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5 de mayo de 2011

¿Existe el libre albedrío?

Intente no pensar en un oso blanco. Inténtelo con ganas: no piense en un oso blanco. ¿A que no puede evitarlo? Este es el experimento al que sometió a sus alumnos Daniel Wegner, un profesor de psicología de Harvard. Después les pidió que hablaran durante cinco minutos sobre cualquier cosa que se les ocurriera. “Mencionaron un oso blanco enseguida”, comenta Wegner. “Si después les pedía que pensaran en cualquier cosa, mencionaban más veces a un oso blanco que a los que les dije que pensaran en él”. Un experimento tan sencillo como éste nos revela lo difícil que resulta cumplir con lo que consciente y libremente hemos escogido.

El libre albedrío, que viene a ser la relación entre nuestros pensamientos y nuestras acciones, es una posesión muy querida. E, irónicamente, es lo primero que intentamos sacudirnos de encima para exculparnos de ciertos actos, por supuesto negativos. También resulta curioso cómo ponemos el grito en el cielo por cualquier alusión a un determinismo biológico –no nos gusta que nos digan que parte de lo que somos se encuentre en los genes- pero aceptamos con agrado el determinismo ambiental que pulula por telediarios, consultas de psicoterapeutas y juzgados. Lo usamos como excusa de todo: nuestras malas acciones son causa de los malos tratos en la infancia, de la pornografía, del alcohol, las drogas, las letras de ciertas canciones…

La revista New Yorker publicaba hace unos años una viñeta donde una mujer decía ante un tribunal: “Es verdad, mi marido me pegaba por la infancia que tuvo; pero yo le maté por la que tuve yo”. En los juicios, los famosos atenuantes que alega la defensa son legión. En 2007 el abogado de Ricardo, un hombre que disparó dos cargadores sobre un conductor por atropellar levemente a su hija, adujo que padecía una “patología psicológica grave” desde pequeño, derivada de que presenció el atropello mortal de un hermano suyo. Este hecho, señalaba el abogado, había marcado su vida “y pudo influir en su actitud cuando vio a su hija tendida en el suelo”. ¿Dónde queda aquí el libre albedrío?

El experimento del oso blanco de Wegner –que se ha repetido hasta con animales imposibles como un conejo verde- se engloba en lo que se conoce como supresión del pensamiento, dejar de tener en la mente ciertas ideas. Como técnica de control mental, puede crear obsesiones. Dicho de otro modo: si nos pasamos el día apartando de nuestra mente la idea de comida porque estamos a dieta, no dejaremos de pensar en ella. Es mucho peor que tenerla todo el día en la cabeza: “Puedes llegar a cansarte si piensas siempre en algo. Intentar no hacerlo es lo que lo mantiene en nuestra cabeza”, sentencia este físico metido a psicólogo que colecciona gafas con narices y mostacho de Groucho Marx. Nuestra libertad de acción con lo que sucede dentro de nuestro cerebro no es tan amplia como creemos. Y al parecer, tampoco la tenemos fuera.

En 1983 Benjamin Libet y sus colegas de la Universidad de California en San Francisco realizaron un peculiar ensayo. Los participantes debían observar un reloj cuya manecilla daba una vuelta completa cada 2,56 segundos. Mientras estaban atentos a la manecilla, eran libres de flexionar la muñeca en el momento que quisieran. Lo único que debían hacer era tomar nota mentalmente de la posición de la manecilla cuando decidían mover la mano. En otra variante del experimento, los sujetos debían estimar en qué momento habían movido realmente la mano. Por su parte, Libet medía con electrodos la actividad eléctrica en las áreas motoras del cerebro –lo que se llama el potencial de alerta- y en los músculos implicados en el movimiento de la muñeca. Dicho de otro modo: podía determinar cuándo el cerebro mandaba la señal a los músculos para actuar y cuándo éstos se ponían en marcha.

Libet encontró que, como era de esperar, el deseo de mover la mano aparecía antes de que el sujeto tuviera conciencia subjetiva de que había realizado el movimiento. Sin embargo, la sorpresa surgió cuando descubrió que la preparación nerviosa real para el movimiento, el potencial de alerta, aparecía entre 0,3 y 0,5 segundos antes de que el sujeto decidiera conscientemente que quería mover la mano. Según los psicólogos S. S. Obhi, de la Universidad de Ontario Occidental, y P. Haggard, del Colegio Universitario de Londres, especialistas en acción y percepción humanas, “el sentimiento de intención puede ser efecto de la actividad de preparación motora del cerebro y no una de sus causas”.

El experimento de Libet fue el primer impacto en la línea de flotación del libre albedrío. Los realizados desde entonces demuestran que el cerebro va por delante de nuestra intención consciente a la hora de realizar un movimiento; sale con ventaja antes de sentir que hemos decidido hacer algo. Aún más, los experimentos de Libet muestran que creer que estamos empezando a mover la mano empieza 86 milisegundos antes de que realmente suceda. Para este psicólogo el cerebro responde a los estímulos exteriores y la consciencia es la forma que tiene de racionalizar las acciones que ya ha decidido realizar. Esto no quiere decir que no ejerzamos ningún control sobre ellas: podemos modificar las que están en marcha. Así, Libet sustituye el libre albedrío por la libre censura: el cerebro propone y la mente dispone.

El problema no puede ser más interesante: Si no estamos al tanto de lo que hacemos cuando lo estamos haciendo ¿qué percibimos? Es más, ¿cómo surge la idea de que controlamos nuestras acciones? Para estudiarlo Wegner diseñó, junto a Emily Pronin de Princeton, un experimento vudú. Un voluntario realizaba la clásica maniobra de pinchar con agujas un muñeco mientras su ayudante, otro voluntario que secretamente estaba conchabado con los investigadores, o bien mostraba desagrado o apoyaba efusivamente la acción.

Como en todo vudú que se precie, al cabo de un rato la víctima empezaba a decir que sufría dolor de cabeza. A partir de este momento, en el caso en que el ayudante se mostraba en desacuerdo, el hechicero tendía a responsabilizarse del dolor de cabeza. Es un claro ejemplo de pensamiento mágico y supersticioso, como creer que por usar cierto bolígrafo se aprueba un examen. Estamos ante lo que se llama una ilusión de control. ¿Pasa lo mismo con el libre albedrío? Para Wegner la situación es clara. Percibimos dos situaciones, el pensamiento y la acción, y nuestro cerebro une los puntos independientemente de que exista una relación causa-efecto. El cerebro la asume y punto.

Otro descubrimiento llamativo es que nuestro cerebro percibe más próximos en el tiempo de lo que en realidad están el acto de volición consciente y la acción. Esto lo probó Patrick Haggard con un peculiar experimento. El voluntario debía pulsar con la mano izquierda un botón. Al hacerlo se disparaba una estimulación magnética transcraneana que le producía un tic en el índice de la mano derecha. Mirando un reloj el voluntario debía fijarse cuándo pulsaba el botón y cuándo sentía el tic. En otra tanda de experimentos la estimulación magnética la provocaba una palanca accionada por un motor que obligaba al voluntario a pulsar el botón de manera involuntaria.

Pues bien, el intervalo de tiempo transcurrido entre pulsar el botón y aparecer el tic era percibido de forma distinta en el caso de que la pulsación fuera voluntaria o involuntaria. Si creemos que hemos decidido nosotros, la causa y el efecto son percibidos como temporalmente más cercanos. ¿Será que el cerebro crea una intensa sensación de asociación temporal entre nuestros deseos y las acciones subsiguientes? ¿Querrá así afianzar la idea de nuestra responsabilidad consciente en esa acción?

Para Wegner el sentimiento del libre albedrío requiere, primero, ser consciente de que las intenciones preceden a las acciones; segundo, que las intenciones han de ser consistentes con las acciones y, tercero, no ha de haber otra causa perceptible de la acción. Para comprobar que estos tres requisitos bastan para provocar la ilusión de control en las personas Wegner diseño otro experimento peculiar. Dos sujetos debían desplazar el cursor sobre la imagen de uno de los objetos presentados en la pantalla del ordenador al oír el nombre correspondiente. Pero lo que uno de ellos no sabía es que era el otro quien movía su cursor. Pues bien, si la palabra relevante, por ejemplo pan, la escuchaba entre 1 y 5 segundos antes de moverse el cursor hacia la imagen, creía que él lo había movido. Pero si se la escuchaba 30 segundos antes o un segundo después, no existía esa falsa sensación de control. La moraleja es que el cerebro decide que es el causante de lo sucedido después de realizar una acción. No obstante, otros trabajos indican que para que surja esa sensación de control tanto las acciones como sus efectos deben coincidir con las intenciones del sujeto. Si no es así, la ilusión de control desaparece.

Todos estos resultados hacen pensar a muchos científicos que el libre albedrío no es más que un espejismo creado por el cerebro. Mark Hallett, del National Institute of Neurological Disorders and Stroke, dice: “El libre albedrío existe, pero es una percepción, no una fuerza rectora. La gente experimenta el libre albedrío. Creen que son libres. Pero cuanto más escudriñas, más te da cuenta de que no lo tenemos”. A los investigadores como Wegner no les interesa decidir si existe o no, sino por qué creemos que lo tenemos. Sus experimentos le indican que nuestro cerebro está programado para creer que si pensamos en algo, ese algo va a suceder; nos hace creer que controlamos nuestras acciones.

Para ilustrar este punto veamos qué sucedió cuando Wegner llevó al laboratorio un número clásico de los cómicos. Una persona, delante de un espejo, viste un traje, pero son los brazos de otra persona situada detrás los que pasan por las mangas. Lo curioso es que si lleva puestos unos cascos que le predicen un momento antes cómo se van a mover los brazos, aparece en el sujeto una sensación de control sobre ellos. El cerebro, automáticamente, asumía que controlaba esos brazos.

¿A qué conclusión nos llevan todos estos trabajos? Suponiendo que existiera el libre albedrío, no hay manera de distinguir cuándo nuestras acciones responden a nuestros deseos (por ejemplo, estirar la mano para coger una galleta) de aquellas en las que se trata de una ilusión. Si nuestro cerebro es incapaz de diferenciar ambas, ¿Cómo podemos estar seguros de que existe el libre albedrío? ¿Es siempre esta sensación de control una quimera? No lo sabemos. Wegner compara la elección consciente con un mago realizando su espectáculo. Aparentemente, los efectos que realiza el ilusionista son causados por el movimiento que percibimos de sus manos, pero no es así. Ahí algo más que no vemos y es la verdadera causa. Del mismo modo, la simple decisión consciente de hacer algo no tiene por qué ser la causa de que lo hagamos.

Tanto si es una ilusión como si no, la noción de libre albedrío es útil y adaptativa, esto es, da ventaja evolutiva. Lo necesitamos para vivir; el mundo no tendría sentido para nosotros si creyésemos que los comportamientos de los demás no estuviesen causados por ellos mismos. Diversos investigadores, como Elizabeth Spelke de Harvard, en experimentos con bebés con tan solo unos pocos meses, han demostrado que poseen diversas habilidades mentales, como estimar si hay muchos o pocos objetos en una imagen, o que tienen (o creen tener) algo parecido a una noción de libre albedrío.

Sin embargo no todo está perdido. En 2007 Bjorn Brembs, de la Universidad Libre de Berlín parece haber encontrado la tabla de salvación en una de las mejores amigas de los biólogos, la mosca de la fruta. Los animales, y particularmente los insectos, suelen compararse con robots que solo responden a estímulos externos. ¿Qué pasaría si no los tuvieran? Para explorarlo Brembs colocó la mosca en una habitación blanca, sin ningún tipo de pista visual.

En lugar de volar siguiendo un patrón totalmente aleatorio, como el ruido blanco de una radio no sintonizada, “el análisis de los datos descubrió una variabilidad en las elecciones de la mosca que revelaba una firme componente no-lineal, propia de los procesos biológicos”: el cerebro de la mosca iba generando espontáneamente un plan de vuelo predeterminado. “La decisión de torcer a la izquierda o la derecha de la mosca, que cambiaba todo el tiempo, provenía del cerebro”, dice. ¿Ha encontrado una base biológica para el libre albedrío? Brembs lo cree así. Para él es una función básica del cerebro. “No hemos demostrado que exista el libre albedrío, sino que puede existir”, sentencia George Sugihara, el matemático del The Scripps Institution of Oceanography de la Universidad de California en San Diego que analizó los datos. “Hemos eliminado las dos propuestas clásicas contra el libre albedrío: la aleatoriedad y el determinismo puro”. Esto no implica, por supuesto, que la simpática mosca tenga conciencia.

Otro golpe al anti-libre albedrío ha venido de la Facultad de Psicología de la Universidad de Queensland, Australia. Allí los trabajos desarrollados en 2007 por Derek Arnold sobre cómo enfermedades como el autismo, la esquizofrenia o la dislexia modifican la percepción del tiempo, ponen en duda una cuestión que subyace a los experimentos de Libet y compañía: la percepción subjetiva del paso del tiempo. Arnold ha descubierto que detectamos los grandes cambios más rápidamente que los pequeños. No sólo eso, también nos parece que tienen lugar antes que los cambios pequeños. “La magnitud del cambio tiene un mayor impacto en la percepción del tiempo transcurrido en una secuencia de hechos (timing) que en la capacidad para detectar ese cambio”, comenta Arnold. Dicho de otro modo, somos conscientes de que algo ha cambiado (por ejemplo, si hemos tenido un tic) cuando estamos seguros de ello, no cuando lo detectamos por primera vez.

¿Qué implica este descubrimiento sobre el libre albedrío? Los experimentos de Libet parten de una suposición básica: tenemos un acertado sentido del timing. Pero los experimentos de Arnold sugieren todo lo contrario. “Somos conservadores; nuestra valoración del timing refleja cuándo estamos seguros de la detección, no de cuándo lo detectamos por primera vez”. El retraso encontrado por Libet puede estar relacionado con este hecho: no nos fijamos en la hora del reloj cuando decidimos por primera vez mover la mano, sino cuando estamos convencidos de que lo hemos decidido. “Somos responsables de nuestras decisiones –dice Arnold-. Simplemente no estamos muy seguros de cuándo las hemos tomado”.

En dos experimentos recientes, los psicólogos Kathleen Vohs de la Universidad de Minnesota y Jonathan Schooler de la Universidad de Columbia Británica han puesto a prueba el efecto que tiene creer en el libro albedrío sobre nuestro comportamiento ético. Para ello, propusieron a varios estudiantes realizar un examen de matemáticas ante un ordenador, pero se les advertía que el programa no funcionaba del todo bien porque a veces las respuestas aparecían en la pantalla. Para evitar verlas debían presionar la barra de espaciado tan pronto como asomaran. En definitiva, se apelaba a la honradez de los estudiantes. Previo al examen se les habían dividido en dos grupos. A uno se les había entregado un texto donde se afirmaba que estaba científicamente demostrado que el libre albedrío era una ilusión, un efecto espurio de la química cerebral. A la otra mitad no se les dijo nada. ¿Qué grupo copió más en el examen? El primero. En un segundo ensayo los psicólogos dieron a sus estudiantes un test cognitivo muy difícil. Debían resolverlo sin ayuda y al final les cantaban las respuestas para que se autocorrigieran. Por cada acierto podían levantarse y coger un dólar de un sobre situado en el otro extremo de la habitación. Aquellos que creían en el libre albedrío fueron más reticentes a autorregalarse el dólar.

Ahora bien, para estos investigadores sus resultados no son generalizables ni explican nuestras formas de conducta éticas, mucho más importantes que el mero hecho de copiar en un examen. Sin embargo, muchos creen que si no existe el libre albedrío nos dedicaríamos a hacer lo que quisiéramos por obra y gracia del mantra “qué importa”. No tiene por qué ser así, del mismo modo que no creer en un ser superior deviene en una falta de moral absoluta. ¿No es más probable que dudar de la existencia del libre albedrío nos sirva para proporcionar una excusa ante los demás por haber hecho lo que nos dio la gana? Dice un viejo aforismo que el carácter es hacer aquello que debes hacer aún sabiendo que puedes hacer cualquier otra cosa. El problema fundamental se encuentra, como apunta el psicólogo Steven Pinker, en que acabamos confundiendo explicación con exculpación. ¿Saben que es lo más curioso? Sea el libre albedrío una ilusión o no lo sea, todo seguiría como hasta ahora.

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La Ciencia de tu Vida

Se ofrece comandante de nave espacial con mucha experiencia

La NASA recicla a sus astronautas tras la retirada de los transbordadores.




La tripulación del Endeavour, con el comandante Mark Kelly en la primera fila, a la derecha.- EFE / GARY / ROTHSTEIN

Mark Kelly, comandante del transbordador Endeavour que debe ser lanzado dentro de unos días, y Chris Ferguson, comandante de la próxima misión del Atlantis, serán los últimos astronautas al mando de estas naves de la NASA. Tras 135 vuelos de los transbordadores se cierra el programa y desaparecen los puestos de comandante y de piloto, que van sentados delante en la cabina y que durante 30 años han ocupado hombres (y algunas mujeres) especialmente seleccionados entre pilotos de pruebas o de combate, muy experimentados, con miles de horas de vuelo acumuladas.

Unos abandonarán la agencia espacial -varios lo han hecho ya-, y los que se queden se tiene que reciclarse -también lo han hecho ya algunos- para seguir siendo astronautas, pero como miembros de la tripulación de la Estación Espacial Internacional (ISS). La NASA ha llegado a tener 150 astronautas en plantilla, ahora tiene 61 y sólo el año pasado una veintena abandonó la agencia.

"No hay una norma que impida a los comandantes y pilotos de transbordador convertirse en tripulantes de la ISS, pero tienen que seguir una preparación adicional y algunos lo han hecho, y con satisfacción porque así pueden hacer paseos espaciales", explica Pedro Duque, astronauta en excedencia de la Agencia Europea del Espacio (ESA) que ha volado en una de esas naves estadounidenses y se ha preparado para ello. "Pero es cierto que ha habido un éxodo importante entre los astronautas de la NASA en los últimos años, y no solo porque desaparezcan los comandantes y pilotos, sino también porque para la ISS hay que estar dispuestos a pasar en el espacio seis meses y muchos de ellos no tenían intención de hacerlo", continúa el ingeniero español. "Cuando fueron seleccionados, antes de la estación, esa disponibilidad para pasar varios meses en el espacio no era un requisito, y ahora sí que los es".

Los astronautas son profesionales muy bien preparados que no deberían tener problema encontrar trabajo fuera de la NASA y algunos ya lo han hecho. Pamela Melroy, piloto en dos misiones de los transbordadores y comandante en otra, abandonó la NASA en 2009, cuando quedaban ya pocas misiones antes de acabar el programa de los transbordadores. "No quería quedarme por ahí dando vueltas a ver si me asignaban alguno [de los útimos vuelos]", ha comentado a The New York Times.

Otros se han ido a empresas del sector, como Space X, que está precisamente diseñando uno de los cohetes privados alternativos que podrían llevar cargas, y tal vez astronautas, a la ISS por encargo de la NASA dentro de unos cinco o seis años. Incluso la empresa Virgin Galactic que quiere explotar el sector del turismo espacial con su avión suborbital SpaceshipTwo, está buscando pilotos espaciales. Garret Reisman reconoce que hubiera seguido en la NASA si hubiera tenido alguna posibilidad de ser asignado a una nueva misión, pero sin oportunidades de vuelo prefirió abandonar, ha declarado al rotativo.

Los astronautas que se queden en la NASA y los que se vayan incorporando tienen que adecuarse a un perfil nuevo, que se ajuste a los trabajos de mantenimiento y explotación de la ISS, y volar hasta allí, durante unos años, en las naves Soyuz rusas. En estas cápsulas, por cierto, y a no hay un puesto específico de pilotaje, tan alejado está su manejo de los aviones y no hay que olvidar que EE UU abandona con los transbordadores el modelo de nave espacial reutilizable que aterriza como un aeroplano y volverá también al sistema de cápsulas que abandonó con el programa Apolo en los años setenta.

"En el programa de los transbordadores la cualificación y preparación de los astronautas seguían dos perfiles profesionales claramente diferenciados: por un lado los pilotos y comandantes y por otro los especialistas de misión, con responsabilidades y entrenamiento distintos", explica Duque. Los comandantes y pilotos, comenta, seguían una preparación específica centrándose en el manejo de la nave, el aterrizaje, el aterrizaje de emergencia, etcétera, mientas que los astronautas especialistas de misión se centran en los paseos espaciales, los experimentos y el manejo del brazo robótico. Un tercer grupo, los llamados especialistas de carga útil, no son astronautas profesionales sino que vuelan en algunas ocasiones para realizan funciones específicas de algún experimento concreto.

"Con al ISS están abiertas todas las posibilidades", dice Duque-. Pero el final de los transbordadores marca también el fin de una época para los astronautas de la NASA y debe empezar otra: de momento, una vez concluida la construcción de la USS, se dedicarán a utilizarla. Y dentro de unos años -si se decide por fin visitar Marte o volver a la Luna- volverá a cambiar el perfil profesional de los hombres y mujeres del espacio para adaptarse a las diferentes tareas de los vuelos interplanetarios.

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El País Sociedad

Un experimento de la NASA confirma dos principios de la Teoría de la Relatividad

Un experimento realizado por investigadores de la NASA y la Universidad de Stanford en California ha confirmado con gran precisión dos supuestos básicos de la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein.

Apodado 'Gravity Probe B', este experimento, uno de los más largos realizado por la agencia espacial de EEUU, ha utilizado cuatro giroscopios ultra-precisos a bordo de un satélite para medir dos efectos de esta teoría de la gravedad.

El primero de este efecto es la distorsión del espacio y del tiempo en torno a un objeto que ejerce una fuerza gravitacional de la Tierra. El segundo, el efecto es la cantidad de espacio y el tiempo que tal objeto afecta girando sobre sí mismo.

La nave estaba apuntando hacia una sola estrella, IM Pegasi, en una órbita polar alrededor de la Tierra. Si la gravedad no afectara el espacio y el tiempo, los cuatro giroscopios colocados en el satélite siempre apuntarían en la misma dirección.

Sin embargo, estos aparatos, arrastrados por la gravedad, han cambiado la dirección a la que señalaron en principio, lo que confirma la teoría de la relatividad de Einstein.

¿Qué es un giroscopio?

Un giroscopio es una rueda o una parte mecánica de un aparato circular que gira en torno a un eje que pasa por su centro y que, una vez iniciado el movimiento, tiende a resistir los cambios en su orientación.

"El experimento GP-B ha confirmado dos de los supuestos más importantes de la Teoría de Einstein sobre el universo, que tiene implicaciones en toda la investigación en astrofísica", según Francis Everitt, un físico de la Universidad de Stanford, quien ha dirigido la investigación.

"La tecnología que está detrás de esta misión tendrá efectos duraderos en la investigación sobre la Tierra y el espacio", añadió.

Los resultados de este experimento, cuyo proyecto comenzó hace 52 años, se publican en la revista 'Physical Review Letters'.

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El Mundo Ciencia

Descubren fósil de hormigas gigantes

El fósil encontrado es del tamaño de un colibrí.

Una hormiga gigante que medía hasta cinco centímetros cruzó el Ártico durante los períodos más cálidos de la Tierra, usando puentes de tierra entre los continentes, afirman científicos.

La hormiga, llamada Titanomyrma lubei, vivió hace unos 50 millones de años y es una de las especies de hormiga más grande jamás encontrada.

Los fósiles fueron desenterrados en los sedimentos de un antiguo lago en Wyoming, Estados Unidos.

Según el equipo conjunto de investigadores de Canadá y EE.UU., estas hormigas gigantes casi siempre vivían en climas cálidos.

La nueva especie parece muy similar a los fósiles que se han encontrado en Alemania y en la Isla de Wight, al sur de Inglaterra, que datan del mismo período.

"No tenemos ningún fósil de hormiga obrera de esta nueva especie, sólo tenemos una reina", explica Bruce Archibald de la Universidad Simon Fraser en Columbia Británica.

Poco se sabe acerca de cómo estas hormigas vivieron o lo que comían, pero en los fósiles se han encontrado alas.

Y un dato común, tanto en los fósiles encontrados en Europa y ahora en Wyoming, las hormigas se localizan cerca de plantas que se sabe prosperaban sólo en temperaturas de alrededor de 20º centígrados.

Calentamiento global prehistórico

Según la investigación, publicada en la revista de la Real Sociedad Proceedings B, el período Eoceno, ocurrido hace 56-34 milliones años, fue interrumpido por períodos en que la temperatura de la Tierra se elevó a más de lo que es hoy, probablemente a causa de la liberación a la atmósfera de gases de efecto invernadero como el metano.

Y los investigadores creen que las hormigas gigantes tuvieron que trasladarse de Europa a América del Norte - o viceversa - durante uno de estos períodos "hipertérmicos".

"Hubo un montón de transferencia de organismos vivos entre Europa y América del Norte en esa época, los mamíferos, los árboles, todo tipo de cosas", dijo el doctor Archibald.

"Y se han encontrado muchos insectos que son similares entre la Columbia Británica y Dinamarca, pero que podía haber vivido en un clima más frío y haber cruzado en cualquier momento".

Período Eoceno

Durante el Eoceno los continentes ocupaban distintas posiciones a las que tienen hoy.

"Este es el primer ejemplar que tenemos de un animal que hubiera necesitado el calor con el fin de hacer la travesía", agrega el investigador.

Los puentes de tierra a través del Ártico experimentaron un clima templado durante la mayor parte del Eoceno, aumentando durante períodod hipertérmicos.

Durante el curso de la investigación, el equipo trabajó en la ubicación de todas las especies de hormigas, extintas o contemporáneas, que crecen más de 3 centímetros.

Ellos encontraron que casi todas están asociadas con temperaturas tropicales, aunque el por qué sigue siendo un misterio.

El mayor equivalente a este fósil gigante son las hormigas guerreras del género Dorylus, que se encuentran en África central y oriental, que también puede crecer hasta 5 centímetros de largo.

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BBC Ciencia

Historias relacionadas

Nueva nave de Virgin para turismo espacial

La nave 'SpaceShipTwo' durante la maniobra de reentrada. | Virgin

La nave 'SpaceShipTwo' durante la maniobra de reentrada. | Virgin

La nave 'SpaceShipTwo' ha realizado con éxito su primer vuelo de prueba con simulación de reentrada en la atmósfera. La aeronave ha utilizado por primera vez su singular configuración que consiste en la capacidad de rotar la sección de cola de la nave unos 65 grados hacia arriba, con lo que se consigue un importante efecto de frenado al entrar a toda velocidad en la atmósfera terrestre.

Este vuelo de prueba que tuvo lugar el miércoles 4 de mayo sobre el desierto de Mojave marca otro hito en el proyecto de Virgin Galactic, que será la primera compañía en llevar turistas al espacio. La SpaceShipTwo ha llevado a cabo un total de tres vuelos de prueba en los últimos 12 días, todos ellos finalizados con éxito.

Durante el vuelo de prueba del miércoles, la nave nodriza transportó la 'SpaceShipTwo' hasta una altitud de 15.000 metros. A esa altura las naves se desacoplaron y la 'SpaceShipTwo' giró sus alas de cola hacia arriba 65 grados y descendió casi verticalmente a través del cielo, siendo frenada por el arrastre de la cola doblada, de una manera similar a como las plumas frenan una pelota de bádminton. Esta reconfiguración única será una parte fundamental en el descenso de la nave espacial.

Planeando como un avión

Al pasar los 10.000 metros, los pilotos volvieron a la configuración normal de la nave que aterrizó planeando como un avión. La demostración desde que fue lanzada de la nave nodriza hasta el aterrizaje duró unos 11 minutos, incluidos 75 segundos de descenso vertical en modo de "pluma".

Para George Whitesides, consejero delegado de Virgin Galactic, "este vuelo demuestra que el mecanismo de reentrada de la nave 'SpaceShipTwo' que es la innovación más importante en lo que al sistema de seguridad de vuelo se refiere, funciona a la perfección. Este hecho supone otro hito para nuestra compañía y nos acerca aún más hacia el inicio de los vuelos comerciales con turistas espaciales".

Pete Siebold, uno de los dos pilotos de la SpaceShipTwo, declaró: "el vuelo de esta mañana ha sido el sueño de cualquier piloto de pruebas. Es una gozada pilotar esta nave y el descenso en la configuración de reentrada añadió una maravillosa y singular dinámica a todo el vuelo".

Para superar el problema del calor en la reentrada

El singular reingreso de la SpaceShipTwo, ideado por el ingeniero de Scaled Composites Burt Rutan, ha sido considerado por expertos aeroespaciales como una forma de superar el problema del calor abrasador que otros tipos de naves espaciales enfrentan cuando se sumergen de nuevo en la atmósfera terrestre a gran velocidad durante la fase denominada de reentrada.

Virgin Galactic va a convertirse en la primera aerolínea espacial comercial del mundo con 370 clientes que han reservado ya su vuelo suborbital al espacio y un total de 50 millones de dólares en depósitos. El precio del viaje es de 200.000 dólares.

BRU & BRU Exclusive Travel Designer, la única agencia acreditada en España y Andorra para comercializar los vuelos de Virgin Galactic, es líder en ventas en Europa con un total de 12 reservas formalizadas en España. La directora de la agencia Ana Bru, será además la primera mujer española que volará al espacio con Virgin Galactic y ya ha realizado los primeros entrenamientos en el centro espacial NASTAR de Filadelfia.

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El Mundo Ciencia

El impacto (negativo) de los montañistas en la vegetación

Según el estudio, los escaladores ponen en peligro pequeñas plantas que habitan en los acantilados.

Los escaladores de montañas están teniendo un impacto negativo en las plantas que crecen en los acantilados, aseguran un grupo de ecologistas.

En áreas donde existe una intensa actividad de montañismo, se deben poner en práctica planes de conservación de modo que algunos acantilados estén protegidos de escaladores, afirma la investigación publicada en la Revista de Ecología Aplicada del Reino Unido.

Las sierras de Jura de Suabia y Jura Francón son pequeñas cadenas montañosas en el este de Alemania y dos de las más importantes zonas de escalada del país.

Pero también estas sierras son el último reducto europeo de la Draba azoides (conocida popularmente como draba o hierba panadiza), una rara y pequeña planta de flores amarillas o blancas que crece en los acantilados de piedra caliza, donde forma rosetas como amortiguador.

Para saber cómo la escalada en la zona estaba afectando a la planta, los investigadores Frank Vogler y Reisch Christoph de la Universidad de Ratisbona, Alemania, compararon el número y la distribución de la draba en ocho acantilados que se han sido muy visitados durante los últimos 50 años, y en otros ocho acantilados "vírgenes", de similar tamaño y aspecto.

Los investigadores también evaluaron el ADN de las plantas para saber si los escaladores habían afectado a su variación genética.

Cambios genéticos

Instrumentos de escalar

Los instrumentos de escalada podrían erosionar los acantilados.

Según la Sociedad Ecológica Británica, los investigadores encontraron que en los acantilados con activa presencia de escaladores, las plantas eran más pequeñas y menos numerosas en la pared del acantilado pero más frecuentes en el pedregal, que son los fragmentos de roca quebrada en la base.

"La escalada afecta negativamente a estas plantas de manera directa. La erosión por el uso de cuerdas de escalada, repisas, así como tomas de pies y manos, obviamente lleva a una disminución en la abundancia de la especie", afirma el doctor Reisch.

Las pruebas genéticas también mostraron las huellas de los escaladores.

En los acantilados que han sido escalados existen mayores diferencias genéticas entre las plantas que viven a diferentes alturas que en los acantilados vírgenes, lo que significa que los escaladores no solo desplazan las plantas, sino que también se están moviendo sus genes por la roca.

Estos cambios genéticos podrían, a largo plazo, afectar la aptitud de las plantas para sobrevivir en un entorno al que se han ido adaptando por miles de años, asegura el estudio.

Montañistas ambientalistas

Básicamente este estudio propone que, para proteger la vegetación autóctona de los acantilados, algunos deben quedar fuera del alcance de los montañistas.

En países como el Reino Unido ya se toman medidas para minimizar el impacto de los escaladores sobre áreas protegidas.

El Consejo Británico de Montañismo (BMC, por sus siglas en inglés) explicó a BBC Mundo que ellos se aseguran de que sus miembros no ocasionen un impacto perjudicial en las áreas de escalada.

"Hay restricciones, como por ejemplo en áreas donde la vegetación es sensible a la escalada o en ciertas zonas donde anidan aves migratorias, entonces el acceso puede quedar prohibido", aseguró a BBC Mundo Tina Gardner, vocera de la organización.

"Además, los escaladores suelen ser muy conscientes de los problemas y bien informados sobre lo que pueden hacer para minimizar su impacto. De hecho muchos escaladores son expertos en conservación y vida silvestre", agregó la organización británica.

Debido a su inaccesibilidad, los acantilados se encuentran entre los pocos ecosistemas relativamente poco afectados por los seres humanos durante los últimos siglos.

Albergan una multitud de especies de plantas raras y en peligro de extinción y hacen una contribución importante a la biodiversidad regional.

Fuente:

BBC Ciencia

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