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22 de mayo de 2010

Perfección genética: ¿Mito literario?


Sábado, 22 de mayo de 2010

Especial: "Células artificiales"

La perfección genética, un mito literario fecundo (¿y factible?)

Ethan Hawke protagoniza 'Gattaca' (1997), que recrea unos EE UU sometidos a la segregación genética.

De la novela 'Un mundo feliz' a las películas 'Blade Runner' y 'Gattaca', la ciencia ficción ha abordado los riesgos del diseño genético de los seres humanos. Y no olvidemos mucho medios han tildado la creación de células artificiales como "el Frankstein de Venter" (ver La Vanguardia , The Sun y Newsweek, por ejemplo).

Es un viejo sueño con el que la ficción ha fantaseado desde siempre: crear seres humanos perfectos. Y, por quimérico que pueda parecer, el camino hacia la alta ingeniería de organismos vivos ha quedado abierto, según los expertos, gracias al logro del científico estadounidense Craig Venter, que ha conseguido la primera célula artificial mediante la copia del genoma de bacterias. Podría ser el primer paso hacia el futuro control del genoma humano. Los científicos advierten de que es necesario plantear cuanto antes un amplio debate ético sobre el corte y confección de organismos. Porque podría contribuir a reducir la posibilidad de padecer cáncer o diabetes, pero también podría instaurar un nuevo tipo de diferencia social: la diferencia genómica. La ficción lleva debatiendo el asunto, con más o menos fortuna, desde hace años.

Quizá el autor que haya abordado con mayor ambición las posibilidades y riesgos de la ingeniería genética sea el británico Aldous Huxley con su novela Un mundo feliz (1932). En ella prefigura cómo los prodigios de la eugenesia consiguen crear una sociedad formada por individuos prácticamente perfectos. Conservan la salud y el vigor hasta los 60 años, edad a la que fallecen. El sexo se ha desvinculado de la reproducción y es únicamente recreativo. La especie se reproduce en el laboratorio. Las personas son diseñadas desde antes de nacer para integrar una estratificación social inamovible: en la cúspide, los ciudadanos Alfa, destinados a ser líderes políticos o consejeros delegados, apuestos e inteligentes; a continuación, el resto, y finalmente los obreros no cualificados, física y mentalmente tullidos. Todos resultan idóneos para su trabajo e incluso están preparados para estar contentos por ello. Es una sociedad de clases abominablemente perfecta.

De la genética inmaculada a la creación de vida

El espíritu de la obra de Huxley late en la película Gattaca (1997), de Andrew Niccol, que recrea unos Estados Unidos sometidos a la segregación genética. Los mejores especímenes son desarrollados en el laboratorio para desarrollar las mejores prestaciones humanamente posibles. Ante ellos, el protagonista (el actor Ethan Hawke), un individuo común, intenta suplantar la identidad de un ciudadano perfecto (Jude Law) para poder ser astronauta, profesión restringida a los genéticamente superiores. No le resulta fácil, porque cualquier resto corporal, un cabello o una pestaña, puede delatar su genoma deficiente.

En la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), de Philip K. Dick, una raza de sofisticados androides experimentaban los problemas que conlleva la conciencia, y planteaban la pregunta de qué es ser humano. Al saltar a la gran pantalla, en Blade Runner (1982), del cineasta británico Ridley Scott, los androides de Dick pasaron a ser obreros y esclavas sexuales diseñados genéticamente pero conservaron las mismas inquietudes existenciales. La cinta iba más allá de los riesgos de la mejora de la especie humana y se adentraba directamente en las implicaciones de crear vida artificial, un anhelo aún científicamente lejano -según los expertos- aunque con larga tradición literaria y cinematográfica.

Ha sido un leit motiv de la ciencia-ficción desde la precursora novela Frankenstein (1818), de la británica Mary Shelley, a la película Inteligencia Artificial, del estadounidense Steven Spielberg, que recrea una sociedad futura poblada por mecha, robots de tecnología punta que facilitan la vida a los seres humanos en todos los sentidos. Entre estos ingenios mecánicos, un niño-robot se convierte en el último testimonio de la Humanidad en un futuro devastado en el que los seres humanos se han extinguido. Un panorama que afortunadamente parece muy remoto.

Fuente:

El Mundo Ciencia

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