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19 de octubre de 2012

El Felix Baumgartner de la II Guerra Mundial: cayó desde 6.000 m. sin paracaídas y sobrevivió

Nicholas Alkemade se vio obligado a saltar de su bombardero cuando este fue derribado torciéndose tan sólo un tobillo en el «aterrizaje» 


Hace pocos días Felix Baumgartnerentró en la historia al hacer un salto al vacío desde nada menos que 39.043 m. de altura y batir tres récords mundiales. Sin embargo, otros héroes han llevado a cabo proezas parecidas sin apenas reconocimiento. Uno de ellos fue el aviador británico Nicholas Alkemade que, en plena Segunda Guerra Mundial, sobrevivió después de saltar sin paracaídas de un bombardero en llamas desde una altura de 6.000 m.

La increíble historia de este soldado británico se sucedió en 1944, año en que los aliados habían comenzado a proyectar su gran ofensiva en contra de las fuerzas nazis. Estos planes culminarían con el inicio de un gran desembarco en las playas de Normandía el 6 de junio de ese mismo año, hecho que ha quedado grabado en el tiempo hasta hoy.

Los sucesos relacionados con Alkemade se produjeron tres meses antes, en marzo, según narra el historiador y periodista Jesús Hernández en su libro «Hechos insólitos de la Segunda Guerra Mundial» (el cual presenta en su blog personal). «La historia comienza el día 24, cuando el 115º Escuadrón aéreo de la RAF (Real Fuerza Aérea Británica) se dirigía a Berlín para llevar a cabo una misión de bombardeo» afirma.

El grupo estaba formada por bombarderos británicos pesados del tipo «Lancaster», y, dentro de uno de ellos, conocido como el «S for Sugar», se encontraba Nicholas Alkemade, un joven militar de tan sólo 21 años. La misión, como explica Hernández, era cuanto menos peligrosa: «El S for Sugar llevaba en sus bodegas seis toneladas de bombas que tenía que arrojar sobre la capital del Reich. En total, 300 bombarderos pesados se dirigían a Berlín a una altitud de 6.000 metros y a una velocidad cercana a los 400 kilómetros por hora».

Una misión accidentada

En un principio no hubo dificultades, ya que el despegue se desarrolló sin problemas y el vuelo hacia la capital alemana fue tranquilo. Sin embargo, al acercarse a su objetivo, un centenar de cazas de la fuerza aérea nazi (Luftwaffe), salieron al encuentro de la formación aliada. Las cosas comenzaron a ponerse feas.
Los miembros del «S for Sugar», al igual que todos los efectivos británicos, se prepararon entonces para la defensa. Pero, dentro de toda la tripulación, el peso del combate lo tendría una única persona. «La mayor responsabilidad recaía sobre el artillero de cola, en este caso el sargento Nicholas Alkemade. Su misión era manejar cuatro ametralladoras de 7,7 mm de las ocho con las que contaba el Lancaster» expone el historiador.
Alkemade, en la parte trasera del avión, se ocupaba de las ametralladoras inmerso en una pequeña cabina de plástico transparente. «No disponía de espacio ni para llevar el paracaídas puesto. Si había que escoger un lugar dentro del avión, es posible que ése fuera el menos solicitado. Además de la soledad y la incomodidad que se experimentaba en ese puesto de combate, los aviones alemanes solían iniciar el ataque a los bombarderos por la cola, por lo que el artillero de cola era el primero en recibir la bienvenida» determina Hernández.

Aunque la batalla fue cruenta, finalmente los aliados se alzaron con la victoria, pero aún había que cumplir la misión. Por ello, cada avión dejó caer sus tres centenares de bombas sobre suelo alemán. «Después de arrojar su carga mortífera y defenderse con éxito de los cazas alemanes, el ‘S for Sugar’ giró para emprender el camino a casa. La misión estaba cumplida» explica el experto.

Salto al vacío

Sin embargo, aún quedaba un enemigo, un bimotor alemán del tipo Ju-88 que atacó al «S for Sugar» durante la noche. «Sus disparos impactaron en el fuselaje y en la cabina de plástico de Alkemade, pero el joven sargento reaccionó a tiempo y dirigió sus ametralladoras contra el bimotor germano. Una ráfaga logró incendiar el motor izquierdo del Ju-88 y éste cayó en picado» afirma el periodista.

Pero su alegría no duró mucho, ya que, de repente, la voz del piloto resonó en la cabeza del joven: «¡Hay que saltar! ¡Vamos, fuera, fuera!». «Mirando hacia atrás, vio que el aparato estaba en llamas. El ataque del avión alemán había incendiado el Lancaster. Moviéndose con dificultad para salir de su cabina, Alkemade intentó alcanzar su paracaídas, pero éste comenzaba a ser pasto de las llamas» sentencia Hernández.

La situación se complicó. Alkemade vio como sus seis compañeros abandonaron el bombardero con sus respectivos paracaídas mientras que el suyo estaba totalmente inutilizado por las llamas. «El avión comenzaba a caer y él estaba allí, en su interior. El fuego estaba a punto de llegarle. Instintivamente, pensó que lo único que podía hacer era saltar. Al menos, no había duda de que su muerte sería instantánea» completa Hernández.
Estaba decidido. El aviador se tiró del bombardero sin más protección que su uniforme. Según explicó posteriormente, se arrojó boca arriba mirando hacia el cielo estrellado. De hecho, en varias entrevistas posteriores declaró: «Tuve una sensación parecida a la de acostarme en una nube, tumbado en un colchón muy blando. La verdad es que no tuve la impresión de estar cayendo. Recordé que sólo faltaba una semana para disfrutar de mi permiso y que ya no volvería a ver jamás a mi novia Pearl. De todos modos, pensé que si eso era la muerte, tampoco era tan malo...»

Después Alkemade perdió el conocimiento debido al cambio brusco de presión. Pero, en lugar de abrir los ojos en la otra vida, despertó tumbado sobre el suelo, estaba vivo. «Confundido, lo primero que sintió fue frío. Tocó la superficie sobre la que estaba tumbado y comprobó que era nieve blanda. No se lo podía creer. Miró su reloj y marcaba las tres y diez de la madrugada y él estaba allí, sobre la nieve y rodeado de altos y frondosos árboles», determina el historiador.

«En cuanto recuperó totalmente el conocimiento, intentó buscar una explicación lógica a lo que le había ocurrido. Lo más probable es que cayese sobre las copas de aquellos árboles. Finalmente, la nieve, de medio metro de espesor, le ayudó a amortiguar su caída» explica en el texto el experto.

Además, su suerte aún no se había acabado, pues comprobó todos sus miembros esperando tener el cuerpo destrozado y sólo pudo apreciar unas pequeñas quemaduras provocadas por el fuego del bombardero, algunas rozaduras por el choque contra los árboles y una torcedura en la rodilla derecha. Apenas unos rasguños considerando los resultados catastróficos que podían haberse dado.

Cautiverio

Para Alkemade había pasado lo peor, pero todavía no estaba a salvo...

Lea la historia completa en:


El salto del siglo: Así lo vivió Baumgartner



Felix Baumgartner saltó una sola vez, pero su hazaña se repitió en tantas portadas de periódicos y pantallas digitales, la zambullida en la estratosfera fue tan rentable en términos de marketing, que la sensación era la de un salto mútiple e infinito. Varios días después de su hazaña continúan llegando imágenes de su salto infinito. Esta vez desde la cámara que el deportista llevaba acoplada a su cuerpo.

"Un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para el marketing de las bebidas energéticas", rezaba un "tweet" tras el salto desde una cápsula a 39 kilómetros de altura que terminó con el aventurero de 43 años aterrizando a la perfección, caminando, en un suave descenso con paracaídas.

En su vuelo hacia el planeta Tierra y el desierto de Nuevo México, Baumgartner quebró tres de los cuatro récords posibles, entre ellos el de romper a 1.342,8 kilómetros por hora y sin ayuda mecánica la barrera del sonido. Pero hubo un cuarto récord que escapaba a su control, el de millones de personas enamoradas de su loca aventura en una tarde/noche de domingo.

Fuente:

El Mundo Ciencia

15 de octubre de 2012

El salto de Felix Baumgartner desde el espacio

 

El austriaco Felix Baumgartner realizó este domingo un salto sin precedentes desde el espacio, desde una altura de 39 kilómetros (39.045 metros), alcanzó una velocidad máxima de 1.342km/h y rompió la barrera del sonido.

Convertirse en el primer hombre supersónico fue uno de los tres récords mundiales que consiguió este paracaidista de 43 años.

También batió una marca con la caída libre desde el lugar de mayor altura y el de mayor altura en un globo tripulado.

Vea el salto en este video de BBC Mundo.

Tomado de:

La locura planetaria del hombre supersónico

Félix Baumgartner, saltando desde su cápsula. | Redbull
Félix Baumgartner, saltando desde su cápsula. | Redbull
La inolvidable, dramática imagen de Felix Baumgartner, asomado al abismo estratosférico desde el que se lanzó para convertirse en el primer hombre supersónico, literalmente dio ayer la vuelta al mundo. Hacía mucho tiempo, quizás desde los tiempos gloriosos del programa Apolo, que una hazaña aeronáutica no generaba tanta expectación planetaria.

Mientras la NASA se encuentra en el momento más humillante de su historia tras la jubilación de los renqueantes transbordadores, y cuando a muy poca gente le interesan ya las rutinarias subidas y bajadas de la Soyuz a la Estación Espacial, ha tenido que ser un piloto austriaco patrocinado por una marca de bebidas el que ha logrado convertirse en el primer gran 'trending tropic' aeroespacial de la era Twitter.

Por una curiosa casualidad, debido al aplazamiento del salto estratosférico previsto inicialmente para el pasado martes, la hazaña de Baumgartner coincidió ayer con el 65º aniversario del mítico vuelo de Chuck Yeager, el primer hombre que logró superar la barrera del sonido a bordo de un avión X-1 en 1947. Y no cabe duda de que la espectacularidad y la atención global despertada por Baumgartner recuerda a los grandes héroes de otros tiempos, como Yeager y Lindbergh, o Gagarin, Glenn y el propio Neil Armstrong.

Lo que está claro es que el sueño de volar, llegar más lejos que nadie y superar viejas fronteras sigue muy vivo en el siglo XXI. De hecho, el mito de Ícaro refleja una aspiración que parece estar profundamente enraizada en el ADN del 'Homo sapiens' y es algo que nos diferencia como especie. Somos excéntricas, insólitas criaturas capaces de arriesgarlo todo para culminar el sueño temerario de lanzarnos al vacío desde la estratosfera, aunque nos juguemos la vida para lograrlo.

El sueño de volar

Hoy sabemos que compartimos más del 95% de nuestro genoma con los chimpancés. Pero si pudiéramos dialogar con alguno de nuestros parientes simios, seguro que le costaría muchísimo comprender la disparatada locura de un primate 'evolucionado' que es capaz de saltar desde 39.000 metros de altura para vivir emociones fuertes.

Cuando un periodista de 'The New York Times' le preguntó a George Mallory en 1923 por qué quería alcanzar la cumbre del Everest, el explorador británico le contestó: "Porque está ahí". Y cuando John F. Kennedy impulsó la creación del programa Apolo en su mítico discurso de 1962, el presidente recordó la frase de Mallory y proclamó: «el espacio está ahí, y lo vamos a escalar».

El ser humano quizás sea el animal más irracional de la Tierra, porque es el único capaz de lanzarse al vacío en caída libre para convertir en realidad sus delirios de grandeza. Pero si no fuera por esa quijotesca irracionalidad, probablemente seguiríamos en las cavernas. Y será esa misma locura la que antes o después nos llevará a pisar el suelo de Marte, con una audiencia planetaria todavía mucho más masiva que la del primer hombre supersónico. Como dijo Max Weber, "el hombre sólo ha conseguido lo posible porque una y otra vez ha intentado alcanzar lo imposible".

Fuente:

El Mundo Ciencia
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