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6 de abril de 2011

¿Tu letra indica algo de tu personalidad?


Lea primero esto:

En Conocer Ciencia estamos convencidos de que la grafología NO es una ciencia.

La grafología es una técnica proyectiva y descriptiva que pretende analizar la escritura con el fin de identificar o describir la personalidad de un individuo e intentar determinar características generales del carácter, acerca de su equilibrio mental (e incluso fisiológico), la naturaleza de sus emociones, su tipo de inteligencia y aptitudes profesionales y, según algunos grafólogos, serviría para diagnosticar el grado de salud o enfermedad física y mental.

Aunque sus defensores se apoyan evidencias anecdóticas, la mayoría de los estudios empíricos realizados no han sido capaces de confirmar la validez de sus afirmaciones. Por ello es generalmente considerada una pseudociencia (ver el apartado "juicio de la grafología").

No debe confundirse grafología con la caligrafía forense o, más apropiadamente, peritaje caligráfico, una disciplina utilizada en criminología con el propósito de comparar escritos y determinar, por ejemplo, si un documento fue firmado por la persona que se supone que lo hizo, de utilidad además de en criminología en derecho, como por ejemplo en los testamentos hológrafos o notas de suicidio. Entre las técnicas que utiliza están el análisis de tinta, papel o tipo de máquina de escribir. La caligrafía forense está aceptada judicialmente, con fines periciales de identificación de individuos.

Ahora, si los invito a leer el post de Papel en Blanco...


Cada uno de nosotros poseemos un cierto deje en nuestra forma de escribir, máxime en tiempos en que los ejercicios de caligrafía están arrumbados en el desván de las cosas que huelen a naftalina. Los hay que escriben diminuto, otros con grandes letras. También los hay que escriben como si dibujaran montañas redondeadas o jorobas de camello. Otros parece que imitan las volutas caligráficas de la gótica alemana.

Pero ¿la forma de nuestras letras manuscritos guarda alguna relación con la forma de nuestro cerebro y, en consecuencia, de cómo pensamos?

Algunos de los grandes pensadores de la historia han tratado de descifrar las complejidades de la personalidad humana mediante factores externos evidentes. Por ejemplo, Freud creía que se podía categorizar a las personas según el orificio corporal que les procuraba mayor placer. Francis Galton se fijaban en los bultos del cráneo, como quien estudia la orografía del terreno para comprender la personalidad de sus habitantes. Jung estaba convencido de que la personalidad la determinaba la posición de las estrellas en el momento del nacimiento.

Y de un tiempo a esta parte, junto con los polígrafos que dicen detectar si mentimos o decimos la verdad, ha aparecido un ejército de grafólogos que aseguran poder correlacionar el tipo de letra que tenemos y otros garabatos con algunos rasgos generales de nuestra personalidad, incluso nuestra inteligencia, nuestra salud e incluso nuestros instintos criminales.

Los grafólogos examinan lazos, las “i punteadas”, las “t cruzadas”, el espaciamiento de las letras, inclinaciones, alturas, movimientos de cierre, etc., pues creen que tales minucias de la escritura son manifestaciones físicas de funciones mentales inconscientes.

Muchos departamentos de personal se toman en serio estas afirmaciones: entre el 5 % y el 10 % de las empresas del Reino Unido y Estados Unidos usan de manera habitual la grafología para eliminar candidatos en sus procesos de contratación. (Me pregunto si luego les preguntan la fecha de nacimiento para confeccionarles la carta astral).

Los estudios sobre la utilidad de la grafología no son muy halagüeños. Por ejemplo, el investigador Geoffrey Dean recopiló 16 artículos académicos que estudiaban la grafología en el trabajo.

Comparó las predicciones de los grafólogos sobre el rendimiento de los empleados con las puntuaciones de los supervisores de dichos empleados durante el periodo de formación. Los resultados revelaron que había poca relación entre las predicciones de los grafólogos y el éxito laboral. De hecho, los grafólogos eran tan precisos como un grupo de control de profanos que no tenía ninguna experiencia en grafología.

Pero ¿y fuera del ámbito laboral? ¿Podría decirse, por ejemplo, que yo soy tímido porque mi letra es muy pequeña, casi minúscula? Dean comparó los intentos de los grafólogos para determinar el carácter de una persona con las puntuaciones de esa persona en tests de personalidad con validez científica. Tras revisar 53 artículos, la conclusión fue demoledora:

No sólo era escasa la precisión de los grafólogos, sino que obtenían la misma puntuación que los grupos de control con personas sin formación ni conocimientos para la evaluación de la personalidad a través de la escritura.

Esto me recuerda a aquella anécdota en la que se analizó el grado de aciertos de un adivino (del que omitiré el nombre, si bien es muy popular en España): una persona normal era capaz de alcanzar un grado de aciertos sobre el futuro mayor que el propio adivino.

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