos.
Si analizamos la Ley con un poco de calma, no debería resultar
demasiado sorprendente. Dos protones se repelen entre sí; dos núcleos de
oxígeno, cada uno con ocho protones, se repelen mucho más intensamente.
Y, si los alejamos mucho uno del otro, se repelen con menos intensidad.
Si ponemos esas cargas en el aire, la fuerza que sufren no es la misma
que si están en el agua o dentro de un metal. Cuánto vale esa fuerza exactamente
es algo que discutiremos en el siguiente bloque; por ahora, lo
importante es que te quedes con la copla de quiénes se repelen y quiénes
se atraen, y que la fuerza aumenta con la cantidad de carga y disminuye
con la distancia. La influencia de la sustancia que haya entre las
cargas tampoco será algo que tratemos en detalle por ahora, porque no es
lo importante.
Con esta Ley, podemos responder a la cuestión de ¿cuánto es un culombio? “hacia atrás”. Es decir: Si
tuvieras algo con una carga de 1 C en una mano, y un objeto idéntico,
con una carga de 1 C, en la otra mano, y tuvieras los brazos extendidos
ante ti y separados un metro, ¿qué fuerza notarías?
¿serías capaz de resistir la repulsión y mantener los objetos quietos, o
no? ¿podrías ser capaz de vencer esa fuerza y forzar a los objetos a
acercarse el uno al otro?
Por ahora, tendrás que creerme en el cálculo, porque no será hasta el
siguiente bloque que haremos números con la Ley de Coulomb. Y el
resultado tal vez resulte difícil de creer: cada uno de los objetos repelería al contrario con una fuerza de 9 000 000 000 newtons.
Dado que tampoco hemos dedicado ningún bloque a la dinámica hasta
ahora, permite que “traduzca” esto a términos que nuestra cabeza
comprende bien. Para levantar 1 kg en la Tierra hacen falta más o menos
10 newtons. Para levantar un coche de 1 000 kg, por tanto, hacen falta
10 000 newtons. Dicho de otro modo, cada mano que sujeta la carga de un
culombio, para mantenerla ahí, quieta, tendría que hacer la misma fuerza que se necesitaría para levantar 900 000 coches. ¡Toma castaña!
Vamos, que la respuesta a “¿cuánto es un culombio”? es: “una verdadera barbaridad”. No sólo no serías capaz de mantener esos dos objetos quietos, si no los soltases a tiempo te arrancarían los brazos de cuajo.
La razón, de la que hablaremos más en detalle en el Bloque II, es que
la fuerza electromagnética es de una intensidad terrorífica.
De hecho, si has entendido la verdadera magnitud de un culombio,
puedes utilizar las células grises para sacar conclusiones sobre las
situaciones en las que te das cuenta de que has notado cargas
eléctricas: por intenso que te pareciese entonces el fenómeno
eléctrico que fuera, tiene que haberse tratado de desequilibrios de
carga absolutamente minúsculos.
Por cierto, ¿por qué digo “te das cuenta de que has notado” y no simplemente “has notado”?
¡Porque estás notando la fuerza de Coulomb constantemente! Otra cosa es
que no te parezca que haya electricidad por ningún lado cuando coges
una piedra o caminas por el suelo, pero un ejemplo relativamente
sencillo debería hacerte ver lo contrario:
Los dedos de mi mano están compuestos de átomos. Lo mismo sucede con
las teclas con las que estoy escribiendo este texto. Cuando mi dedo está
lejos de la tecla (“lejos” = “a una distancia mucho mayor que el tamaño del átomo”),
la posición exacta de los electrones y protones en los átomos es
irrelevante: mis átomos ven a los de la tecla “negros”, es decir, con
cargas superpuestas, y los de la tecla ven a los de mi mano exactamente
igual. ¿Qué noto entonces? Absolutamente nada.
Pero, si acerco mi dedo a la tecla hasta que la distancia sea
suficientemente pequeña como para notar las posiciones relativas de cada
partícula que compone los átomos (traducción a nuestro lenguaje
cotidiano: si “toco la tecla”), mis átomos y los de la mesa se
ven como son: un núcleo verde rodeado de una nube roja de electrones. Y,
de acuerdo con la Ley de Coulomb, cuanto más cerca están las cargas,
con más intensidad se atraen o repelen. Pensemos con un poco de cuidado
sobre lo que sucede entonces.
Mis núcleos verdes se repelen con los núcleos verdes de la mesa, y se
atraen con los electrones rojos de la mesa; y mis electrones se repelen
con los electrones rojos de la mesa, y se atraen con los núcleos verdes
de la mesa. Dado que las cargas totales rojas y verdes son las mismas, ¿quién gana? Gana, y con diferencia, la repulsión entre mis electrones rojos y los electrones rojos de la mesa, dado que son los que están más cerca unos de otros.
Es más: si me empeño en seguir acercando mi dedo a la tecla, la
repulsión será mayor y mayor. Tanto que, estrictamente hablando, nunca
puedo llegar a tocar “realmente”, por ejemplo, una mesa, porque la
fuerza de repulsión se hace muchísimo mayor que la que puedo ejercer yo
con mis patéticos deditos. Desde luego, todos nos entendemos, pero en este sentido físico, “tocar” significa “acercar una cosa a otra lo suficiente como para notar la fuerza de repulsión entre las nubes electrónicas de ambas cosas”.
De hecho, cuando me empeño en acercarme a la tecla, llega un momento en el que la fuerza con la que nos repelemos es mayor que la fuerza elástica del muelle
que la mantiene en su sitio, y entonces, empujo la tecla. Sólo que es
un empujón indirecto, como el de un imán que se acerca a otro hasta
empujarlo sin realmente tocarlo. La cuestión es que la distancia entre
una y otra es tan pequeña que me es imposible verla; y “noto que la
toco”, sólo que lo que estoy notando realmente con los nervios de mi
piel es esa fuerza de repulsión.
Lo mismo sucede cuando estoy de pie sobre el suelo: realmente, no estoy tocando el suelo “de verdad”, estoy levitando sobre él,
pero a una distancia comparable al tamaño de un átomo, claro, o la
fuerza de repulsión no vencería a las otras entre protones y electrones
de uno y otro lado. De modo que la fuerza de Coulomb es lo
suficientemente intensa como para sostenerme sobre el suelo (y mucho
más); y, si no existiera, dada la cantidad de espacio vacío entre átomos
y dentro de cada átomo, atravesaría el suelo y seguiría cayendo hacia
el centro de la Tierra, porque nada me sujetaría. Pero yo no soy lo
único que la fuerza de Coulomb sostiene: la propia Tierra no se
colapsa sobre sí misma por su propia atracción gravitatoria porque los
átomos de las capas más profundas se repelen, a través de las nubes
electrónicas rojas de unos y otros, a las capas superiores del planeta.
Colapso gravitatorio y enanas blancas
La fuerza eléctrica, como hemos visto, es de una intensidad tremenda,
y basta para “sostener” la Tierra, de modo que su propia gravedad no la
haga colapsarse sobre sí misma. Dicho de cierto modo, la fuerza de
repulsión entre nubes electrónicas “sostiene el peso de la Tierra”. Pero
¿y si la Tierra fuera mucho más masiva? ¿Llegaría un momento en el
que la fuerza de Coulomb no pudiera sostener tal presión gravitatoria?
La respuesta es que sí: aunque intensa, la fuerza eléctrica tiene un
límite, y si se acumula suficiente masa sin que nada más sostenga su
propio peso, se produce un colapso cataclísmico. Pero, para que eso
suceda, hace falta una cantidad de masa mucho mayor que la de la Tierra:
la masa de una estrella. Lo que sucede cuando una estrella no es capaz de sostener su propia
masa mediante la Ley de Coulomb y la presión de la radiación producida
por la fusión en su interior es algo de lo que hemos hablado en La vida privada de las estrellas y, en particular, en Las enanas blancas.
Aunque por ahora no entraremos más en esto, las fuerzas de atracción
entre cargas positivas y negativas desempeñan otros papeles
fundamentales, y sin ellas no habría química ni estarías leyendo este
artículo. Pero mi objetivo era simplemente hacerte ver que sí,
efectivamente, sí que notas la fuerza de Coulomb y el hecho de que las cosas tienen carga todo el tiempo.
Es imposible escapar de ella, ya que estamos compuestos de enormes
cantidades de carga de ambos tipos (dentro de un momento veremos
cuánta).
Pero, a veces, notamos las cargas eléctricas y la Ley de Coulomb de
un modo que no podemos ignorar. Uno de los fenómenos en los que las
cargas se muestran sin tapujos, y se pone de manifiesto la inmensidad de
un culombio, es la electrización.
Electrización
“Electrización” es un nombre, en mi opinión, desafortunado, como tantos otros en este Bloque. Electrizar un cuerpo significa conseguir de algún modo desequilibrar las cargas de un cuerpo
(quitando cargas de un tipo o añadiendo cargas del contrario). El
nombre, como digo, no me parece muy bueno, porque suena como si antes no
hubiera “electricidad” en el cuerpo y se la estuviéramos dando, pero no
es así — lo único que hacemos es crear un minúsculo desequilibrio entre
las cargas de ambos tipos en el cuerpo.
Es así como casi todos entramos en contacto con la electricidad de un
modo obvio. Los fenómenos resultantes de la electrización de los
cuerpos reciben el nombre colectivo de “electricidad estática”,
un nombre que tampoco me gusta lo más mínimo. Seguro que sabes de lo
que estoy hablando: frotas un peine de plástico contra tu pelo y, si lo
acercas a un trocito de papel, notas la fuerza de Coulomb.
La manera en la que solemos conseguir esto es mediante la triboelectricidad, o electricidad por frotamiento.
¡Otro nombre malísimo! Dicho mal y pronto, cuando se ponen en contacto
dos objetos, mediante adhesión, golpes o frotamiento, en determinadas
circunstancias, uno de ellos puede “robar” electrones al otro, de modo
que uno se queda con un exceso de electrones y el otro con un defecto de
electrones, es decir, ambos quedan cargados (en el sentido de
que tienen un desequilibrio entre los dos tipos de cargas). De ahí que
el nombre no sea bueno: se puede lograr esta electrización por contacto
frotando los cuerpos, pero hay otros medios. Si alguna vez has botado un
balón de baloncesto y luego has sentido un chispazo al tocar otra cosa,
sabes a lo que me refiero.
El caso más típico es el cepillarse el pelo con un cepillo o peine de
plástico: a veces, el cepillo se lleva algunos electrones del pelo, con
lo que el cepillo o el peine queda cargado negativamente y el pelo
positivamente, y ambos se atraen (quién roba electrones a quién depende,
en último término, de la naturaleza de los dos materiales a escala
atómica y de sus “hambres de electrones” relativas). Estoy convencido de
que has notado esto. Dicho en términos de nuestras cargas de colores,
el cepillo se ha llevado un poco de carga roja del pelo:
Tanto el pelo como el cepillo quedan cargados, y se atraen. Esto es precisamente lo primero que te pedí que hicieras en el Experimento 1
del artículo anterior (si no lo hiciste, no pasa nada, puedes seguir
entendiendo esto sin problemas aunque no lo hayas visto tú mismo): que
frotases un cepillo o peine de plástico contra tu pelo. Ahora entiendes
la primera de las dos cosas importantes que sucedieron durante el
experimento — el cepillo “robó” algunos electrones a tu pelo.
Pero para entender qué es lo que sucedió después (que, al acercar el
peine al agua, el chorro de agua se curva y se acerca al peine de
plástico) hace falta comprender el segundo método fundamental de
electrizar una sustancia. Es posible desequilibrar las cargas de un
cuerpo sin tocarlo; es decir, es posible inducir, indirectamente, un
desequilibrio de cargas en un cuerpo, utilizando la maravillosa Ley de
Coulomb. El resultado no es que el cuerpo tenga más cargas positivas que
negativas ni viceversa, de forma total, sino que la distribución de
cargas sea diferente a la de antes, de modo que una parte del cuerpo
quede cargada negativamente y la contraria positivamente. Esta
electrización sin contacto, indirecta, se denomina inducción electrostática, y es lo que hiciste tú al acercar el cepillo de plástico al agua del grifo.
Es evidente que lo que pasa al acercar el peine al agua no es trata
de un fenómeno triboeléctrico, porque el peine nunca toca el agua, de
modo que no ha podido “robarle electrones”. Si la materia realmente no
tuviera carga alguna, lo que viste al hacer el experimento nunca podría
suceder. La clave de la cuestión es que tanto el cepillo como el agua son una superposición de verde y rojo;
en el caso del agua, una superposición completa (el agua es “negra”),
en el caso del cepillo, con un poco más de rojo que de verde, porque
robó electrones a tu pelo, con lo que tiene un ligero exceso de
electrones, de carga roja. ¿Qué pasa al acercar el cepillo al agua? Que
la Ley de Coulomb hace su aparición una vez más, y se produce la inducción electrostática.
La situación, en gráficos de rojo y verde, es básicamente la
siguiente (los dibujos, por si no lo habéis notado, son míos, no de
Geli, así que la calidad es… bueno, la que es):
Pero recuerda: el agua en el dibujo no es negra porque no tenga
ninguna carga; es negra porque es la superposición de rojo y verde. Y
esos rojo y verde sufren sendas fuerzas al acercar el cepillo… la carga roja es repelida, la carga verde atraída…
y entonces se rompe la superposición completa, porque las cargas se
mueven dentro del agua: no mucho, como veremos más adelante, simplemente
un poquito:
El agua se ha electrizado, es decir, se hace ahora evidente
que existen cargas en ella, aunque su carga total siga estando
completamente equilibrada. Esta electrificación no es por contacto como
antes, sino por un simple acercamiento: el agua se ha electrizado por inducción.
Esta inducción, por cierto, no es la misma que la inducción de las
ollas de inducción, a eso llegaremos más adelante en la serie. ¡Pero la
cosa no acaba aquí!
Ahora entra en juego, otra vez, la influencia de la distancia en la
Ley de Coulomb: sí, el rojo del cepillo repele al rojo del agua y atrae
al verde del agua… pero el verde está más cerca. Como
consecuencia, la atracción es más fuerte que la repulsión, y el agua se
acerca al cepillo. Incluso la carga negativa se acerca, porque las
fuerzas internas del agua son más intensas que las que ejerce el
cepillo, con lo que la carga verde que se acerca “tira” del resto del
agua, y todo el líquido se curva hacia el cepillo:
La verdad es que verlo con tus propios ojos es mucho más revelador
que leer mi descripción o ver los tristes diagramas, pero bueno.
Según el agua sigue fluyendo hacia abajo y se aleja del cepillo,
claro, las fuerzas de atracción y repulsión van desapareciendo hasta que
no se notan, con lo que el líquido vuelve a caer verticalmente como si
el cepillo no estuviera ahí, mientras que el agua “nueva” que cae del
grifo, al acercarse al cepillo cargado, sufre el mismo fenómeno. Pero,
si has realizado este experimento y anteriormente entendiste la magnitud
real de un culombio, creo que la conclusión debería ser clara: las
cargas “desnudas” (sin ser solapadas por una carga igual de signo
contrario) que percibimos en la vida cotidiana son minúsculas comparadas
con un culombio. Si no fuera así, esa leve y sutil fuerza que
sufre el agua te bañaría en una ducha infernal, mientras que el cepillo
se rompería en pedazos por las fuerzas cataclísmicas que sufriría.
Dicho de otro modo: cuando frotas el cepillo contra tu pelo, el
desequilibrio entre cargas es una nimiedad comparado con la carga total,
positiva y negativa, que hay en tu cuerpo. Fíjate que ya hemos dicho –y
creo que deberías estar convencido– que un culombio “desnudo”
originaría una fuerza de Coulomb catastrófica, con lo que cualquier
desequilibrio de carga que hayas visto seguramente ha sido mucho más
pequeño. Pero, igual que un culombio es mucho mayor que las cargas
“desnudas” que has visto, la carga total de cada tipo en tu cuerpo es muchísimo mayor que 1 C. Para que te hagas una idea, hay unos cuantos miles de millones de culombios (!) de carga negativa, y aproximadamente los mismos de positiva, en tu cuerpo. ¡Tela marinera!