Hace dos años un grupo de reputados científicos observó que, tras
décadas de continua transformación del medio, los humanos habíamos
abierto la puerta a una nueva edad geológica: el Antropoceno.
Aquella en la que el ser humano, por su extensa acción, ha logrado
cambiar el curso geológico de la Tierra. Hoy tenemos cifras que ilustran
hasta qué punto somos dominantes: sólo representamos el 0,01% de la vida terrestre, pero hemos logrado aniquilar a una barbaridad de ella.
¿Cuánto?
La pregunta la responde un extenso análisis
realizado por científicos de la Universidad de Nueva Jersey y del
Instituto de las Ciencias Weizmann, en Israel. El trabajo ha sido
definido como el primer estudio estadístico serio sobre la distribución
de la biomasa en la Tierra, y las cifras a las que llega son
escandalosas: desde el surgimiento de la civilización, el ser humano se
las ha apañado para extinguir al 83% de los mamíferos terrestres, al 50%
de las plantas y al 15% de los peces.
¿Cómo?
Es otra buena pregunta. Una buena forma de entenderlo es echando un vistazo a lo que queda
sobre la superficie terrestre. Del total de los mamíferos sólo el 4%
son salvajes: el 60% son cabezas de ganado, dedicadas a la alimentación,
y el 36% seres humanos. Sucede algo similar con las aves: tan sólo el
30% de las que viven en nuestro planeta son salvajes; el 70% restantes
viven en granjas y terminan en nuestros platos. El cómo, al final, es simple: expandiéndonos.
Somos el 0,01% del total, pero dominamos al 99,9% restante.
¿Por qué?
Dadas las estadísticas anteriores no puede extrañar que hayamos provocado la sexta gran extinción de la historia de la Tierra. Ha sido un proceso largo, iniciado con la desaparición de la megafauna en el mundo civilizado y culminando con el actual elevadísimo ritmo de extinción
de especies. En esencia, lo que el estudio relata es la historia de
nuestra preeminencia: hemos logrado que la mayor parte de los mamíferos
que habitan la Tierra estén a nuestro servicio.
¿Qué hacer?
El estudio es meramente descriptivo, no un manual de uso para
solucionar los problemas medioambientales que nuestro continuo
crecimiento como especie generan. Una solución quizá sea comer menos carne, o hacerlo de un modo sostenible. Otros pensadores tienen ideas más extravagantes, como decrecer o dejar de tener hijos. Ninguna respuesta es sencilla: si hemos llegado hasta aquí es por nuestra propia dinámica como especie y como civilización.
Dadas las proyecciones del futuro, nada hace indicar que el proceso sea reversible.
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