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14 de julio de 2014

Antonio Córdoba: "El aprendizaje de las matemáticas hace ciudadanos más libres"





Su infancia transcurrió en un huerto del camino de Puente Tocinos (Murcia). Su madre, maestra en una escuela de niñas, le llevaba desde muy pequeño a la escuela y allí descubrió que con las cuentas se hacía valer ante aquellas chicas mayores que manejaban mucho mejor las cosas del idioma y la literatura. Así nació su interés por la geometría y la aritmética. Había que hacerse valer ante aquellas niñas maravillosas. Estudió Matemáticas en la Universidad Complutense y se doctoró en la Universidad de Chicago. Ha sido profesor de la Universidad de Princeton y miembro del Instituto de Estudios Avanzados. Actualmente es catedrático de Análisis Matemático en la Universidad Autónoma de Madrid e investigador en el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT). Por sus contribuciones científicas ha recibido varios premios, entre ellos el Premio Nacional de Investigación Julio Rey Pastor en 2011. Se considera fundamentalmente profesor: «como investigador creo nueva música y como profesor la interpreto». Antonio Córdoba es un hombre ilustrado, sabio, sencillo y de mentalidad abierta, pero también es un hombre riguroso con unos principios e ideas firmemente asentados que defiende y argumenta con rigor científico de manera inapelable. Nos citamos con él en la librería Ocho y Medio de Madrid y tras casi dos horas de charla nos queda la sensación de que tras sus palabras hay mucho más de lo que ha contado.


¿Cuál es tu campo de investigación? ¿Cuál es tu día a día?

Me parece que no soy un matemático muy típico, en el sentido de que la mayoría de mis colegas suelen trabajar durante toda su carrera en un área muy determinada, o en áreas, digamos, muy cercanas. Sin embargo, yo  he tenido el prurito, a lo largo de mi vida académica, de cambiar de problemas cada equis tiempo, de aprender nuevas técnicas y teorías. Eso me gusta, me divierte, aunque  tiene  también  sus durezas y sus inconvenientes, especialmente cuando en las valoraciones se tiene muy en cuenta el número total de publicaciones. Me inicié dentro de un área que tiene un nombre especialmente lindo: Análisis armónico. Además, tuve la suerte de hacerlo en la Escuela de Chicago, uno de los centros punteros del análisis matemático occidental, creado por Antoni Zygmund, mi bisabuelo en matemáticas, quien emigró a Estados Unidos al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, trayendo consigo la experiencia de la excelente pléyade científica que había surgido en su Polonia natal de principios del siglo XX. Tuve así la oportunidad de conocer a grandes maestros del análisis armónico, como el mismo Antoni Zymund, o Alberto Calderón, Elias Stein y Charles Fefferman. Hice mi tesis sobre un problema fundamental del área que logré resolver en dimensión dos, el caso de dimensiones mayores está todavía abierto, y que atañe a la intrincada geometría y los llamados lemas de recubrimiento, que satisfacen los paralelepípedos de direcciones arbitrarias en el espacio euclídeo, cuyas ilustraciones gráficas recuerdan mucho los cuadros suprematistas de Malevich.  Trabajé y publiqué  en ese tema durante algunos años, y dirigí varias tesis, como las de Alberto Ruiz y Luis Vega, que son ahora autoridades mundiales en el área. Pero me interesé también en otros problemas y empezó a gustarme  mucho la teoría de los números, en la que he hecho también mis pinitos, y he dirigido las tesis de Javier Cilleruelo y Fernando Chamizo, quienes son ahora dos figuras de su especialidad.

La física también me ha interesado siempre: en Chicago seguí un curso de relatividad general impartido por S. Chandrasekhar, quien recibió el Premio Nobel de Física de 1983 por su teoría sobre el colapso gravitacional de las estrellas, y otro de Análisis Funcional y Mecánica Cuántica. El análisis armónico tiene su origen, precisamente, en cuestiones de propagación de ondas, del calor, la luz y el sonido. De manera que la física matemática ha sido otra de las áreas en las que he hecho incursiones: en mecánica cuántica primero y, últimamente, en mecánica de fluidos, en algunos de cuyos problemas estoy ahora mismo trabajando. Conozco, por supuesto, a otros matemáticos que son infinitamente mejores que yo y que han contribuido con resultados importantes en varias áreas distintas, pero no es lo frecuente. Lo normal es que la gente se concentre en una o dos áreas próximas y desarrolle allí su investigación.

En mi rutina diaria suelo dedicar las primeras horas de la mañana a pensar sobre los problemas que tengo como objeto de deseo y que, a estas alturas del partido, son bastante intrincados y apasionantes. Luego hay un tiempo para mis alumnos de doctorado, quienes me cuentan sus progresos y juntos dedicamos unas horas a solventar las dificultades que hayan surgido. Pero están también las clases universitarias: me considero fundamentalmente un profesor, pero un profesor  que enseña porque investiga. En un símil musical, investigar es componer mientras que enseñar es interpretar la música de los grandes maestros, aunque introduciendo, a veces, las variaciones propias. Desde hace algún tiempo, y creo que es algo merecido después del papel que me cumplió desempeñar en los ochenta, huyo de las labores más administrativas y ya no deseo tanto que se me otorguen dineros para grandes proyectos sino disponer de más tiempo para pensar en mis problemas favoritos.

Se sabe que los científicos, sobre todo los investigadores jóvenes, cuando tienen una línea de investigación se quedan ahí porque al final, si no te mueves eres más productivo. En España hay tanta presión para publicar, que casi el sistema les fuerza a no cambiar de línea. En tu caso, ¿no tuviste esta presión o es que cambiaste de área a pesar de ella?

Hay un poco de todo esto que apuntas. Claramente está que a mí me guste cambiar, en la variedad está el gusto. Pero también cuenta la suerte y la biografía: cuando cursaba cuarto de licenciatura, la Universidad de Chicago me ofreció una beca para hacer allí el doctorado. Mi suerte fue que el gran Alberto Calderón vino a dar un curso de doctorado en la Complutense, y que Miguel de Guzmán me animara a asistir a sus clases. A Alberto le hizo gracia que un chavalín le hiciese preguntas con cierto desparpajo, y me propuso pedir aquella beca que me hizo pasar de un casi desierto cultural matemático, a uno de los mejores centros del mundo. Después, cuando acabé mi tesis, en el 74, para mi sorpresa la Universidad de Princeton me envió una carta ofreciéndome irme con ellos. Y claro, me fui. El ambiente entre los junior faculty era muy competitivo, obviamente, pero el énfasis no estaba puesto en el número de artículos que tienes publicados, sino en los problemas difíciles que has resuelto. Y eso sí me marcó. Había que atacar y resolver problemas duros. Lo que es siempre muy peliagudo: la mayoría de mis compañeros, al cabo de tres años, tuvieron que marcharse, pero yo tuve la suerte de resolver una conjetura importante que estaba abierta en el área, un problema de Zygmund que se había resistido a mis mayores, a los Calderón, Stein, etcétera, y que se publicó en Annals of Mathematics, la revista más emblemática. Eso me valió un contrato de mayor recorrido. Estuve allí varios años, unos ocho o nueve, hasta que decidí volver a la universidad española. Si mi carrera se hubiera desarrollado en España, es probable que mi trayectoria fuera distinta. Aquí el énfasis se pone en el número de publicaciones y no en la dificultad del resultado, muy diferente a lo que yo viví en Princeton.
 
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