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28 de septiembre de 2014

Papá, mamá, de mayor quiero ser... neurocientífico



Divulgar ciencia es útil. A todos, también (o más) a la comunidad investigadora. Porque despierta vocaciones científicas entre los más pequeños, cuando más firmemente se afianza este deseo. Como en el fútbol, la ciencia también tiene que cuidar de su cantera. ¿Cuántas generaciones de biólogos españoles deberán su vocación a las inspiradoras palabras de Félix Rodríguez de la Fuente? ¿Cuántos de esos lograrán descubrir, con el sudor y entusiasmo de una vocación firme, las causas/tratamiento/prevención para el Alzheimer, Parkinson, o tantas otras enfermedades devastadoras? Pequeño o pequeña, si quieres ser neurocientífico (o neurocientífica, que todavía más falta hacen), déjame decirte unas palabras.

Enhorabuena por elegir una profesión con futuro. Como dice un gran cerebro de este país, José María Delgado-García, "los neurocientíficos seremos los últimos profesionales en ir al paro por falta de trabajo" (yo lo escuché hace ya algunos años en su clásico "Curso Nacional de Neurociencia, por entonces en su décima edición"). Con esto, el profesor se refería al vasto terreno que todavía permanece inexplorado en cuanto a lo que conocemos sobre el cerebro. Aunque queda por ver si esta máxima será cierta en nuestro país, sigue siendo válido en el resto del mundo. La neurociencia cada vez interesa más a todos. Un indicador son los famosos megaproyectos de investigación "Human Brain Project" y "BRAIN", con presupuestos galácticos concedidos hace apenas dos años a ambos lados del Atlántico. Otra historia es si lograrán un avance proporcional a tamaño presupuesto y si se está gestionando de forma adecuada, que se discute.

Ser científico y estudiar el cerebro es una de las profesiones más exóticas que puedas imaginar. Cuando expliques tu trabajo a conocidos y amigos, verás sus pupilas ensanchar de asombro. Ser neurocientífico significa dedicarse a entender el órgano más complejo del universo. Significa tener el privilegio y oportunidad de añadir un granito de arena al vasto desierto (todavía prácticamente desconocido) de lo que sabemos sobre esta máquina de computación, y poder escribir una línea corta pero imborrable en la historia de la neurociencia. En definitiva, significa contribuir a descifrar una esquina de una de las miles de páginas del manual de instrucciones del cerebro, el órgano que nos hace ser lo que somos, lo que pensamos, sentimos, queremos y hacemos, a partir de chispas de electricidad que transcurren y saltan entre miles de millones de neuronas conectadas en centenares de formas distintas. Pero sin magia alguna.

El artículo completo en:

Investigación y Ciencia

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