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31 de julio de 2014

¿Quién tiene miedo de la agricultura ecológica? (II)

La primera parte AQUÍ


La agricultura ecológica ha despertado en los últimos tiempos las más variadas "iras", siendo objeto de todo tipo de calumnias. Su éxito y múltiples apoyos han sido proporcionales a las críticas recibidas. Sin embargo, ¿quién tiene miedo de la agricultura ecológica? ¿Por qué tanto esfuerzo en desautorizarla? 

Todas estas preguntas fueron formuladas en un artículo anterior, donde analizábamos las mentiras detrás de afirmaciones como "la agricultura ecológica no es más sana ni mejor para el medio ambiente que la agricultura industrial y transgénica”. Hoy, abordaremos otras en relación a su eficiencia, el precio y la falsa alternativa que significa una "agricultura ecológica" al servicio de las grandes empresas. Como decíamos entonces: ante la calumnia, datos e información. 

De la eficiencia y el precio 

"La agricultura ecológica es poco eficiente y cara", dicen sus detractores. Quienes realizan esta afirmación olvidan que es precisamente el actual modelo de agricultura industrial el que desperdicia anualmente un tercio de los alimentos que se producen para consumo humano a escala mundial, unos 1.300 millones de toneladas de comida, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Se trata de una agricultura de "usar y tirar". En consecuencia, ¿quién es aquí el ineficiente? Aunque, más allá de estas cifras, es obvio que el actual modelo de agricultura industrial, intensiva y transgénica no satisface las necesidades alimentarias básicas de las personas. El hambre, en un mundo donde se produce más comida que nunca, es el mejor ejemplo, tanto en los países del Sur como aquí. 

Por su parte, la agricultura ecológica y de proximidad se ha demostrado que garantiza mejor la seguridad alimentaria de las personas que la agricultura industrial y permite una mayor producción de comida especialmente en entornos desfavorables, en palabras del relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación Olivier de Schutter, apoyándose en su informe La agroecología y el derecho a la alimentación. A partir de los datos expuestos en este trabajo, la reconversión de tierras en países del Sur a cultivo ecológico aumentaba su productividad hasta un 79%, en África, en particular, la reconversión permitía un aumento del 116% de las cosechas. Las cifras hablan por sí solas. 

Si hablamos del precio, y sobre todo lo comparamos con la calidad, una vez más la agricultura ecológica sale en mejor posición. Tal vez no lo parezca a primera vista, porqué hay un discurso único, que se repite y se repite y se repite, que nos dice que lo ecológico es siempre más caro. Sin embargo, no es así. A menudo depende de dónde y qué compremos. No es lo mismo comprar en un supermercado ecológico o en una tienda 'gourmet' que comprar directamente al campesino, en el mercado o a través de un grupo o cooperativa de consumo agroecológico, en los primeros los precios acostumbran a ser mucho más caros que en los segundos, donde su coste puede ser igual o incluso inferior que en el comercio tradicional por un producto de la misma calidad. 

A parte, nos tendríamos que preguntar cómo puede ser que determinados productos o alimentos en el supermercado sean tan baratos. ¿Estamos pagando su precio real? ¿Cuál es su calidad? ¿En qué condiciones han sido elaborados? ¿Cuántos kilómetros han recorrido del campo a la mesa? A menudo, un precio muy bajo esconde una serie de costes invisibles: condiciones laborales precarias en origen y destino, mala calidad del producto, impacto medioambiental, etc. Se trata de una serie de gastos ocultos que acabamos socializando entre todos, porqué si la comida recorre largas distancias y agudiza el cambio climático, con la emisión de gases de efecto invernadero, ¿esto quién lo paga? Si comemos alimentos de baja calidad que tienen un impacto negativo en nuestra salud, ¿quién lo costea? En definitiva, como dice el refrán: Pan para hoy y hambre para mañana. 

Y no solo eso, ¿cuándo entramos en el 'súper', qué compramos? Se calcula que entre un 25% y un 55% de la compra en el supermercado es compulsiva, fruto de estímulos externos que nos instan a comprar al margen de cualquier raciocinio. ¿Cuantas veces hemos ido al supermercado a comprar cuatro cosas y hemos salido con el carrito a reventar? El supermercado es una máquina de vender, no nos quepa la menor duda, uno de los espacios más estudiados de nuestra vida cotidiana, para que nuestra compra nunca quede al azar. 

Otra afirmación mil veces repetida es la que dice que "la agricultura ecológica es solo para ricos", o si quien habla busca el insulto, algo frecuente entre el sector "antiecológico", nos dirá que "la agricultura ecológica es solo para pijos". Ya sea en un caso como en otro, quienes afirman dichas palabras, les bien aseguro, que nunca han puesto un pie en un grupo o cooperativa de consumo agroecológico porque sus miembros, en general, pueden ser calificados con mucho adjetivos, pero de "ricos" y "pijos" tienen más bien poco. Se trata de personas que apuestan por otro modelo de agricultura y alimentación, a partir de informarse, tomar conciencia, buscar datos contrastados sobre los impactos de aquello que comemos en nuestra salud, en el medio ambiente, entre el campesinado. En esta vida nos "instruyen" para pensar que "gastamos" dinero en comida, pero ¿se trata de "gastar" o "invertir"? La educación es clave. De aquí, que sea fundamental hacer llegar los principios, y las verdades, de la agricultura ecológica al conjunto de la población. Comer bien, y tener derecho a comer bien, es cosa de todos. 

Una "agricultura ecológica" al servicio del capital 

"La agricultura ecológica no tiene fines sociales y agudiza la huella de carbono", dicen sus detractores. Aquí la pregunta clave es, ¿de qué agricultura ecológica estamos hablando? Como decíamos en el artículo anterior, una de las amenazas a la agricultura ecológica es precisamente su cooptación, la asimilación de su práctica por parte de la industria agroalimentaria. Y es que cada vez son más las grandes empresas del agribusiness y los supermercados que apuestan por este modelo de agricultura libre de pesticidas y aditivos químicos de síntesis, pero vaciándola de cualquier atisbo de cambio social. Su objetivo es claro: neutralizar la propuesta. Se trata de una "agricultura ecológica" al servicio del capital, con alimentos kilométricos, escasos derechos laborales en la producción y la comercialización. Ésta no es la alternativa de quienes apostamos por un cambio en el modelo agroalimentario. La agricultura ecológica, a mi entender, solo tiene sentido desde una perspectiva social, local y campesina, como han defendido siempre la mayoría de sus impulsores. 

Por otro lado, me sorprende que los detractores de la agricultura ecológica se preocupen tanto por la huella de carbono y el impacto de los gases de efecto invernadero en el medio ambiente, cuando su apuesta por una agricultura industrial es precisamente una de las principales responsables de los mismos. Según el informe Alimentos y cambio climático: el eslabón olvidado de GRAIN, entre el 44% y el 55% de los gases de efecto invernadero son provocados justamente por el conjunto del sistema agroalimentario global, como consecuencia de sumar las emisiones provocadas por el cambio en el uso del suelo y la deforestación; la producción agrícola; el procesamiento, el transporte y el empaquetado de los alimentos; y los desperdicios generados. Si a los críticos de la agroecología tanto les inquieta el cambio climático, les sugeriría que apostaran por una agricultura ecológica, local y campesina. 

¿Quién impone qué? 

"Nos imponen la agricultura ecológica. Yo quiero comer transgénicos, y no me dejan", dicen algunos, aunque parezca una broma. Sin embargo, ¿quién impone qué? La agricultura industrial sí fue resultado de una imposición, la de la Revolución Verde, promovida desde los años 40, y en décadas posteriores, por gobiernos como el de Estados Unidos y fundaciones como la fundación Ford y Rockefeller, y que implicó la progresiva sustitución de un modelo de agricultura tradicional, donde los campesinos tenían la capacidad de decidir sobre qué y cómo conreaban, a una agricultura industrial "adicta" al petroleo y a los fitosanitarios, que llevó a la privatización de los bienes comunes, y en particular de las semillas. Muchos campesinos no tuvieron elección. Hoy, vemos las consecuencias de este modelo agrario: hambre, descampesinización, patentes sobre las semillas, acaparamiento de tierras, etc. 

Aunque la principal imposición agraria ha sido sin lugar a dudas la del cultivo transgénico, y la imposible coexistencia entre agricultura trasgénica y agricultura convencional y ecológica es el mejor ejemplo. Los cultivos transgénicos a través del aire y la polinización contaminan a otros, así funciona lo que podríamos llamar "la dictadura transgénica". En Aragón y Catalunya, las zonas donde más se cultiva transgénico, en concreto la variedad de maíz MON 810 de Monsanto, la producción de maíz ecológico prácticamente ha desaparecido debido a los múltiples casos de contaminaciones sufridas. Las evidencias son irrefutables, y quien diga la contrario miente. 

La enumeración de frases con el único propósito de desautorizar la agricultura ecológica podría continuar. Son tantas las falsedades vertidas que este artículo podría tener tres, cuatro y hasta cinco partes, pero lo dejo aquí. Espero que las informaciones y los datos aportados puedan ser de utilidad a aquellos que frente a verdades únicas se preguntan y cuestionan la realidad que nos imponen. 

Fuente:

Rebelión

La primera parte AQUÍ.

13 de marzo de 2013

Contratos de capital humano: ¿Quién quiere invertir en mí?



Billetes de dólar

Y él, ¿invertiría?

Hace un par de años, un amigo le pidió a Sal Lahoud dinero prestado para dedicarse a su pasión.
Lahoud quería ayudarlo. "Pero no me quería encontrar en la incómoda posición de tener que reclamarle pagos si las cosas no le salían bien", le dijo a BBC Mundo.

Sabía de lo que hablaba: pasó unos años en el mundo de las finanzas, que abandonó en 2010.

Así que se le ocurrió un esquema a través del cual su amigo compartiría con él una parte de sus ingresos futuros como forma de devolución de la inversión.

Sal Lahoud (izq.) y Oren Bass, cofundadores de Pave

Sal Lahoud (izq.) fundó Pave con Oren Bass, luego de que un amigo le pidiera dinero.

Pero si no había ingresos, Lahoud no cobraría. Ese era el riesgo.

"Sentía que respaldar así a la persona tendría un incentivo financiero, un impacto social y una conexión a nivel humano con la persona a la que estaba apoyando (...), lo que hacía que todo se sintiera mucho más interesante que otro tipo de financiación a la que podría acceder un individuo".

El inversor pensó en transformarlo en un esquema más grande, y junto a su ya socio Oren Bass, también con pasado en el mundo de la banca y las finanzas, desarrollaron Pave, que vio la luz en diciembre de 2012.

Pave es una plataforma web de fianciación colectiva en la que inversores (o backers, como se les dice en la jerga en inglés) destinan sumas a, por lo general, graduados recientes o jóvenes profesionales.

Por amor al arte

Pave no es el primer emprendimiento de este tipo. Meses antes David Girouard, exempleado de Google presentó Upstart, una propuesta semejante a la de Lahoud y Bass.

Para él, la coyuntura de Estados Unidos (por ahora ambas plataformas operan solo en ese país, aunque tienen idea de expandirse) demandaba un servicio de estas características.
"(Necesitamos) atraer suficiente capital a la plataforma para satisfacer la enorme demanda que tenemos"

David Girouard, fundador de Upstart

"La deuda que contraen los estudiantes y las obligaciones financieras, junto con la falta de acceso a capital, hace que los jóvenes dejen de lado la carrera que prefieren para dedicarse a trabajos aburridos que les permiten solventar sus gastos", le dijo a BBC Mundo.

"Esto no es bueno para ellos ni es bueno para la economía".

Sam Wilson, quien ha financiado a una persona en Pave, le dijo a BBC Mundo que para ella uno de los puntos más positivos del modelo reside en que "si la gente hace lo que ama para vivir es más probable que sea exitosa".

Y Andy Palmer, quien ha invertido en más de 20 personas en Upstart, está convencido que este tipo de servicios provee una buena forma de diversificar sus inversiones.

"Si no se lo invirtiera en ellos, el dinero iría a instrumentos financieros relativamente convencionales", le dijo a BBC Mundo.

Herederos de Kickstarter

Upstart y Pave pueden considerarse herederos del exitoso Kickstarter, el sitio de financiación colectiva en el que los fondos se destinan a proyectos puntuales y los inversores reciben a cambio de su dinero un producto, una mención especial o algún tipo de participación en el proyecto.

Esa es la gran diferencia con Pave y Upstart. En el caso de estos últimos, el dinero va en forma directa a individuos que se compromenten a pagar una porción de sus ingresos antes de impuestos durante los siguientes 10 años (hasta 7% anual en el caso de Upstart; 8% en el de Pave). Una vez pasado el período, se acabó el contrato. Y cuando los ingresos de los deudores son demasiado bajos, no pagan.


"Si la gente hace lo que ama para vivir es más probable que sea exitosa"

Sam Wilson, inversora en Pave

El modelo se llama de "contrato de capital humano".

Quienes buscan obtener un crédito crean perfiles que parecen un híbrido entre los de LinkedIn (la red social para establecer y nutrir relaciones profesionales) y Kickstarter.

Se parece a LinkedIn en que los postulantes pueden incluir detalles de su carrera profesional, estudios, habilidades, una foto, etc. Y comparte con Kickstarter el hecho de que abre la oferta de financiación por cierto tiempo y si no se recauda el total del dinero en ese plazo, se cierra completamente la inversión, sin que nadie ponga nada.

Girouard, de Upstart, considera que la experiencia en la metodología de selección de personal que adquirió en Google le sirvió para ayudar a su sitio a valorar las cualidades de quienes solicitan allí dinero.

Upstart califica activamente a los candidatos. "Y al identificar y medir el potencial de alguien, le permites capitalizarlo", dijo.

También se asegura de que los inversores estén legalmente habilitados para prestar dinero.

Pave prefiere que la comunidad se autoregule, aunque verifica datos para garantizar que ambas partes estén actuando de buena fe y que los inversores puedan prestar.

Lea el artículo completo en:

BBC Ciencia 
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