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17 de enero de 2014

La muerte (poco heroica) de algunos científicos


Hay científicos que han muerto probando sus experimentos en sí mismos; otros lo han hecho tras un empacho al celebrar algún hallazgo; otros murieron por su exceso de confianza; otros por pura mala suerte.

Sea como fuere, a continuación os mostramos algunos casos de científicos que murieron de forma, digamos, indigna, impropia, poco heroica. De una forma que posiblemente los interfectos habrían preferido que no se aireara en un artículo como éste. Al estilo Humayun, el emperador indio al que se le enredó la túnica en el pie, cayó por las escaleras de su templo y se partió la crisma.

Empédocles se quemó

Al menos la leyenda nos cuenta que Empédocles (490-430 a. JC), el filósofo griego, saltó en secreto a un volcán en busca de preguntas acuciantes sobre su funcionamiento interno. El problema es que desapareció sin dejar rastro.

Celebrándolo hasta reventar

El filósofo y médico francés Julien Ofray de la Mettrie (1709-1751) estaba muy contento y ufano por haber curado a un paciente. Tanto que, en la fiesta que el propio paciente había celebrado en su honor, el médico murió por comer demasiado paté de trufa.

Transfusión de malaria y otras enfermedades

Alexander Bogdanov (1873-1928) fue un físico ruso que murió tras realizarse una autotransfusión de sangre… infectada de malaria y tuberculosis. Al mismo estilo cafre que Nicholas Chervin, de Gibraltar, que en el siglo XIX comió el “vómito negro y sanguinolento” de víctimas de la fiebre amarilla para dejar paladina constancia de que la enfermedad no se transmitía mediante contacto humano. Y el cirujano del siglo XVIII John Hunter, se infectó con “material venéreo” para comprobar si la sífilis y la gonorrea son la misma enfermedad.

Y En 1900, en Estados Unidos, durante el estudio de la transmisión de la fiebre amarilla en Cuba, el doctor William Lazear dejó que mosquitos infectados le picaran sin comunicarlo. Murió con 34 años y, posteriormente, su investigación fue reconocida como incalculablemente valiosa para el tratamiento de la enfermedad.

El abrigo paracaídas

Franz Reichelt (1879-1912), además de sastre, había hecho sus pinitos como inventor. Tanto es así que mezcló sus pasiones en un mismo objeto: un abrigo paracaídas. Lo probó él mismo saltando desde el primer piso de la Torre Eiffel, y ya nunca más lo contó.

Sadomasoquismo científico

El siguiente científico, finalmente, no murió, pero habida cuenta de todo lo que “sufrió”, podría haberlo hecho. A finales del siglo XIX, el doctor Hildebrandt puso a prueba la eficacia de la anestesia espinal permitiendo que su colega le sometiera a diversos actos de sadismo muy gráfico, tal y como explicita Ian Crafton en Historia de la ciencia sin los trozos aburridos:
permitiendo que lo quemara, le acuchillara el muslo, le oprimiera los testículos y le golpeara las espinillas con un martillo; de este modo demostró sin lugar a dudas que no podía sentir nada de cintura para abajo.

Tomado de:

Xakata Ciencia

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