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21 de julio de 2013

Galileo y la Inquisición: cuando el telescopio contradice a la Biblia


Aunque la Humanidad llevaba milenios contemplando el firmamento nocturno, la astronomía tuvo la poca fortuna de alcanzar su edad adulta en una Europa enfrentada por un sinfín de conflictos religiosos. Ni la Iglesia de Roma ni los protestantes de centroeuropa recibieron bien los nuevos hallazgos y teorías de los dos observadores del cielo más revolucionarios del siglo XVII: Galileo y Kepler.

Galileo Galilei, nacido en Pisa en 1564, es el científico que mejor simboliza la ruptura con el mundo medieval y la irrupción del método hipotético-deductivo, es decir, el método de la ciencia moderna por excelencia. La gran ruptura que provocó este sistema de estudio se debe a que no se limitaba a argumentar en abstracto, sino que se apoya en observaciones y experimentos que otros investigadores pueden confirmar por sí mismos y que reafirman o refutan la hipótesis de la que se parte.

Fascinado por las nuevas posibilidades de la óptica, Galileo fabricó su propio telescopio y comenzó a estudiar la Luna entre 1609 y 1610. Ese mismo año se publicaba en Venecia 'Siderius nuncius' (Mensajero sideral), la obra que contiene todas las observaciones de este científico sobre nuestro satélite. Analizando cuidadosamente las variaciones del terminador (la frontera entre la parte iluminada de la Luna y la zona que permanece oscura), descubrió la existencia de valles y montañas lunares. También dedujo que las zonas oscuras (los cráteres) eran las más bajas, por lo que estas deberían corresponderse con los mares, de acuerdo con la visión pitagórica de la Luna como un mundo similar a la Tierra. Galileo, que no era muy amigo de la antigua filosofía griega, no apoyó directamente esta teoría, sino que se limitó a mostrar que, de existir mares, estos deberían ser las manchas más oscuras.


Sistema Solar de Kepler. | E.M.

Sistema Solar de Kepler. | E.M.

Galileo era católico, pero despreciaba sobre todas las cosas los argumentos basados en el principio de autoridad. Al parecer, este irreducible espíritu crítico lo había heredado de su padre, quien, según sus propias palabras, le había enseñado: "Me parece que aquellos que solo se basan en argumentos de autoridad para mantener sus afirmaciones, sin buscar razones que las apoyen, actúan de forma absurda. Desearía poder cuestionar libremente y responder libremente sin adulaciones. 

Así se comporta aquel que persigue la verdad". Educado en esta mentalidad, y armado con las sólidas pruebas que le proporcionaba su telescopio, no tuvo ningún reparo en despojarse de la tesis aristotélica de que la Luna era un cuerpo perfecto, muy extendida entonces entre los académicos cristiano.

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El Mundo Ciencia

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