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23 de mayo de 2014

México: la educación como apuesta por el crecimiento

Los países que más invierten en ciencia y tecnología son, habitualmente, naciones con un amplio desarrollo económico o mayor crecimiento, lo que permite dar un fuerte impulso a sus estudiantes.

“La educación de hoy es la economía del mañana”. Así le gusta decir a Andreas Schleicher, director del informe PISA, un programa de evaluación de alumnos que se ha convertido en un referente internacional para las políticas educativas.

El desarrollo económico consiste en transitar de una economía basada en la producción de bienes primarios realizados con trabajo simple a una economía productora de bienes industriales de alto valor agregado, llevados a cabo con trabajo complejo. La educación y el conocimiento tecnológico es el activo fundamental y la condición necesaria para que un país logre su ascenso hacia actividades industriales cada vez más complejas, rentables y mejor remuneradas. Los países que más invierten en educación, ciencia y tecnología son, habitualmente, los de mayor desarrollo económico o mayor crecimiento.

La condición suficiente es que las fuerzas políticas, la legislación y las energías sociales apunten hacia ese objetivo. Si existe esa voluntad política y la correlación de fuerzas para superar los obstáculos derivados del rentismo y la protección de privilegios, México podría encaminarse en la senda para lograr una economía con trabajadores bien educados, competitivos y bien remunerados.

En los últimos años algo se ha movido en México en lo que se refiere a presupuesto dedicado a la educación, los niveles de escolarización y la calidad de la enseñanza. En primer lugar, ha aumentado considerablemente los recursos destinados a la educación. Según la OCDE, el porcentaje del PIB destinado a la educación fue de 6,2% en 2010 comparado con 4,1% en 2000.

Actualmente, el presupuesto en educación está en línea con el promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) de 6,3% del Producto Interno Bruto (PIB), incluso por encima de los porcentajes dedicados por Australia (6,1%), España (5,6%) o Suiza (5,6%). Sin embargo, el gasto anual por estudiante todavía es significativamente menor en México: a nivel primaria se gastan cerca de 30,300 pesos por alumno frente a un promedio de la OCDE de más de 103 mil pesos.

Ventaja competititva

Esos mayores recursos, si bien son insuficientes, han servido para incrementar la cobertura. México tiene una gran oportunidad de crecimiento con el llamado “bono demográfico” que no debe desaprovechar, pues en caso contrario se puede convertir, más que en una fuente de crecimiento, en un lastre para la economía y en un “bono de desigualdad”.

México tiene hoy el mayor número de jóvenes en su historia de entre 15 y 29 años y sólo 56% de ellos está estudiando, contra un promedio de 84% de la OCDE. Además, somos también el tercer país con mayor porcentaje de jóvenes ninis con 27,4% de jóvenes de entre 15 y 29 años que no estudian ni trabajan, lo cual suma ocho millones.

Ahora bien, aunque las cifras de cobertura aún son bajas, hay que recalcar que según la tendencia actual se estima que 49% de los jóvenes mexicanos concluirán la educación media superior a lo largo de sus vidas comparado con 33% en 2000.

Mejorar la cobertura educativa traerá beneficios inmediatos, y en ese sentido va el decreto presidencial que establecía la educación secundaria como obligatoria, con el objetivo de universalizarla para 2022.

Evaluaciones

Sin embargo, en un mundo competitivo no es suficiente si no va acompañado de una educación de calidad. Aunque ha venido mejorando, las diferencias son aún abismales. Según los resultados de la prueba PISA 2012, la calificación de matemáticas en México subió de 385 puntos en 2003 a 413 en 2012, y fue la tercera mejoría más importante en la OCDE. Sin embargo, de mantenerse este buen ritmo en los avances “a México le tomará más de 25 años alcanzar los niveles promedio de la OCDE en matemáticas y más de 65 años en lo que se refiere a las capacidades de lectura” (PISA 2012).

En México, 55% de los alumnos no alcanzan el nivel de competencias básicas en matemáticas, y menos de uno por ciento de los alumnos en el país alcanzan los niveles más altos de la prueba frente a 13% del promedio en la OCDE. Visto de otro modo, de una generación de dos millones de jóvenes de 15 años, en México sólo cerca de tres mil 500 estudiantes alcanzan un nivel de excelencia, y estos alumnos de más alto rendimiento obtienen apenas el mismo puntaje que un alumno promedio en Japón. 

Si bien los recursos son insuficientes, el problema no se reduce a mayor presupuesto. La explicación parece ubicarse en una compleja amalgama social e institucional que incluye altos niveles de desigualdad, poca conciencia de la sociedad civil (según las encuestas la mayoría de la población está satisfecha con la educación recibida para sus hijos) y una lógica corporativa de la organización del sistema educativo en la cual el Estado organizó la educación como mecanismo de control político y hoy no ha logrado desmantelarlo.

Recursos y oportunidades

En esa gestión del presupuesto, 93,3% se destina a la remuneración del personal, el mayor porcentaje de la OCDE. Sin embargo, eso no significa que el profesor promedio esté bien pagado (es el quinto país donde peor se paga a los maestros), ni que estén remunerados conforme a criterios de desempeño ni que, dada la falta de transparencia sobre el uso de los recursos, estén siendo dirigidas hacia donde más se necesita. En efecto, esta concentración de los recursos limita otras opciones de política educativa que han demostrado efectos positivos en otras latitudes: programas de alimentación en la educación preescolar y básica (una mejor alimentación en los primeros años de vida aumenta la permanencia de los niños en la escuela y aprenden más), programas de becas a las familias pobres para que envíen a sus hijos a la escuela, y mayor inversión en infraestructura, lo cual apoya la disminución de las diferencias por nivel socioeconómico entre los estudiantes.

Además, en México, no está claro que un mayor nivel educativo genera mejores perspectivas laborales. Es cierto que los trabajadores con mayor nivel de instrucción obtienen mejores niveles de remuneración que el resto. Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, aquellos con estudios de preparatoria y universitarios obtienen ingresos por hora 151% por encima a la remuneración por hora promedio. Pero esas diferencias son poco perceptibles en niveles de educación más bajos: la diferencia entre las remuneraciones entre quienes no terminan la primaria y quienes terminan la secundaria es de alrededor de 20%, y se ha observado que las diferencias salariales por nivel de estudio han comenzado a reducirse hasta el nivel de bachillerato concluido en los últimos años.

Desocupación y crecimiento

Sin embargo, al contrario que en el resto de los países de la OCDE, se observa que la tasa de desempleo es mayor cuanto más alto es el nivel de estudios. La tasa de desempleo entre los individuos de estudios superiores es de 4,8% comparado con 4,4% con estudios de media superior y cuatro por ciento en secundaria. Es más, 37,7% de los desempleados cuenta con estudios de bachillerato y superior.

A su vez, 386% de los trabajadores con estudios profesionales está trabajando en ocupaciones no profesionales. A partir de estos indicadores es difícil interpretar si México adolece de un desequilibrio entre lo que el mundo empresarial necesita frente a las capacidades que la escuela ofrece, o si más bien la estructura económica de México, por su perfil industrial orientado a la “maquila”, no demanda trabajo calificado.

Para que la educación promueva el crecimiento, por tanto, la estrategia tiene que ser integral. La condición necesaria es formar a trabajadores bien preparados, con un sistema educativo desarrollado que genere variedad en la oferta de talento, pero no sería suficiente si no va acompañado de una política económica que genere estímulos a la investigación y al desarrollo, sinergias con el mundo empresarial más innovador, el de mayor contenido tecnológico y de valor agregado que revierta el actual modelo maquilador basado en trabajo de “ensamble”.

Fuente:

América Economía

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