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6 de agosto de 2014

¿Cómo acabar con la ciencia?: ABC de la ‘ciencidiología’, de Mario Bunge

(Este texto es un adelanto de Ciencia, técnica y desarrollo, que publica la editorial Laetoli en su colección Biblioteca Bunge. El autor del libro, del que publicamos un capítulo, es el reconocido filósofo Mario Bunge, consejero editorial de Materia)
Si realmente se desea obstaculizar el avance científico, hay que tomar la cosa en serio: elaboremos recetas que impidan el avance de la ciencia.

Las recetas biológicas son las más eficaces, ya que muerto el perro se acabó la rabia. Conviene, pues, empezar por ellas. He aquí algunas:


  • RB1. Manténgase al pueblo en un estado de subdesarrollo biológico. Para esto basta asegurar que la gente de pueblo consuma menos de 70 g de proteínas por día. Uno de los efectos de la subalimentación es un desarrollo subnormal de la corteza cerebral y con ello una disminución acusada de las facultades mentales. En particular, se logra la apatía. En tales condiciones es difícil que surjan jóvenes con inquietudes científicas o de otras, al menos entre el pueblo.
Si, por algún descuido, apareciesen jóvenes con inquietudes científicas entre las clases superiores o medias, será preciso aplicar:
  • RB2. Elimínese a todos los intelectuales díscolos. Nunca faltará motivo para aplicar esta receta, porque los intelectuales suelen ser individualistas y díscolos. Pero es preciso proceder con moderación, ya que todo Estado moderno necesita intelectuales. No se trata de arrasar con todos ellos sino sólo con los inconformistas. Los demás, los mansos, deberán ser utilizados.
Si fallan las recetas anteriores, será menester recurrir al remedio heroico:
  • RB3. Declárese una guerra cualquiera con un pretexto cualquiera. Esta receta fue ensayada con gran éxito y repetidamente por diversas potencias europeas, que lograron producir huecos generacionales irreparables. (La indiscutible ventaja científica de EE UU se ha explicado por esta causa: mientras las demás naciones enviaban al exilio o la muerte a sus jóvenes más prometedores, los norteamericanos acogían a los exiliados y se mantenían esencialmente al margen del conflicto). Téngase en cuenta que la guerra no sólo mata a científicos y aprendices de científicos: también interrumpe investigaciones que tal vez no se retomen jamás.
Las recetas biológicas, por eficaces que sean, no son infalibles. Por ejemplo, la persecución de los intelectuales puede causar una rebelión, o bien llevarse al extremo hasta privar al Estado de funcionarios competentes. Y una guerra puede ganarse o perderse antes de haber sido segada la flor y nata de la juventud. Por estos motivos, y porque la ciencia depende también de factores extrabiológicos, es indispensable elaborar recetas para controlarlos. Ocupémonos ahora de éstas.

La receta económica más eficaz salta a la vista:
  • RE1. Manténgase un régimen económico-social que exija que todo el mundo se ocupe solamente de la subsistencia. La ciencia sólo puede florecer cuando queda tiempo para pensar en problemas que no se refieren a las necesidades inmediatas; por eso no existe en las regiones o los períodos en que dichas necesidades inmediatas no son satisfechas.
Con todo, ocurre a veces, sobre todo en sociedades con una tradición de respeto por el conocimiento, que aparecen investigadores científicos. En tal caso, habrá que recurrir a la:
  • RE2. Precarícese la remuneración de los investigadores científicos. La aplicación de esta receta limitará las filas de los investigadores a los individuos de medios pecuniarios independientes y a unos pocos desgraciados que prefieren pasar hambre con tal de satisfacer su curiosidad a pasar curiosidad con tal de satisfacer su hambre. Los primeros serán vistos como extravagantes; los segundos, como tontos: ninguno de ellos será tomado como modelo. Y unos y otros serán casi siempre aficionados antes que profesionales.
Aplicada a fondo y sin vacilaciones, basta una sola prescripción política:

  • RP. Restrínjanse drásticamente las libertades públicas, comenzando por las libertades de investigación, de información, de crítica y de enseñanza. Sin libertad de investigación no hay investigación original sostenida; a lo sumo hay investigación rutinaria, que aplica resultados de investigaciones originales hechas en otros lugares u otros tiempos pero rara vez inaugura rumbos. Sin libertad de información (que incluya la posibilidad de entablar y mantener contactos personales con colegas nacionales y extranjeros), no puede haber información al día, en particular información referente a nuevos enfoques, nuevos problemas y nuevos métodos. Sin libertad de crítica languidece la innovación, que con frecuencia se opone a ideas o métodos establecidos, y florece el dogmatismo. Y sin libertad de enseñanza se les evita a los jóvenes enfrentarse a problemas cuyo tratamiento puede llevar a cuestionar los dogmas establecidos.
Pero, puesto que aun en las sociedades más cerradas aparecen de cuando en cuando cerebros inquisitivos e imprudentes, la regla RP será ineficaz a menos que sea complementada con reglas de política cultural bien específicas. Veamos algunas de ellas.

El artículo completo en:

Materia
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