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7 de julio de 2014

Nos encanta la comida que cruje

Nunca entendí la costumbre norteamericana de comer galletas blandas, sin ese típico “crac” que antecede a la liberación de fragmentos de galletas de todos los tamaños por la boca. En todo caso, constituye una excepción gastronómica, porque a la mayoría de nosotros nos chifla la comida que cruje, que hace crac

Lo crujiente resulta seductor para nuestro paladar porque denota frescura (como el de una zanahoria), y lo rancio, lo que está podrido o pasado, puede ponernos enfermos. Hemos evolucionado para decantarnos por las comidas duras y crujientes. Hasta cierto punto, comemos con nuestros oídos, por eso, por ejemplo, los fabricantes de chips cuidan tanto el ruido de sus patatas al quebrarse bajo nuestra mandíbula. 

Según Van Vliet, un experto en el tema, a los seres humanos les gustan los alimentos que, al crujir, alcanzan alrededor de 90 o 100 decibelios. Si la gente come patatas pero se enmascara el ruido de la masticación en las frecuencias más altas, entonces ya no se percibe frescura, y se considera que las patatas están rancias. 

Tal y como explica Mary Roach en su libro Glup:

La dureza y lo crujiente, en resumen, nos dice que la comida es “saludable”. Los imperios de comida de aperitivos han sabido sacar partido de este hecho, produciendo alimentos frescos y crujientes que nos resultan atractivos pero no son tan beneficiosos en términos de salud y supervivencia (…) Es una maravilla: una física sofisticada al servicio de la comida basura.
Fuente:

Xakata Ciencia
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