Basta con estar expuesto a bajas temperaturas para que comencemos a
tiritar, a veces de manera descontrolada. Con castañeteo de dientes
incluido.
Y sin poder hacer nada por evitarlo… mas que entrar en calor, por supuesto.
¿Y por qué se desencadena este proceso involuntario?
La temperatura óptima para el funcionamiento de los mecanismos
fisiológicos de nuestro cuerpo se sitúa alrededor de los 36,5º C, que es
la temperatura que mantenemos habitualmente.
Si por cualquier circunstancia esta temperatura cambia, nuestro
organismo pone en funcionamiento mecanismos que la corrijan y la vuelvan
a su valor inicial.
Un frío extremo, por ejemplo, hace que perdamos calor corporal por
irradiación y nuestra temperatura disminuye. Por ello, cuando la
temperatura ambiente es baja y sentimos frío, tendemos a frotarnos las
palmas de las manos, los brazos o a movermos enérgicamente para que
nuestro músculos generen calor con su esfuerzo.
Pero si no nos movemos o la producción térmica de nuestros
movimientos es insuficiente, reaccionamos de manera automática e
involuntaria tiritando.
Tiritar es, pues, un movimiento involuntario y convulsivo consistente
en la contracción y el relajamiento repetitivo de miles de pequeñas
fibras musculares a lo largo de todo nuestro cuerpo, con la finalidad de
generar calor aumentando el ritmo metabólico hasta restablecer el
equilibrio térmico.
Nota sabionda: Si nuestra temperatura desciende a
los 32º C sufrimos amnesia; a los 27º C perdemos el conocimiento y a los
21º C nos morimos. Para conseguir mantener la temperatura óptima,
invertimos el 75% de la energía que generamos.
Nota sabionda: Cuando hace mucho frío nuestro
organismo limita el calor a la zona interna del cuerpo vasoconstriñendo
los vasos sanguíneos de las extremidades. Así, la sangre no pierde calor
al pasar por zonas muy cercanas a la superficie. Debido a ello nuestras
manos y pies se enfrían antes cuando hace frío y es lo primero que se
congela en una situación de frío extremo.
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