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6 de abril de 2011

Blanquear las nubes podría empeorar el cambio climático

El blanqueamiento de nubes es parte de las estrategias conocidas como "geoingeniería".

La novedosa técnica de blanquear las nubes rociándolas con agua de mar, que hasta ahora era vista como una posible "solución técnica" para el cambio climático, podría traer más daños que beneficios, de acuerdo con una nueva investigación.

Las nubes más blancas reflejan más energía solar que rebota hacia el espacio, enfriando la Tierra.

También llamadas "nubes de sal", el procedimiento se logra rociando las nubes con sal marina para volverlas más reflectivas.

Pero un estudio presentado esta semana durante la reunión de Geociencias de la Unión Europea, explica que el uso de gotas de agua del tamaño incorrecto daría lugar al calentamiento, no al enfriamiento del planeta.

Uno de los padres de esta teoría científica dijo que habría que cerciorarse de que las gotas fueran del tamaño correcto.

La técnica del blanqueamiento de nubes fue propuesta originalmente en 1990 por John Latham, que ahora trabaja para la Corporación Universitaria para la Investigación Atmosférica, en Boulder, Estados Unidos.

Cómo funciona

Blanquear las nubes

Nubes blancas
  • Se ha calculado que un aumento modesto en la reflectividad de las nubes marinas, podría equilibrar el calentamiento producido por una duplicación del dióxido de carbono en la atmósfera
  • Las mejores zonas para el blanqueamiento de nubes serían justo al oeste de Norte y Sur América, y al oeste de África

Desde entonces, la teoría ha sido desarrollada por un número de otros investigadores, uniéndose a una serie de técnicas de geoingeniería que intentan reducir la radiación solar que llega a la tierra, así como absorber el dióxido de carbono del aire.

clic Lea también: ¿Nubes de sal o espejos en la Luna?

Una versión de estas técnicas prevé diseñar buques que sean movidos por el viento, capaces de operar en zonas del océano donde sean escasas las nubes estratocúmulos.

Estos barcos se encargarían de lanzar continuamente chorros de finas gotas de agua de mar al cielo, donde los pequeños cristales de sal actuarían como núcleos en torno a los cuales el vapor de agua se condensa, produciendo nubes o engrosando las ya existentes.

Esta técnica de crear nubes no ha sido probado en la práctica, aunque los autores sugieren que debería hacerse.

Oeste de América Latina

Pero Kari Alterskjaer, de la Universidad de Oslo en Noruega, presentó una advertencia a esta supuesta teoría revolucionaria.

gotas de lluvia

Las perspectivas de la técnica dependen de cómo afecta el tamaño de la gota a la reflectividad.

Su estudio, hecho mediante observaciones a las nubes y un modelo informático del clima mundial, confirma resultados anteriores que proponen que, de hacerse el blanqueamiento de nubes, las mejores zonas serían justo al oeste de Norte y Sur América, y al oeste de África.

Pero la investigadora noruega también concluyó que debería "inyectarse a las nubes" alrededor de 70 veces más sal que lo calculado previamente.

Y usar las gotas del tamaño incorrecto, demostró la investigación, podría reducir la cobertura de nubes en lugar de propiciarla, lo que lleva a un calentamiento neto, no al enfriamiento deseado.

"Si las partículas son muy pequeñas, no blanquearán las nubes, sino que influirán en las partículas que ya están allí, y se desatará una competencia entre ellas", dijo la científica a la BBC.

"Obviamente, el tamaño de las partículas es de importancia crucial, no sólo para conseguir un efecto positivo o negativo, sino para que las partículas logren en realidad alcanzar las nubes, ya que si son demasiado grandes, acabarán cayendo al mar", asegura Alterskjaer.

¿Solución real?

En una época en que muchos científicos están frustrados por el lento progreso en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, el blanqueamiento de nubes ha sido puesto como ejemplo de una nueva tecnología que podría lograr una verdadera diferencia, para al menos "ganar tiempo".

Se ha calculado que un aumento relativamente modesto en la reflectividad de las nubes marinas, podría equilibrar el calentamiento producido por una duplicación del dióxido de carbono en la atmósfera.

Sin embargo, incluso los defensores de esta tecnología admiten que no haría nada para luchar contra la otra consecuencia importante de las emisiones de carbono: la acidificación de los océanos.

El científico Piers Forster, de la Universidad británica de Leeds, que lidera un proyecto importante de Reino Unido sobre técnicas de geoingeniería, sugiere que se necesita más investigación antes de poder aplicar el blanqueamiento de nubes.

"El problema es que las nubes son muy complicadas, tan pronto como comiencen a ser manipuladas, ocurrirán una gran cantidad de interacciones diferentes", advirtió.

Además, el especialista sugirió que se debe construir una nave prototipo del inyector de partículas a las nubes, para ver cómo funciona en la práctica.

Fuente:

BBC Ciencia

La religión de Albert Einstein

Pero en Conocer Ciencia nos quedamos con ésta frase: "Si hay algo en mí que pueda llamarse religioso es la ilimitada admiración por la estructura del mundo, hasta donde nuestra ciencia puede revelarla."




El argumento de autoridad es aquel que emplea a algún personaje ilustre de nuestra historia para dar peso a un argumento. De esta forma, en determinados círculos cristianos se crea la figura del Einstein creyente en un dios personal para concluir diciendo:”¿cómo eres escéptico si hasta alguien tan inteligente como Einstein era creyente?”. Estamos más que acostumbrados a las estrategias de los creacionistas y fundamentalistas religiosos cuando hacen proselitismo religioso, en las que cualquier argucia es válida para ganar nuevas “almas” a su causa.

En este caso (como en muchos otros) están equivocados. Einstein no creía en un dios personal sino que tenia una idea muy particular del sentimiento religioso, que podría aproximarlo a lo que se conoce como panteísmo, en el que la propia Naturaleza sería objeto de devoción. Para darse cuenta de ello sólo hay que repasar los escritos que este genio de la física dejó:

1. No intento imaginar un Dios personal: es suficiente sentir un gran respeto hacia la estructura del mundo, es tanto que permite que nuestros inadecuados sentidos lo aprecien

2. Por supuesto que es mentira todo lo que ustedes han leído acerca de mis convicciones religiosas, una mentira que se repite sistemáticamente. No creo en un Dios personal y no lo he negado nunca, sino que lo he expresado muy claramente. Si hay algo en mí que pueda llamarse religioso es la ilimitada admiración por la estructura del mundo, hasta donde nuestra ciencia puede reverlarla.

3. Soy un no-creyente profundamente religioso. De alguna forma, esta es una nueva clase de religión. (…) Nunca he atribuido a la Naturaleza ningún propósito u objetivo, ni nada que pueda entenderse como antropomórfico. Lo que yo percibo en la Naturaleza es una estructura magnífica que solo podemos comprender muy imperfectamente, y eso debe llenar cualquier ser pensante de un sentimiento de humildad. Este es un sentimiento genuinamente religioso que nada tiene que ver con el misticismo.

Prueba de que los contemporáneos a Einstein comprendieron que éste no era creyente fueron las misivas que recibió criticando, abroncando o directamente insultando sus manifestaciones públicas. Quizás la más agresiva, y que da idea de lo difícil que es ser un no-creyente en EEUU, procedió del fundador de la Asociación del Tabernáculo del Calvario de Oklahoma, que le espetó:

Profesor Einstein, creo que cualquier cristiano de América le responderá “no rechazamos nuestras creencias en nuestro Dios y en su hijo Jesucristo, pero le invitamos, si usted no cree en el Dios de las personas de esta nación, a que regrese al lugar de donde vino”. Yo he hecho todo lo que estaba en mi mano para ser una bendición para Israel, pero llega usted y con una frase de su blasfema lengua hace más daño a la causa de su pueblo que todos los esfuerzos cristianos que aman a Israel pueden hacer para erradicar el antisemitismo de nuestra tierra. Profesor Einstein, cada cristiano de América le responderá inmediatamente: “Tome su loca y falaz teoría de la evolución y vuelva a Alemania, de donde usted procede, o deje de intentar quebrar la fe de un pueblo que le dio la bienvenida cuando usted se vio obligado a abandonar su país natal

Además del odio y de la no comprensión de lo que significa la libertad de conciencia, que en teoría debería regir un país libre y democrático, que destila esta carta, se puede observar la absoluta incultura de este señor al postular a Einstein como el generador de “la loca y falaz de la evolución”. Su odio ciega su comprensión. En fin….

En cualquier caso, y como apunte final sólo añadir que realmente existen muchos científicos que creen o han creído en un dios personal, pero Einstein no fue uno de ellos.

Algunos de los textos de este post han sido tomado de la obra “El espejismo de Dios” de Richard Dawkins, Ed. Cátedra

Fuente:

La Ciencia y sus Demonios

¿Tu letra indica algo de tu personalidad?


Lea primero esto:

En Conocer Ciencia estamos convencidos de que la grafología NO es una ciencia.

La grafología es una técnica proyectiva y descriptiva que pretende analizar la escritura con el fin de identificar o describir la personalidad de un individuo e intentar determinar características generales del carácter, acerca de su equilibrio mental (e incluso fisiológico), la naturaleza de sus emociones, su tipo de inteligencia y aptitudes profesionales y, según algunos grafólogos, serviría para diagnosticar el grado de salud o enfermedad física y mental.

Aunque sus defensores se apoyan evidencias anecdóticas, la mayoría de los estudios empíricos realizados no han sido capaces de confirmar la validez de sus afirmaciones. Por ello es generalmente considerada una pseudociencia (ver el apartado "juicio de la grafología").

No debe confundirse grafología con la caligrafía forense o, más apropiadamente, peritaje caligráfico, una disciplina utilizada en criminología con el propósito de comparar escritos y determinar, por ejemplo, si un documento fue firmado por la persona que se supone que lo hizo, de utilidad además de en criminología en derecho, como por ejemplo en los testamentos hológrafos o notas de suicidio. Entre las técnicas que utiliza están el análisis de tinta, papel o tipo de máquina de escribir. La caligrafía forense está aceptada judicialmente, con fines periciales de identificación de individuos.

Ahora, si los invito a leer el post de Papel en Blanco...


Cada uno de nosotros poseemos un cierto deje en nuestra forma de escribir, máxime en tiempos en que los ejercicios de caligrafía están arrumbados en el desván de las cosas que huelen a naftalina. Los hay que escriben diminuto, otros con grandes letras. También los hay que escriben como si dibujaran montañas redondeadas o jorobas de camello. Otros parece que imitan las volutas caligráficas de la gótica alemana.

Pero ¿la forma de nuestras letras manuscritos guarda alguna relación con la forma de nuestro cerebro y, en consecuencia, de cómo pensamos?

Algunos de los grandes pensadores de la historia han tratado de descifrar las complejidades de la personalidad humana mediante factores externos evidentes. Por ejemplo, Freud creía que se podía categorizar a las personas según el orificio corporal que les procuraba mayor placer. Francis Galton se fijaban en los bultos del cráneo, como quien estudia la orografía del terreno para comprender la personalidad de sus habitantes. Jung estaba convencido de que la personalidad la determinaba la posición de las estrellas en el momento del nacimiento.

Y de un tiempo a esta parte, junto con los polígrafos que dicen detectar si mentimos o decimos la verdad, ha aparecido un ejército de grafólogos que aseguran poder correlacionar el tipo de letra que tenemos y otros garabatos con algunos rasgos generales de nuestra personalidad, incluso nuestra inteligencia, nuestra salud e incluso nuestros instintos criminales.

Los grafólogos examinan lazos, las “i punteadas”, las “t cruzadas”, el espaciamiento de las letras, inclinaciones, alturas, movimientos de cierre, etc., pues creen que tales minucias de la escritura son manifestaciones físicas de funciones mentales inconscientes.

Muchos departamentos de personal se toman en serio estas afirmaciones: entre el 5 % y el 10 % de las empresas del Reino Unido y Estados Unidos usan de manera habitual la grafología para eliminar candidatos en sus procesos de contratación. (Me pregunto si luego les preguntan la fecha de nacimiento para confeccionarles la carta astral).

Los estudios sobre la utilidad de la grafología no son muy halagüeños. Por ejemplo, el investigador Geoffrey Dean recopiló 16 artículos académicos que estudiaban la grafología en el trabajo.

Comparó las predicciones de los grafólogos sobre el rendimiento de los empleados con las puntuaciones de los supervisores de dichos empleados durante el periodo de formación. Los resultados revelaron que había poca relación entre las predicciones de los grafólogos y el éxito laboral. De hecho, los grafólogos eran tan precisos como un grupo de control de profanos que no tenía ninguna experiencia en grafología.

Pero ¿y fuera del ámbito laboral? ¿Podría decirse, por ejemplo, que yo soy tímido porque mi letra es muy pequeña, casi minúscula? Dean comparó los intentos de los grafólogos para determinar el carácter de una persona con las puntuaciones de esa persona en tests de personalidad con validez científica. Tras revisar 53 artículos, la conclusión fue demoledora:

No sólo era escasa la precisión de los grafólogos, sino que obtenían la misma puntuación que los grupos de control con personas sin formación ni conocimientos para la evaluación de la personalidad a través de la escritura.

Esto me recuerda a aquella anécdota en la que se analizó el grado de aciertos de un adivino (del que omitiré el nombre, si bien es muy popular en España): una persona normal era capaz de alcanzar un grado de aciertos sobre el futuro mayor que el propio adivino.

El 'anumerismo' también es incultura

Saber pocas matemáticas nos convierte en ciudadanos más manipulables - El desconocimiento de los números carece del reproche social que provocan otras ignorancias.

Comprar un décimo a Doña Manolita "porque ahí cae mucho" sin tener en cuenta la enorme cantidad de números que despacha esa administración de lotería. Traducir del inglés la palabra billion por "billón" sin considerar que en español ese término designa una cifra mil veces mayor. Asumir sin el menor sentido crítico el titular "ocho autonomías, por debajo de la media en gasto sanitario", sin preguntarnos qué tendrá de extraordinario la noticia. O en Perú podríamos decir hoy si me saco la Tinka sin teber en cuenta el menor análisis de las probabilidades, y leemos que la economía subió un 10% y la cifra nos deja indiferente, o no entendemos cuando nos dicen que el 23% de varones que viven en ciudades tienen una mala calidad de esperma, o el presupuesto a Educación aumentará en 290 000 soles en el 2011...

Perú vive una situación de emergencia educativa en el área de enseñanza y aprendizaje de las matemáticas. ¿Y qué se hace para revertir esto? Nada, excepto concursos y olimpiadas, y más concursos y olimpiadas de matemáticas...


Estos tres ejemplos son síntomas de anumerismo, la incapacidad en diversos grados para desenvolvernos en el universo de las cifras. La palabra la popularizó hace 23 años el matemático estadounidense John Allen Paulos en El hombre anumérico (Tusquets), un ensayo que ya es un clásico. Y aunque el término no ha entrado en el diccionario, describe una realidad vigente, un tipo de ignorancia que puede afectar a personas cultísimas en otras ramas del saber. Su precio, según Paulos, es alto. "Usted puede elegir entre tener o no ciertas nociones numéricas pero si no las tiene será más manipulable". Y más proclive a dejarse engañar por charlatanes y pseudocientíficos.

Emilio Lledó, profesor de Historia de la Filosofía y académico, reivindica también las matemáticas como una luz para alumbrar un mundo de manipulación informativa. "Esta ciencia es una lucha constante con la verdad porque en ella, en su exactitud, no caben las ideas mentirosas". Lledó recuerda su etimología: del griego máthema, aprender. Y no solo aprender, sino experimentar. Y no solo experimentar, sino deducir. Y no solo deducir, sino demostrar. Y no solo demostrar, sino estar en contacto con lo verdadero. "Y todo esto", lamenta, "no puede estar muy de moda en un universo que tiende a la falsedad".

A la lucha contra los efectos perniciosos del anumerismo dedica la Real Sociedad Española de Matemáticas su centenario en este 2011. Un combate difícil porque, según su portavoz, Adolfo Quirós, profesor de la Universidad Autónoma, este tipo de analfabetismo no tiene el reproche social de otras carencias. En una reciente entrevista en este diario, Quirós razonaba: "En un restaurante a nadie le preocupa decir 'haz la cuenta'; pero nos cortaría mucho pedir que nos leyeran el menú". "Ahora hay máquinas que lo hacen todo, pero tenemos que saber cuándo nos sale un disparate con una calculadora". Su organización pretende convencer a la gente de que esas cifras que le aterran representan cuestiones de la vida diaria y desentrañarlas ayuda a comprender la realidad.

Quirós propone un ejemplo de cómo saber de números nos vuelve ciudadanos mejor informados: al presentar la decisión de reducir la velocidad en carretera a 110 kilómetros por hora, el Gobierno aseguró, en un primer momento, que se pretendía ahorrar "el 15% en la gasolina y el 11% en gasóleo". Si no hacemos un mínimo esfuerzo intelectual asumiremos las cifras sin más. Una reflexión rápida demuestra que el dato no se sostiene: muchos vehículos no alcanzan los 120 km por hora. Y otros se mueven solo o preferentemente por ciudad. El resultado es que el ahorro real se acerca más al 3% del total de combustible, 90 millones de litros al mes, la cifra que dio más tarde el Ejecutivo. Una cantidad notable, pero muy por debajo de la primera. Situar la cuestión en términos cabales nos permite dar fundamento a nuestras opiniones y tomar decisiones más responsables.

Una buena parte de las confusiones provienen de nuestra dificultad para manejar cifras muy grandes, por ejemplo, el número de asistentes a una manifestación. Antes de que iniciativas como las del Manifestómetro pusieran coto a la hiperinflación de asistentes, 300.000 personas parecían pocas para algunas concentraciones. Ahora sabemos que alcanzar esa cifra tiene mucho mérito. "Hagamos la prueba", dice Quirós, "de visualizar ese número". Por ejemplo, esas 300.000 personas ocuparían, a 60 por autobús, unos 5.000 autobuses. Y a 12 metros por vehículo, pegados el uno junto al otro, formarían una hilera de 60 kilómetros que llegaría de Madrid hasta Guadalajara. Y ahora ¿es pequeña una manifestación con 300.000 participantes?

Para Raúl Ibáñez, profesor de la Universidad del País Vasco, esa dificultad para abarcar mentalmente las grandes cifras constituye un primer grado del anumerismo que padecemos todos en mayor o menor medida. En un segundo escalón sitúa a las personas que, teniendo unos conocimientos básicos de matemáticas, se bloquean cuando se enfrentan a una fórmula. Por último, están los que no tienen las más mínimas nociones numéricas, equivalentes en otro plano a los que no saben leer.

¿Los medios de comunicación andan un poco mejor de matemáticas o contribuyen a amplificar los disparates? Josu Mezo, profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, lleva siete años comentando en su blog Malaprensa los errores -numéricos pero también de concepto o de sentido común- que cometemos los periodistas. Cree que muchos errores recurrentes ya no se repiten, aunque otros están enquistados. "Hace poco volví a ver ese titular de 'las comunidades con mayor número de denuncias -en términos absolutos- son Madrid, Cataluña y Andalucía"... "Pues claro", ironiza, "son las más pobladas, la noticia sería que fuera La Rioja".

Para Mezo la cuestión no es tanto de falta de habilidades, como de no estar alerta. Muchos periodistas, dice, "no tienen activado el nopuedeserómetro". "Saben hacer un porcentaje o una regla de tres, pero no tienen la rutina de pensar si algo tiene lógica, de compararlo con otros datos que conocen para saber si es un disparate". No cree que los profesionales de los medios estén mal formados, pero sí que muchos tienen una vocación literaria o quieren intervenir sobre el mundo. "No se dan cuenta de que su reto se parece más al de un científico que al de un escritor: deben entender y contar la realidad". Y le asombra que los planes de estudio no incluyan materias específicas para aprender a indagar.

Ibáñez coincide en no vendría mal a los periodistas una formación extra en matemáticas. Y alerta de un error frecuente en las informaciones: muchas noticias dan datos desnudos que no significan nada si no se comparan con otros. Pone como ejemplo un titular reciente: "El 87% de los conductores involucrados en atropellos son hombres". Y se pregunta: "¿Sabe el periodista qué porcentaje de conductores son de sexo masculino? Porque sin ese dato, la noticia no dice nada".

¿Se enseñan mal las matemáticas en España? El informe PISA, de 2009, sitúa a nuestros alumnos 11 puntos por debajo de la media de la OCDE (485 frente a 496), pero en niveles similares a los de compresión lectora o ciencia.

Los profesores de matemáticas, como los del resto de asignaturas se quejan de falta de tiempo y de la masificación de las aulas. Pero apuntan otros problemas específicos. Mercedes Sánchez, profesora asociada a la Universidad Complutense, señala que los chicos desarrollan la inteligencia abstracta a edades distintas y ahí se abre una brecha enorme que solo una enseñanza más personalizada podría cerrar porque "un niño en la masa se pierde". María Gaspar, presidenta de la Olimpiada Matemática Internacional que se celebró en Madrid en 2008, coincide en que la falta de tiempo es uno de los problemas: "Esta materia es muy constructiva, hay que subir los escalones uno a uno para quemar etapas". Añade otra dificultad: "Las matemáticas requieren trabajo constante, un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a hacer". Y recuerda que la asignatura ha estado marcada por un cierto estigma: "Antes, el que destacaba era un bicho raro, ahora, los compañeros reconocen su valía".

En este punto del debate, Lledó recuerda un chiste "estupendo" de El Roto: "Las carreras con más futuro son las de caballos, dejo la Universidad y me paso al hipódromo". Esta reflexión toca un problema fundamental, según Lledó: "Se está enseñando a los chicos solo a ganarse la vida, que es la manera más triste de perderla". "Hacen falta", reflexiona, "profesores que entusiasmen y eso se pierde en una Universidad absolutamente pragmatizada, mera transmisora de mecanismos vacíos para resolver problemas. Y al final no se profundiza en ese otro asunto, el del cosmos extraordinario del universo abstracto que los seres humanos han sabido crear durante miles de años". Un conocimiento con beneficios, además, para el estudio de otras materias. Porque las matemáticas son "una buena medicina para la fluidez del pensamiento, un mundo de universos ideales que ayuda a la construcción de cualquier realidad".

¿Por qué se acepta con tanta indulgencia la frase "soy de letras" para excusar la falta de nociones muy básicas? "Nadie debería enorgullecerse", opina el filósofo Fernando Savater, "quizá es así porque es más fácil que en una tertulia salga un tema de cualquier otra materia". Savater reconoce que las matemáticas no son lo suyo pero admite que "mal se pueden entender determinados campos del conocimiento sin saber nada de números".

En su terreno, la filosofía, ha habido grandes matemáticos, como Platón -cuya academia estaba presidida por el cartel "nadie entre aquí que no sepa geometría"-, Descartes, Russell... pero también pensadores alejados de los números, como Nietzsche. "Si uno quiere dedicarse a la filosofía de la Ciencia, son imprescindibles; no tanto si se va a centrar en la metafísica". En su caso, sí le hubiera gustado saber más de matemáticas. "Estoy avergonzado, cuando mi hijo empezó el bachillerato le empujé a hacer el que combina letras y ciencias, para que no fuera como yo", dice Savater. Pero se resigna: "Es una carencia, pero uno tiene tantas...".

Recapitulamos. Las matemáticas tienen una aplicación práctica en otras ramas del saber. Ayudan a entender el mundo en el que vivimos, a tomar mejores decisiones, a ser ciudadanos más responsables y a vacunarnos contra la manipulación. Pero también pueden proporcionar alegría. Bertrand Russell decía en su ensayo La conquista de la felicidad que si no se había suicidado en su adolescencia fue porque quería saber más de matemáticas. Sin tanto dramatismo pero con el mismo entusiasmo, Lledó se emociona hablando de un mundo que no es estrictamente el suyo. "Tengo un hijo matemático y me doy cuenta de lo que goza con lo que descubre. Intenté leer su tesis doctoral, no entendía mucho pero sí me daba cuenta de que hablaba de un universo maravilloso". ¿Por qué esa fascinación por una realidad que ni siquiera podemos ver? "Tal vez porque somos fórmulas perfectas en un universo hilado en deducciones, análisis, intuiciones...", concluye Lledó.

Cuando los números contradicen a la intuición

El profesor Raúl Ibáñez, profesor de la Universidad del País Vasco y Premio J. M. Saviron de divulgación científica 2010, propone cuatro ejemplos de la vida cotidiana, algunos ya comentados por John Allen Paulos, que demuestran que saber un poco de matemáticas impide que nos dejemos engañar por las falsas apariencias.

- Coincidencia de cumpleaños. En ocasiones nos sorprendemos por "coincidencias" que no son extraordinarias. Por ejemplo. En una comida con 25 personas dos cumplen años el mismo día. La probabilidad de que eso suceda puede parecernos bastante baja, ya que hay 366 fechas posibles. Pero no lo es. A partir de 23 personas ya hay un 50% de probabilidades de que dos compartan día de nacimiento. Con 30 personas supera el 70%. Y en una reunión de 70 pueden apostar lo que quieran con garantías de ganar: supera el 99%.

- Saber y ganar. El concursante de un programa de televisión se enfrenta a la prueba final, en la que hay tres puertas. Detrás de una de ellas hay un coche, y tras las otras dos, nada. Elige una y el presentador ordena abrir alguna de las otras dos, siempre una sin premio. Entonces, tienta al concursante: "¿Desea cambiar de puerta?". La intuición nos dice que da igual, que tendremos un 50% de probabilidades de acertar. Pero no es así. Si nos quedamos en la misma solo tendremos una probabilidad de 1/3 (33%) de conseguir el premio, igual que al principio. Pero si cambiamos, la probabilidad de obtener el coche será de 2/3: seremos ganadores siempre que nuestra primera opción no fuera la correcta. Y partíamos con un 66% de probabilidades de equivocarnos.

- Diagnóstico terrible. Nos hacen una prueba para averiguar si padecemos una grave enfermedad que afecta a una de cada 200 personas. El análisis tiene el 98% de fiabilidad, esto es, falla el 2% de las veces. Damos positivo. ¿Debemos asustarnos? Sí, pero no en exceso. La probabilidad de que padezcamos el mal es del 20%. De cada 10.000 personas, unas 50 tendrán la enfermedad. De ellas, 49 obtendrán un resultado positivo en la prueba y una dará negativo (por el margen de error). En cuanto a la población sana (9.950 personas), 9.751 darán negativo y 199 positivo. Luego la mayoría de las personas diagnosticadas del mal en ese análisis (199 de 248) serán en realidad falsos positivos (80%).

- ¿Es tan improbable? 30 personas van a una fiesta y dejan su sombrero en un perchero. A la salida, cada una toma uno sin fijarse bien si es el suyo. ¿Qué probabilidad hay de que ninguna acierte? La intuición nos señala que es muy difícil que suceda, pero no lo es tanto. La probabilidad de que ninguno de los asistentes se lleve su sombrero es de alrededor del 37%. Aproximadamente la misma, por cierto, que la de que acierte solo uno.

Fuente:

El País (España)

Conoce tus elementos: El Titanio

Como sabéis en la longeva serie Conoce tus elementos recorremos la tabla periódica, con paso lento pero seguro, fijándonos en un elemento químico cada vez; tratamos en cada artículo de dar una idea general sobre las propiedades, origen, historia y aplicaciones del elemento, siempre de la forma más amena posible. En el último artículo de la serie estudiamos el elemento de número atómico 21, es decir, el escandio, en un artículo no demasiado brillante ni extenso, en parte dadas las características de ese metal. Hoy nos dedicaremos a un elemento mucho más conocido, un metal abundante, interesante y mágico: el titanio.

Naturalmente, puesto que el escandio era el elemento de veintiún protones y seguimos precisamente ese orden al recorrer la tabla periódica, el titanio es el elemento de veintidós protones y, cuando no está ionizado, veintidós electrones. Aunque puede conseguir ser estable de distintas maneras, en la mayoría de las ocasiones alcanza la estabilidad librándose de tres o –más frecuentemente– cuatro electrones. Se trata, como en el caso del escandio, de un metal de transición, de la “zona media” de la tabla, entre los elementos muy metálicos y los que no lo son.

Al contrario que el escandio, sin embargo, el titanio es muy abundante en la Tierra. Como siempre, te pido paciencia, pero como verás en un momento, no sólo está dentro de ti, sino que probablemente lo has tenido en la boca esta mañana, aunque luego lo hayas escupido, y seguramente te embadurnas con él en verano. El titanio está por todas partes, aunque a veces no sea fácil reconocerlo.

No en vano es el noveno elemento más abundante en la corteza terrestre: supone alrededor del 0,63% de su masa, es decir, una auténtica barbaridad. Sin embargo, al contrario que otros metales menos comunes que él, no se encuentra en la naturaleza en forma pura, sino como parte de muchas rocas, en distintas proporciones. De ahí que, a pesar de estar caminando sobre él todo el tiempo, no fuera un metal conocido por la humanidad hasta hace relativamente poco. Y es una lástima porque, como digo, es un metal mágico, casi divino.

Por suerte para nosotros y desgracia para él, el primero en encontrarlo no recibió el reconocimiento debido hasta demasiado tarde, o no llamaríamos a este bello metal titanio. Este desafortunado descubridor fue el clérigo inglés William Gregor, que además de sacerdote era mineralogista aficionado. Cuando Gregor fue destinado a la rectoría de Creed, en Cornwall, se dedicó a catalogar y estudiar distintas rocas de la zona, analizando sus propiedades físicas y químicas con gran minuciosidad.

Ilmenita

Ilmenita, FeTiO3 (Sebastian Socha, Creative Commons Attribution Sharealike 3.0 License).

Gregor calcinó, descompuso e hizo reaccionar casi cualquier mineral que caía en sus manos, y uno de ellos era particularmente interesante; se trataba de la ilmenita, que llegó a Gregor en forma de arena negruzca en un arroyo del valle de Manaccan en 1791. En ella, Gregor detectó óxido de hierro, algo nada sorprendente… y, al calcinarla, un residuo extraño: un polvo de una blancura deslumbrante, que el científico identificó correctamente como un óxido de algún metal, pero se vio completamente incapaz de identificar de qué metal se trataba, ya que no coincidía con las propiedades de ningún óxido metálico conocido (luego verás una foto de ese blanquísimo óxido).

Inmediatamente, el inglés se percató de la posible importancia de su descubrimiento y se lo comunicó a la Real Sociedad Geológica de Cornwall. Sin embargo, no sé bien por qué, el descubrimiento no tuvo demasiada repercusión… afortunadamente, creo yo, ya que Gregor había llamado al posible nuevo elemento manaccanita que, no me negarás, es bastante menos chulo que titanio.

Rutilo

Agujas de rutilo dentro de un cristal de cuarzo (imagen de dominio público).

Martin Heinrich Klaproth

El nombre fetén se lo debemos al químico alemán Martin Heinrich Klaproth, quien “redescubrió” el elemento en 1795, ignorante del descubrimiento anterior de Gregor. Klaproth detectó un nuevo metal en rutilo procedente de Hungría, y le dio el nombre de titanio en honor a los titanes de la mitología griega, no sé bien por qué, aunque el nombre es muy apropiado dadas las maravillosas características que resultó tener el nuevo elemento.

Cuando Klaproth se enteró del descubrimiento previo de Gregor, consiguió una muestra del óxido blanco que había encontrado el inglés y, efectivamente, detectó en él el mismo metal que había descubierto el alemán en el rutilo. Quedó claro pues, unos años más tarde de su descubrimiento “real”, que el nuevo elemento había sido realmente detectado por Gregor en primera instancia… pero el nombre de titanio se mantuvo.

Sin embargo, el titanio permaneció durante más de un siglo como una simple curiosidad de laboratorio. ¿Por qué? Es dificilísimo obtenerlo en una forma más o menos pura y en gran cantidad, de modo que ni siquiera se conocían sus características con mucha precisión. El primero en desarrollar un proceso que pudiera obtener titanio metálico de gran pureza fue el neozelandés Matthew Albert Hunter en 1910.

El proceso desarrollado por Hunter consistía, en primer lugar, en obtener tetracloruro de titanio (TiCl4) haciendo reaccionar rutilo con cloro y carbón de coque a altas temperaturas. En segundo lugar, el TiCl4 se combinaba con sodio, una vez más a grandes temperaturas, de modo que el sodio “robaba” el cloro al titanio, formando cloruro de sodio (NaCl) y dejando libre al titanio metálico. Hunter fue capaz así de obtener titanio metálico con una pureza del 99,9%.

Y, si realizases el proceso desarrollado por Hunter, lo que tendrías al final sería algo imposible de ver en la naturaleza; algo tan bello como esto:

Titanio metálico

Foto de RTC, publicada bajo licencia Creative Commons Attribution Sharealike 3.0 License.

Como puedes ver, se trata de un metal de color plateado, que parece no tener demasiado de especial. Sin embargo, sus propiedades resultaron ser bastante extraordinarias. En primer lugar, el titanio mantiene ese aspecto durante mucho tiempo, ya que a temperatura ambiente apenas se oxida con el aire. A diferencia de otros metales de apariencia similar, como la plata, los años apenas lo afectan, y al igual que el oro presenta una extraordinaria resistencia a la corrosión. De hecho, sólo el platino es más resistente a los ácidos, excepto que el platino es mucho más escaso, caro y pesado que el titanio.

Porque ahí estaba la otra propiedad divina del titanio: además de resistir los ataques químicos con tenacidad, era de una ligereza extraordinaria. El titanio puro tiene una resistencia similar a la de muchos aceros, pero es la mitad de denso. ¿Un metal extremadamente ligero, resistente e inmune a la corrosión? Sí, se trata en verdad de un metal casi mitológico.

El problema es que, a pesar de que el proceso de Hunter permitió obtenerlo a escala industrial, y a pesar de lo abundante que es en muchas rocas, se trata de un proceso muy caro. Unas décadas después, en 1940, el luxemburgués Guillaume Justin Kroll inventó un nuevo proceso de obtención, el que aún usamos hoy en día, más eficaz que el de Hunter, aunque todavía bastante costoso.

Kroll empezaba igual que Hunter, obteniendo TiCl4, pero luego utilizaba magnesio en vez de sodio para separar el titanio del cloro, lo que proporcionaba mayor pureza al titanio resultante. Sin embargo, sigue siendo un proceso tecnológicamente complejo y bastante caro (no ayuda el hecho de que, en el caso de Kroll, hace falta magnesio metálico que es bastante caro en sí para luego obtener el titanio).

El titanio tiene, además de sus propiedades utilísimas, algunas simplemente curiosas. Por ejemplo, como he dicho antes, a temperatura ambiente apenas reacciona con el oxígeno del aire, a diferencia de muchos otros metales. Incluso si la temperatura sube hasta cierto punto, sólo la superficie del metal se oxida, formando una pátina muy fina que protege al interior de la oxidación. Pero a unos 1200 °C (e incluso a menor temperatura si la concentración de oxígeno es grande) se oxida violentamente, es decir, arde. Ya sé que esto no lo hace único, pero es que su temperatura de fusión es de unos 1600 °C, ¡mayor que la de combustión!

Dicho de otro modo, al contrario que con, por ejemplo, el hierro, nunca podrías utilizar una forja normal para fundir titanio y hacer una espada o cualquier otra cosa con él, porque cuando lo calentases para fundirlo, mucho antes de alcanzar la temperatura suficiente para ello, ¡prendería como una antorcha! En la práctica, hace falta fundirlo en cámaras de vacío o en atmósferas de gases inertes.

Curiosamente, a pesar de su escasa reactividad a temperatura ambiente, incluso en algunos gases normalmente inertes como el N2 no es posible fundirlo: al calentarlo en una atmósfera de nitrógeno se combina con él para formar nitruro de titanio, con lo que tampoco llega a fundirse. Dado que, para casi cualquier uso práctico de su forma metálica, hace falta fundirlo, puedes ver por qué el titanio es tan caro a pesar de ser tan abundante. Es un metal “tecnológico”, en el sentido de que hace falta una tecnología relativamente elevada para poder emplearlo en la práctica.

Porque claro, si quieres soldar titanio, no lo puedes hacer en presencia de oxígeno ya que, como hemos dicho antes, arde antes de fundirse. De modo que suele soldarse en una atmósfera de argón, lo que requiere de cierto nivel industrial… de ahí que en época de Gregor y Klaproth el titanio no tuviera usos prácticos.

Dióxido de titanio

Dióxido de titanio, TiO2 (imagen de dominio público).

Hoy en día, en cambio, lo usamos para muchísimas cosas. La producción anual mundial de titanio es de más de cuatro millones de toneladas, aunque casi todo él (un 95%) se emplea en forma de dióxido de titanio, TiO2, del que hablamos en la infancia más temprana de El Tamiz (me da un poco de vergüenza enlazar el artículo porque me gustaría pensar que esto ha mejorado desde entonces). Como verás si lees esa entrada, el dióxido de titanio se emplea para una miríada de usos diferentes, poco espectaculares pero muy prácticos, y en la blanquísima pasta de dientes seguro que lo has tenido en la boca esta mañana, o sobre la piel en una crema solar recientemente.

Algunos otros compuestos del titanio, aunque no tan ubicuos como el TiO2, también tienen propiedades muy interesantes. Por ejemplo, el mononitruro de titanio (TiN) tiene un bello color dorado y una dureza excepcional, tanta como el zafiro (9.0 en la escala de Mohs), con lo que se emplea para recubrir sierras y taladros con cierta frecuencia –si tiene un tinte dorado en el filo o alrededor de la punta, probablemente es TiN–.

Pero la fama actual del titanio, a pesar de su ubicuidad como TiO2, se debe fundamentalmente a sus propiedades en aleaciones, dentro de la industria aeroespacial, por ejemplo. Del titanio metálico empleado cada año, casi dos terceras partes se destinan a construir aviones, helicópteros, cohetes y misiles, ya sea como parte de algunos aceros o aleado con aluminio, vanadio y otros metales. La razón debería ser evidente, si recuerdas las propiedades divinas del titanio: algo tan resistente y a la vez tan ligero es maravilloso para construir máquinas volantes. Para que te hagas una idea, el monstruoso Airbus 380 contiene casi 150 toneladas de titanio en su estructura y motores.

Airbus 380

Montaña de titanio volante, alias “Airbus 380″ (imagen de dominio público).

Algo parecido sucede en la construcción de barcos, submarinos y similares: no sólo es un metal ligero y resistente, sino que su resistencia a la corrosión en agua salada lo hace también casi inmejorable en este aspecto. A partir de los años 60, la Unión Soviética empezó a construir submarinos nucleares con aleaciones de titanio que les proporcionaron una ventaja tecnológica considerable sobre sus contemporáneos fabricados por otros países: submarinos ligeros, rápidos, de casco más fino y ligero que los otros pero al mismo tiempo muy resistente.

También se usa, aunque en cantidades mucho menores, en muchas otras cosas que anteriormente se hacían con metales más terrenales: bicicletas, coches, palos de golf, etc. Casi cualquier cosa que pueda hacerse con acero “normal” puede fabricarse utilizando aleaciones de titanio que lo hacen… bueno, que lo hacen simplemente mejor.

No, no… todavía no he acabado de laudar este maravilloso metal. ¡Aún hay más! No sólo es ligero, tenaz, resistente a la corrosión y bello… además, no es tóxico ni es rechazado por nuestro organismo cuando está dentro de nosotros. Sí, lo has adivinado: es un componente de calidad extraordinaria de herramientas quirúrgicas, prótesis, implantes dentales y una multitud de aplicaciones similares.

Placa de titanio

Imagen de dominio público.

“Ah”, podrías pensar, “pero claro, podría ser peligroso en el caso de tener que exponerse a una Resonancia Magnética Nuclear… ¡pues tampoco! Resulta que el titanio es paramagnético, es decir, es sólo levísimamente atraído por los imanes, de modo que no es un peligro ni siquiera en ese aspecto.

Ya sé que sueno un poco apasionado, pero es un metal que me encanta: representa el logro tecnológico y científico, el triunfo de nuestro ingenio para adaptarnos al medio, un ingenio a veces titánico, si me perdonas la broma. A riesgo de entrar en asuntos personales, mi anillo de matrimonio es de titanio casi puro, y me enorgullece pertenecer a una especie capaz de construirlo, más que si fuera de oro o de plata.

En el siguiente artículo de la serie, el elemento de veintitrés protones, el vanadio.

Fuente:

El Tamiz

5 de abril de 2011

La forma de los huevos: Geometría y Evolución

La forma de los huevos de las distintas especies de aves existentes ha resultado durante muchos años todo un misterio. Su forma parece variar de forma arbitraria de unas especies a otras, sin que fuese fácil encontrar parámetros que dieran sentido a esas formas. Intuitivamente, parece que lo más correcto es pensar que la forma de los huevos está directamente relacionada con la fisionomía del ave, así como de la posición que utilizan a la hora de poner los huevos.

Pero eso no explicaría por qué algunas aves como el avestruz producen huevos completamente redondos, pese a tener una fisionomía similar a otras aves que ponen huevos de forma ovalada. En este caso, también se podría intentar explicar la forma de los huevos esféricos con el fin de conseguir que su consistencia fuese lo más dura posible. Pero de nuevo esto no explicaría el caso de aves como las palomas y muchas aves acuáticas, cuyos huevos tienen forma puntiaguda.


I: Huevos de gallina
En esta línea, Zoltan Barta, de la Universidad húngara de Debrecen, y Tomas Szekely, de la Universidad de Bath, publicaron en 1997 un artículo en la revista “Functional Ecology” con el título The optimal shape of avian eggs (la forma óptima de los huevos de las aves) en el que pretendían explicar de forma extensa las razones por las que las formas de los huevos varían tanto de unas especies de aves a otras.
Para entender todo, primero hemos de entender cómo se forman los huevos. Cuando el óvulo del ave llega al istmo (el conducto que une las trompas de falopio y el útero), las células del mismo empiezan a segregar la sustancia calcárea que protegerá el óvulo. En condiciones normales y neutrales, el huevo obtendrá una forma esférica, pero las hembras pueden manejar los músculos de la pared del istmo, de tal modo que esta forma esférica pueda ser modificada.

Barta y Sekely sondearon más de 30 aves, observaron la forma de sus huevos, y las relacionaron con la cantidad de huevos que cada hembra incubaba de forma simultánea. Los resultados fueron sorprendentes. De algún modo, se percataron de que las aves habían adquirido la capacidad de moldear sus huevos para optimizar la incubación de los mismos, en función de la cantidad de ellos que tuvieran que incubar.

En la línea de este descubrimiento, desarrollaron un modelo matemático para encontrar las formas de los huevos que optimizaban la incubación de los mismos, sin olvidarse de que los huevos tendían a una forma esférica para garantizar el superar una fragilidad mínima. Los resultados fueron los siguientes.


II: Forma óptima de los huevos de las aves

De este modo, la hembra garantizaría el máximo de transferencia de calor, siendo en cierto modo óptima su incubación. Estos resultados teóricos expuestos por Barta y Szekely resultaron corresponderse sorprendentemente con los ejemplos encontrados en el mundo real, como sería el caso de las palomas, las avestruces o los chorlitos.

Pero esta teoría, no es extrapolable a todas las aves, ya que siempre hay que tener en cuenta las condiciones específicas de cada especie y hábitat. Esta es la razón por la que los araos tienen una extraña forma de huevo que se asemeja a una pera. Los araos habitan en altos acantilados, y por ello, a modo de sofisticado efecto evolutivo, sus huevos tienen como prioridad el impedir que pueda rodar fácilmente hacia abajo.

Fuente:

Recuerdos de Pandora
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