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2 de agosto de 2017

Los seis consejos que le darías a tu hija en su trabajo

Decía Michelle Obama que Fred Astaire y Ginger Rogers tenían el mismo trabajo. Los dos bailaban, solo que ella lo hacía con tacones.
Y esta es una buena metáfora para reflejar las dificultades que viven muchas profesionales cuando quieren prosperar en el mundo laboral. Tampoco quiero decir que la carrera de los hombres sea un camino de rosas pero, reconozcámoslo, la incorporación de la mujer al trabajo retribuido es relativamente reciente. Por tanto, no es de extrañar que social y educativamente todavía suframos algunos desafíos, que dependen de nosotras y que tenemos (y debemos) plantarles cara para progresar. Y no sirve solo con culpar al mundo de lo que nos ocurre o de quejarnos que cobramos menos comparativamente, que es cierto y que hay que ponerlo encima de la mesa. El auténtico cambio se producirá cuando seamos nosotras las que comencemos a hacer cosas diferentes. Veamos en cuáles podemos comenzar:
Supera del síndrome de niña buena. A muchas nos han educado en ser buenas chicas, es decir, en buscar agradar a todo hijo de vecino para sentirnos queridas y valoradas. Está muy bien, se desarrolla una empatía extraordinaria, genera confianza pero, cuidado, desde ahí se olvida algo fundamental, que es a una misma. Lo que nosotras necesitamos tiene el mismo valor que cualquier otra necesidad, sea la pareja, los hijos, el jefe o los compañeros. No digo hacer todo cuanto se nos ocurra, sino tener el coraje de preguntarse honestamente: “¿Qué es lo que yo realmente deseo, más allá de sentirme querida por el resto?”. Solo así surge la fuerza de la determinación para tomar decisiones.

Gana visibilidad. Hay muchos jefes que te pueden proteger. Como hacen los pájaros, que cuidan a sus crías bajo el ala. Ahí se está a gusto, no hay peligros, pero tampoco se vuela. Muchos jefes que tienen esta tendencia suelen evitar dar visibilidad. Por ello, el camino del liderazgo personal sea en una empresa o en una familia requiere dosis de atrevimiento para salir de posiciones menos cómodas pero mucho más enriquecedoras.

Aprender a “vender” nuestro trabajo. Esta palabra suena mal, lo sé, pero necesitamos hacernos a la idea de que necesitamos poner en valor lo que hacemos. Como dice Sheryl Sandberg, la directora financiera de Facebook y considerada como una de las mujeres más poderosas de Estados Unidos: “A los hombres se les contrata por las expectativas y a las mujeres por los resultados”. Y esto no es responsabilidad de ellos, sino de nosotras mismas. No esperemos a que otros digan lo buenas que somos, sino tomemos nosotras la iniciativa.

Haz de tu pareja tu auténtico compañero. Este punto no siempre es fácil. En casa puedes tener un aliado o alguien que te ponga palos en las ruedas. Desarrollar una carrera profesional es bien complicado si cada vez que abres la puerta de casa se inaugura una batalla campal por el trabajo. El remedio es fácil (decirlo, que no siempre conseguirlo): sustituir los mensajes de o yo, por nosotros para que tu pareja sea tu aliado. La pareja necesita confianza y sentir que es alguien muy importante en tu vida. Cuando te centras mucho en el trabajo, puedes olvidarte de darle ese espacio y luego surgen los problemas. Por supuesto, que dichos problemas pueden nacer por mil y otros motivos, pero lo que está claro es que la vida es más fácil si la persona que está a tu lado es un auténtico compañero, como así confirman los datos: de las 28 mujeres que han sido CEOs de las Fortune 500, 26 están casadas, una divorciada y una soltera.

Ten un mentor en tu vida. Un mentor o mentora es quien te comparte su experiencia de manera generosa para ayudarte. No tiene por qué gestionarse a través de programas formales de empresa, sino que puede ser una misma quien lo solicite a quien tenga tiempo y ganas de aportar. Por ello, escoge a alguien con quien has tenido una interesante conversación y tómalo como mentor o mentora para ayudarte.

Y olvídate de la culpa. Posiblemente, el sentimiento de culpa es una de nuestras especialidades. No hablamos de la emoción que surge por cometer un delito, sino de algo más cotidiano y sutil: por no estar a la altura, por no ser mejor madre y profesional, por no estar más tiempo con la pareja… en fin, un sinfín de motivos que nos hacen daño. Pues bien, detrás de la culpa hay dos claves: expectativas de una misma más cerca de superwoman que de otra humana y un perfeccionismo imposible. Así pues, quitémonos la capa de superheroína que puede con el mundo, aceptemos que somos lo que somos y divirtámonos con ello.

Fuente:

El País

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