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10 de septiembre de 2009

Más desigualdad y más hambre en América Latina

Jueves, 10 de septiembre de 2009

Más desigualdad y más hambre en América Latina


Las estimaciones de que América Latina tardará una década para disminuir la cifra de hambrientos que actualmente tiene hasta los niveles anteriores al estallido de la crisis internacional, confirman el fracaso de las excluyentes políticas neoliberales llevadas con frenesí por diversos gobiernos en el área y lo aciago que resulta la persistencia de ese símbolo mayúsculo de la inequidad y el atraso que son los latifundios.

Hoy 53 millones (12.8 por ciento) de latinoamericanos sufren de malnutrición, ocho millones más que hace dos años.

Lo más lamentable es que la causa principal no es la insuficiencia en la producción de alimentos, sino la falta de acceso a ellos de una cifra cada vez mayor de personas.

Las mujeres, niños, ancianos, afro-descendientes e indígenas son los más perjudicados.

Una cifra que llama a la reflexión: 10 millones de niños sufren desnutrición crónica en el área.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), América Latina produce un tercio más de los alimentos que necesita.

¿Por qué esta absurda asimetría?

Entusiasmados con el libre comercio, en varias naciones del área aplicaron la receta neoliberal y subordinaron a las agriculturas locales a un modelo exportador, basado en los intereses de las naciones más ricas del mundo.

Cada vez más dependiente de los negocios de los grandes consorcios del ramo, la agricultura latinoamericana cedió ante los precios de venta en el mercado de los alimentos importados, fundamentalmente de los Estados Unidos y Europa, sustentados en los fuertes subsidios que recibe la actividad en esas naciones.

Hoy sucede la paradoja de que la región cuenta con suficientes tierras para sustentar a la población y exportar a otros países.

Pero aumentan los Estados que se convierten cada vez más en importadores y donde la política agraria de sus gobiernos, si es que puede llamarse así, privilegia fundamentalmente a los grandes productores-exportadores y empresas agroindustriales, como por ejemplo México y Colombia, que, por coincidencia, hacen importantes contribuciones al total de hambrientos en la zona.

Eso hace insostenible a la pequeña agricultura, lo que genera empobrecimiento de los campesinos y su emigración hacia las ciudades, donde engrosan las filas de los que carecen de suficientes recursos para adquirir al menos los nutrientes básicos.

La crisis mundial evidenció el fracaso de las políticas dirigidas a promover exclusivamente las exportaciones agrícolas, pues los clientes, léase países industrializados, disminuyen las compras.

La recesión a su vez genera desempleo, drástica reducción de los ingresos de las familias perjudicadas con el fenómeno y el retorno de una parte de la población a la pobreza. La sumatoria es más malnutridos.

Otro factor determinante es la maligna herencia colonial de la concentración de la tierra en muy pocas manos, como distintivo de poder económico y político, proceso del que muestras fehacientes son Paraguay y Brasil, donde la mitad o más de los suelos pertenecen al dos o el tres por ciento de la población.

Consecuencia: disminución de los campesinos y su éxodo hacia los centros urbanos.

Para agravar la situación, los latifundistas aprovechan en la producción a sólo una parte minoritaria de sus propiedades.

Por tanto, el problema del hambre en América Latina es algo, en su conjunto, cínico, insoportable y vergonzoso.

La solución pasa por la determinación de los gobiernos de democratizar la tenencia de la tierra mediante reformas agrarias, la priorización del mercado interno por encima de las exportaciones y el incremento del gasto público para el fomento de la agricultura familiar a través de créditos, asistencia técnica, transporte y creación de una adecuada infraestructura de comercialización, de lo que Cuba y ahora Venezuela y Bolivia son paradigmas a imitar.

El Parlatino acaba de constituir con mucha prosopopeya en Panamá un llamado Frente Parlamentario contra el Hambre, con la anunciada pretensión de ayudar a resolver este problema mayúsculo con la posible adopción de políticas gubernamentales que conduzcan al logro de la seguridad alimentaria.

La iniciativa parece estimable, pero únicamente será efectiva en la medida en que logre de los gobiernos la asignación de los recursos suficientes y continuos para lograrlo, algo que en este momento está fuera del alcance de muchas naciones en la región, debido a la reducción de sus ingresos por exportaciones, remesas y el turismo a causa de la crisis planetaria.

Los legisladores tampoco pueden olvidar que es determinante además la aplicación de políticas encaminadas a favorecer a las capas más humildes de la población con la oferta de empleos, educación y saneamiento, para reducir la brecha gigantesca existente entre pobres y ricos.

Es que, definitivamente, mientras exista desigualdad, en América Latina seguirá cabalgando el jinete apocalíptico que es el hambre.

Fuente:

Sol Visión
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