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15 de enero de 2018

Por qué el pesimismo nos parece inteligente y el optimismo, simplón

Contraponemos el ‘Hay que ver qué mal está todo’ frente al ‘Pues tampoco estamos tan mal’

De acuerdo. Los argumentos se cuentan por miles. Son tantos que mantener hoy una actitud positiva frente a la vida es toda una proeza. Por eso, el pesimismo resulta mucho más habitual. No hay más que poner la oreja en cualquier conversación ajena. En bares y restaurantes, en buses y metros. Da lo mismo.


La proporción de sentencias cargadas de escepticismo siempre será más elevada que la de frases ilusionantes. Y ya no tanto porque la realidad empuje a ello, sino porque el pesimismo vende. Envuelve al individuo con su pátina de inteligencia. De persona lista para pronunciar el a mí no me la dan. Porque lo contrario es de ilusos, de ingenuos. Pero, ¿realmente están bien definidos los dos papeles?

Antes de pensar en ello, conviene tratar de entender el porqué de ese halo de inteligencia desbordante vinculado al pesimismo. Decía el historiador Deirdre N. McCloskey que, por razones que nunca entenderá, “a la gente le gusta escuchar que el mundo se va al infierno”. Y es cierto que el optimismo se vincula en ocasiones a la inconsciencia, por un lado, o a la inacción, al entender que no es necesario hacer nada puesto que todo va ya lo suficientemente bien.

Lo mismo ocurre, por ejemplo, con los críticos culturales: el que arrastra por el suelo al texto o a la cinta suena más inteligente que el que afirma haber disfrutado. O con el dinero: Un inversor optimista suena inconsciente, mientras que uno pesimista se toma como perro viejo curtido en mil batallas.

Un error de concepto

“Efectivamente, optimismo suena a ingenuidad y al pesimista se le atribuye la capacidad de ver más allá. Y eso no es así”, asegura Lecina Fernández, psicóloga clínica y experta en ilusión.

“En realidad, sucede justo lo contrario", aclara la especialista. "El optimista es capaz de ver la parte positiva, claro, pero también la negativa. Y precisamente por ver el lado oscuro comienza a moverse, con ánimo, para sortearlo o superarlo”, explica. Por el contrario, continúa, el pesimista sólo atenderá a lo negativo y él mismo se frenará para no caer en errores, quedándose instalado en una realidad a medias.

Así que todo es fachada. El pesimista, afirma la psicóloga, no sólo no es más inteligente, sino que es mucho más autocomplaciente: “Cuando se topa con algo que va mal no busca necesariamente su cambio, sino que lo entiende como un refuerzo para sus ideas fatalistas”. Una suerte de ¿veis? que le conduce, directamente, a la apatía.

Pero, en el fondo y según la psicóloga, existe un arraigado error en los conceptos. “Incluso Schopenhauer, quizá el mayor adalid del pesimismo, escribía con la meta de que el público comprara y leyera sus textos”, subraya. Y esa ya era, por sí misma, una motivación.

Encontrar a un pesimista auténtico es prácticamente imposible, afirma, puesto que en nuestro ADN está impreso el motor para, al menos, sobrevivir. Y pensar que mañana quizá no nos despertemos sonará fatalista. Pero descansar esta noche para tener energía al despertar ya será, al menos, una aportación a la búsqueda, optimista, de estar vivos mañana.

Cuidado, que nos va la vida en ello

No es cuestión de acudir a los extremos. El optimismo mal entendido, el que peca quedándose únicamente con la mitad de la realidad, es igual de peligroso que el pesimismo. Textos como los de la activista americana Bárbara Ehrenreich, Sonríe o muere: La trampa del pensamiento positivo¸ ponen de relieve cómo pretender que solo se experimenten emociones positivas es tan absurdo como imposible.

Y otros autores, como el profesor de la Universidad de Oxford Roger Scruton, estudian los peligros de la falsa esperanza y tratan de determinar los usos correctos del pesimismo, entendido como motor de cambio y germen de avance.

Pero otros expertos, igual que la psicóloga Nabila Prieto, sí invitan a ser más tendentes al optimismo, olvidando su vinculación a la ingenuidad. Fundamentan sus consejos en estudios como el elaborado en la Universidad de Yale, desde donde se encuestó a los habitantes de un pequeño pueblo de Estados Unidos para, años después, registrar su salud cruzándola con su visión optimista o pesimista frente a la vida. La conclusión: aquellas personas que se habían mostrado más optimistas habían vivido, de media, siete años y medio más que los que se habían subido al carro de los negros nubarrones.

Casualidad, dirá usted, lector pesimista. Otro estudio que pretendió eliminar cualquier disparidad cultural o relacionada con la alimentación o el ambiente en el que se desenvolvían los voluntarios optó por realizar un análisis similar en el contexto de un convento. Monjas que comían lo mismo, compartían horarios y respiraban el mismo aire, y cuyos diarios fueron analizados para determinar, igualmente, que las hermanas optimistas vivieron unos 10 años más que las pesimistas.

En definitiva, y a tenor de los datos, el optimista será, primero, más feliz y, segundo, más longevo. Simplemente porque entenderá sus dificultades como retos y no como tragedias. Que las hay, y gordas. Pero más se perdió en Cuba.

Fuente:

El País (Buena Vida)

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