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15 de julio de 2010

El precio de ser bípedos y cabezones (I)

Jueves, 15 de julio de 2010

El precio de ser bípedos y cabezones (I)

Hay que pagar un precio...


Bajar de las ramas complicó todo el asunto reproductivo para la especie. La hazaña de perpetuar nuestros genes, el impulso básico de evolución sobre el planeta, alcanzó entonces una nueva dimensión con el Homo sapiens. El baile de seducción se diversifica y nuestras complejas culturas otorgan cualidades características al cortejo y al emparejamiento entre personas que parece ser una constante entre humanos. Pongamos el caso del casamiento, por ejemplo; en cada cultura estudiada en el récord antropológico, esta unión entre parejas existe y la familia es el bloque básico que conforma todas nuestras sociedades. Puede que el maridaje sea distinto para cada población: algunos monógamos, otros polígamos, algunos para siempre, otros de forma temporal; sin embargo, la idea es básica y primordial entre nosotros.

Sobre el planeta, cada especie ha desarrollado diversas estrategias de supervivencia y reproducción. Estas estrategias nacen y son moldeadas por variables características para cada grupo y una de estas variables es la energía que cada cual invierte en la reproducción y la crianza; sin olvidar que este costo de energía tendrá su origen en la absoluta e innegable interacción entre la biología del animal y el hábitat en el que se desarrolle. No obstante, para comprender nuestro comportamiento actual no sólo es necesario conocer sobre nuestra biología y culturas sino también rastrear el camino por donde dimos nuestros primeros pasos bípedos y hacerlo desenterrando y estudiando fósiles, escudriñando más los genomas y observando a los demás miembros primates, buscando allí los orígenes de nuestra conducta.

Pues bien, en cuestiones de romance, la situación es la misma, es imprescindible que tomemos en cuenta el camino que nos trajo aquí y la conducta de los demás animales de nuestra familia. Observar y estudiar estas conductas no sólo conciernen a la ciencia sino a las ideologías y filosofías más relevantes de nuestros tiempos, como el conflicto inagotable entre los sexos. De hecho, el biólogo evolucionista Robert Trivers escribió en 1972 que “uno puede, en efecto, tratar a los sexos como si fueran especies distintas, el sexo opuesto siendo siempre una fuente relevante para producir el máximo de crías que sobrevivan”. Cabe, pues, recordar que los movimientos se deben a sus tiempos y a las culturas que los desarrollan, por ello, necesitan constantemente de actualización. Mientras más información adquirimos sobre lo que somos, mejor preparados estaremos para enfrentar los cambios requeridos de una especie como la nuestra que ha redactado sus propios derechos.

Pero regresemos a nuestro planteamiento principal. Sobre el planeta, no sólo el medio moldea al animal, el animal también modela al medio de acuerdo a los genes que lo conforman. Uno de los grandes ejemplos sobre esta dinámica ha sido el efecto del bipedalismo y el aumento del tamaño del cerebro humano sobre la mujer. El bipedalismo cambió nuestra anatomía, la pelvis y el canal de parto se estrecharon para facilitar la locomoción y el balance, pero estos cambios complicaron el nacimiento; especialmente en humanos que ahora venían con grandes cabezotas para acomodar las complejas computadoras que eran ahora sus cerebros. Esos bebés cabezones que tanto nos gustan nacen prematuramente, en comparación con otros primates, precisamente para que sus cabezas quepan por el ahora estrecho canal de su madre bípeda. Esta limitación origina a bebés humanos completamente indefensos; “carnada de leones”, los llama Robert Wright en su interesante libro El animal moral.

Las transformaciones, a su vez, dieron paso a otras más que han moldeado durante millones de años la danza humana hacia la reproducción de la especie. Nuestros recién nacidos arriban con sólo el 25% del cerebro de un adulto, en comparación con otros primates que nacen con el 35 y hasta el 61% de la capacidad cerebral adulta, algo que los provee con ciertas habilidades motoras que los bebés humanos no tienen.

Repasemos pues esta dura faena: embarazo se acorta para dar paso a un bebé indefenso y prematuro pero con un potencial cerebrazo en la cabeza; el recién nacido necesitará de más ayuda, lo que restará tiempo a la madre para otras cosas vitales, como buscar comida. La poca habilidad motora del bebé también la limita frente a predadores ya que tendrá las manos ocupadas con un bebé que no puede aferrarse a su espalda y que necesita de cuidados especiales. Es aquí donde entra el conocido ‘contrato sexual’ del que habla Helen Fisher, y ese agridulce efecto de lo que en zoología se llama la ‘inversión paternal masculina’ (MPI, male paternal investment), una variable con enormes efectos en la evolución de la conducta humana.

Los biólogos y zoólogos nos explican que en especies donde el MPI es bajo, es decir, que los padres sólo ponen el semen y desaparecen, la dinámica es la siguiente: los machos siempre quieren sexo mientras que las hembras no están seguras; ellas quieren evaluar la capacidad genética del animal que las dejará con un hijo para criar. El procedimiento cambia cuando la especie se caracteriza por un alto MPI, como en la humana. “De alguna forma, una alta inversión del padre hace que la dinámica básica subyacente entre el hombre y la mujer sea la explotación mutua”, escribe Wright.

Como dijimos antes, el hecho de que la cría sea completamente inútil e indefensa durante los primeros años de vida, obliga a que el macho se responsabilice de su supervivencia. Son conductas que observamos en las aves, si el compañero se va, otros animales se comerán los huevos o polluelos mientras la hembra busca comida, es mucho más sensible, en términos reproductivos, que el varón vele por ellos también. En los humanos ocurre lo mismo, aunque con sus connotaciones primates, por supuesto. El varón de la especie va a querer siempre sexo, la hembra no va a estar muy segura, sin embargo, para ambos ya hay mucho más en juego. La mujer ya está biológicamente esclavizada a alojar y alimentar a la cría durante nueve meses, a tener un parto doloroso y largo de un bebé indefenso durante varios años; la energía a invertir ya es suficiente como para que piense bien con quién tendrá sexo; más aún, con un alto MPI, ella también tendrá en cuenta lo que él puede ofrecerle más allá del semen: si va a invertir en el bebé y en la relación, ¿qué tanto tiene para dar? y ¿qué otras posibilidades tiene ella en el mercado?

El macho, por su parte, que puede repartir sus genes más libremente que la hembra, cuyas limitaciones la dejan a tener una cría por año, debe tener en cuenta otras estrategias; sabe que debe invertir energía en sus hijos si quiere garantizar su supervivencia, de hecho, estos grupos surgen precisamente porque los genes de padres que invirtieron en sus hijos tendían a sobrevivir pues la inversión daba frutos positivos. La baja inversión del macho, por su parte, resultaba en una alta mortandad de su descendencia. Por eso, la evolución de cualquier cualidad genética que cemente el amor del hombre por la mujer y por su cría, garantizará la supervivencia de esta descendencia y, a su vez, se mantendrá popularmente en los genomas de la especie. Así, entre Homo sapiens, el hombre vela por sus hijos pero tiende, si no ha sido moldeado de otra forma por su hábitat, a buscar medios para embarazar a otras.

Por su parte, la hembra buscará maneras diversas de evaluar qué tan comprometida está la pareja en mantener el contrato con ella, por lo menos hasta que la descendencia pueda mantenerse sola, y este conflicto entre ambos la hará también mucho más competitiva con otros animales de su mismo sexo, algo que no se observa entre grupos primates donde el MPI es bajo. Es decir, el objetivo femenino es monopolizar al padre para garantizar su inversión lo que incrementa la competencia. Para ello, los genes que promueven el amor romántico fueron favorecidos pues la atracción entre parejas consolida la transacción y aumenta las probabilidades de supervivencia de la cría. Esta dinámica entre el recorrido evolutivo de nuestra biología en las distintas sociedades humanas ha creado todo tipo de variantes amorosas, pero todas son guiadas por los mismos conceptos básicos que impulsan a los primates y que han estampado al Homo sapiens durante su paso por el mundo.

“En cualquier evento, la evaluación del compromiso del hombre es parte de la psicología femenina y la psicología masculina se inclina muchas veces a promover una lectura falsa sobre dicho compromiso”, escribe Wright.

Esta distinción entre los sexos es ilustrada en un estudio realizado en 1990 por Kenrick, Buss y Schmitt, donde obtuvieron evidencias de que los hombres son menos selectivos que las mujeres al elegir personas para relaciones sexuales cortas. En la investigación, hombres y mujeres fueron interrogados sobre el nivel de inteligencia mínimo que aceptarían en una persona con la que estuvieran saliendo románticamente. La mayoría dijo que la persona tendría que por lo menos poseer una inteligencia promedio. Ahora bien, cuando se les preguntó qué tan inteligente debería ser la persona antes de que consintieran tener sexo con ella, la diferencia entre hombres y mujeres fue esperadamente marcada. Mientras las féminas aseguraban que en ese caso el hombre debía estar por encima del promedio en inteligencia, los hombres aseveraron que, en ese caso, la mujer podía estar por debajo del promedio.

Por supuesto, estamos hablando de medias y de generalizaciones y también me he trasladado al pasado para conocer un poco el origen de nuestro comportamiento lo que no quiere decir que nuestros impulsos primates no hayan variado con el tiempo; de hecho, más que variar se han diversificado. Como primates, a veces nos comportamos como orangutanes, otras más como chimpancés, algunas más actuamos como los monógamos gibones mientras que en otras ocasiones nos desplazamos por los territorios pacifistas y sexuales del simpático bonobo. Pero al ser humanos, como bien sabemos, tenemos la dicha de contar con un interesante y capaz cerebro que nos ofrece estrategias para cambiar lo que nos daña.

El pensamiento racional no ha sido lo primero que hemos desarrollado; ha tomado millones de años para llegar donde estamos, que no es precisamente el epítome del racionalismo. A veces nos comportamos como animales porque somos animales; y aunque es fácil dejarse llevar por los impulsos, debemos reconocer que las consecuencias no han sido las mejores y que las conductas irracionales son venenosas para toda la especie.

No seamos holgazanes a la hora de pensar, que mucho nos ha costado a todos cargar con estos pesados y grandes cerebros como para desperdiciarlos ahora. Gracias a lo que conocemos somos capaces hoy, no sólo de caminar erguidos sino de poder elegir, si así nos parece, no reproducir y dedicarnos simplemente a disfrutar como queramos de nuestro singular paso por este espectacular Universo.

Tomado de:

Sin Dioses

Jueves, 15 de julio de 2010

Aprender a cocinar nos hizo humanos


La especie humana es la única que cocina sus alimentos, una costumbre que fue clave en el gran desarrollo de nuestro cerebro y nuestra inteligencia. Pero es también la especie animal, junto con los chimpancés, donde existe una mayor violencia cruel hacia el otro.

Eduard Punset charla con el antropólogo Richard Wrangham, de la Universidad de Harvard, en busca de los orígenes de nuestra inteligencia y de los comportamientos más humanos. En clave de humor, la sitcom “Homo’s y mujeres” intenta destacar los conceptos claves explicados por Wrangham.



Fuente:

Uimpi

13 de julio de 2010

¿Existe la temperatura más alta posible?



Miércoles, 14 de julio de 2010

¿Existe la temperatura más alta posible?

Ya desde el colegio nos repetían que, si bien existe un límite para la temperatura más fría en el universo (el Cero Absoluto, -273,15 Cº), no había límite para la temperatura más alta. En otras palabras, hay un límite para el frío, pero no para el calor (algo que por cierto adquiere un especial sentido en estos días de sofocante calor).

Sin embargo, en 1966, el físico teórico Andréi Sájarov se obsesionó con la idea de que quizá también existía un máximo de temperatura posible. Concluyó, entonces, que este límite debería estar relacionado con la cantidad máxima de energía radiante que puede introducirse en el volumen mínimo de espacio.

A nivel cuántico, existe un volumen mínimo, una escala tan pequeña que el significado de “espacio” pierde el sentido. Esto ocurre a escalas de 0,000000000000000000000000000000000001 m (algo incluso más pequeño que una partícula subatómica).

Es decir, que el volumen mínimo concebible en metros cúbicos sería entonces la cifra de arriba… pero con 105 ceros.

Sájarov planteó un argumento similar para calcular la cantidad máxima de energía que se puede meter en este ínfimo volumen, y a partir de ahí extrajo la temperatura de la radiación resultante.

¿Y cuál fue el resultado? Nada menos que una temperatura enorme, mayor que cualquier temperatura creada por un ser humano: 100.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 ºC. Una temperatura que sólo se ha se ha producido en una ocasión, durante el Big Bang (claro está, en el caso hipotético de que haya existido el Big Bang).

Por cierto, la temperatura más alta alcanzada artificialmente se ha conseguido en las entrañas de los grandes aceleradores de partículas: 1.000.000.000.000.000.000 ºC.

Fuente:

Gen Ciencia

¿Es veloz el cerebro de una mosca?


Miércoles, 14 de julio de 2010

¿Es veloz el cerebro de una mosca?

El cerebro de las moscas funciona a más velocidad que el mejor de los ordenadores actuales, según acaban de demostrar científicos del Instituto de Neurobiología Max Planck, en Alemania. En concreto, el diminuto cerebro de estas acróbatas aeronáuticas es capaz de procesar visualmente varios movimientos en sólo una fracción de segundo. De ahí que resulte tan difícil atraparlas.


Analizando el cerebro de la mosca Drosophila melanogaster, Dierk Reiff y sus colegas han descubierto que en una sexta parte de un milímetro cúbico de su cerebro tiene más de 100.000 células nerviosas, cada una con múltiples conexiones con las células vecinas.

Para estudiar el funcionamiento de estas neuronas, los investigadores las impregnaron con marcadores fluorescentes y descubrieron que existen unas determinadas células nerviosas, llamadas células L2, que reciben información desde los fotoreceptores de los ojos y reaccionan según aumente o disminuya la intensidad de la luz circundante. En base a ese "simple" estímulo luminoso, las moscas son capaces de calcular en milésimas de segundo cuál es la dirección del movimiento que se produce a su alrededor y de mandarla rápidamente al sistema de control del vuelo, para escapar a toda velocidad si hay alguna amenaza cerca.

Fuente:

Muy Interesante

¿Por qué los negros son mejores velocistas y los blancos destacan en natación?


Martes, 13 de julio de 2010

¿Por qué los negros son mejores velocistas y los blancos destacan en natación?

Científicos creen tener la clave de qué lleva al podio a deportistas de diferente color: el centro de gravedad de su cuerpo

Usain Bolt y Michael Phelps. Pueden ser los dos grandes ejemplos que ilustran esta investigación. El primero, jamaicano, negro, es campeón olímpico de 100 y 200 metros y recordman mundial en estas dos pruebas. El segundo, blanco y estadounidense, batió en Pekín 2008 el récord de medallas de oro en unos Juegos Olímpicos. Su especialidad, la natación. Si uno repasa los últimos récords, los mejores velocistas de elite suelen ser jamaicanos, africanos y canadienses, todos de ascendencia africana, mientras que los nadadores más rápidos son blancos, muchos de origen europeo. Un equipo de científicos, dirigido por Adrian Bejan, un investigador de la Pratt School, la escuela de ingeniería de la Universidad de Duke, cree tener la respuesta que explica la diferencia de «color» a la hora de subirse al podio en diferentes disciplinas. Y es, nada menos, que el centro de gravedad del cuerpo de los atletas negros es más alto que el de los blancos. El estudio aparece publicado en la revista Internacional Journal of Design and Nature and Ecodynamics.


Usain Bolt

Según los investigadores «hay una serie de evidencias que demuestran que existen claras diferencias en los tipos de cuerpos de blancos y negros». Los deportistas de color «suelen tener miembros más largos con menores circunferencias, lo que significa que sus centros de gravedad son más altos en comparación a los blancos de la misma altura», explica Edward Jones, coautor del estudio, especializado en nutrición y antropometría, el estudio de la composición corporal.

Esto les beneficia a la hora de correr, de acuerdo a las leyes de la locomoción. «Los asiáticos y blancos tienen torsos más largos, y sus centros de gravedad son más bajos, lo que facilita nadar más rápido». El centro de gravedad de los asiáticos es aún más ventajoso para nadar, pero como no son tan altos, es más difícil que se impongan.

Ventaja en el agua

El experto se refiere a estudios anteriores sobre el cuerpo humano que encontraron que, como promedio, el centro de gravedad del cuerpo es aproximadamente un 3% más alto en los negros. Con esta diferencia biológica, los investigadores calcularon que los velocistas negros son un 1,5% más rápidos que los blancos, mientras que estos tienen la misma ventaja en el agua. La diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es si se tiene en cuenta que los récords mundiales se rompen por fracciones de segundo.

Bejan ha explicado al diario The Daily Telegraph que se trata de un estudio científico, no una cuestión de opinión. A pesar de ello, ha reconocido tener alguna preocupación porque la investigación se malinterprete. En ningún caso se habla de una raza mejor que otra, sino de capacidades físicas distintas a muy alto nivel. De igual forma, Jones concede que los factores sociales y culturales también pueden influir a la hora de tener éxito en un deporte.

Fuente:

ABC (España)

¿Quién no ha querido un AT-AT como mascota?

Martes, 13 de julio de 2010

¿Quién no ha querido un AT-AT como mascota?

Yooo!!!

Todos, ¿verdad? Pues Patrick Boivin ha obrado el milagro con su corto AT-AT day afternoon’ en el que el spot motion da vida a uno de estos carismáticos vehículos imperiales de ‘Star Wars’ (bueno, al menos a uno de sus juguetes) y nos revela su día a día como mascota de compañía.

Por si no lo recordáis, esta no es la primera vez que hablamos de alguno de los trabajos de Boivin, bien conocido por el altísimo nivel de sus pequeñas producciones entre las que destacan piezas como Iron Baby o su versión para Youtube de Street Fighter, una auténtica fiera que actualmente se dedica a crear vídeos virales para empresas como Google.

A continuación encontraréis un pequeño cómo se hizo que resume los 15 días de trabajo que supuso este proyecto creado con la cámara Canon EOS 5D Mark II, las aplicaciones Dragon Stop Motion, Final Cut Pro y Adobe After Effects junto a, como no, grandes dosis de talento.

Making of AT-AT day afternoon

Vídeo | AT-AT day afternoon (Vimeo)

Tomado de:

Zona Fandom
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