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19 de septiembre de 2013

David Remnick: «No seamos románticos: en el periodismo anterior a internet también había basura»





The New Yorker es un templo del buen periodismo que navega más o menos indemne por la crisis económica y de talento que está asolando al sector. Incluso en momentos económicos muy duros, The New Yorker es una revista rentable y la estrategia de Remnick es prosperar en la edad de internet con inversiones en contenidos y distribución —web, iPdads, etc— y continuar invirtiendo mucho en lo más importante: la escritura, la edición, el fact checking, como siempre lo ha hecho. Su célebre facts checker, el departamento que comprueba la veracidad y el rigor de todo lo escrito, incluidas las comillas de los entrevistados, sigue incólume y se extiende a la web. David Remnick es su director desde hace 15 años. Aunque anda más cerca de los 55 que de los 54 parece joven, apenas tiene canas, viste sin corbata. Fue periodista del The Washington Post y corresponsal en Moscú. Le tocó enterrar el comunismo. Al entrar en la revista, situada en el número cuatro de Times Square, me crucé con el nobel de literatura, Wole Soyinka, que salía de entregar algún texto o de discutir el siguiente. Son situaciones extraordinarias. Remnick tiene un despacho entre rascacielos, lleno de luz, sin boato.

Todo empezó hace semanas con un correo y una petición de entrevista. Hubo varios intercambios sin que se concretara nada. Una mañana de finales de julio, cuando ya me encontraba en Nueva York, le escribí un último mensaje a la desesperada. Respondió enseguida: «¿Puedes hoy a las 2.30 pm?». No arrancó bien la reunión. Le molestó que no le advirtiera de la presencia de un fotógrafo, pero se había estudiado mi biografía y la web de Jot Down. Le gusta tener controladas las situaciones. Tras unas fotos de urgencia, solos alrededor de una mesa y unas botellas de agua, Remnick se relajó. Nadie interrumpió durante casi 50 minutos. Sonó su teléfono móvil, pero no lo cogió. 

Todo el mundo está hablando del final del periodismo, ¿cuál es su opinión? ¿Cree que nos acercamos a ese final o es algo que solo afectará a algunas empresas del sector que van a desaparecer?

(Tras una exclamación y una sonora carcajada) Bueno, resulta casi indecente hablar con alguien que ha pasado por lo que has pasado y decir «no, el periodismo no va a desaparecer». Pero es que realmente creo que esa es la verdad. ¡Por supuesto que no va a desaparecer! El periodismo es una actividad humana muy antigua y esencial. Sin él estamos perdidos, realmente perdidos. Quizá el New York Times es imperfecto, The New Yorker es imperfecto, las principales instituciones del sector son radicalmente imperfectas, pero sin ellas estamos perdidos. ¿Por qué? Porque sin periodismo no hay presión sobre el poder; esa presión quedaría reducida a las citas electorales y en ese caso, sin periodismo, las campañas electorales serían… aún más grises de lo que son. Creo que eso es lo que se exige, lo que se nos exige a nosotros, los periodistas.

Estamos atravesando un periodo marcado por un enorme cambio tecnológico, tectónico. Como ocurre en cada cambio económico y tecnológico las consecuencias positivas vienen acompañadas de involuntarias consecuencias negativas. En algunos aspectos el periodismo actual es mejor y en otros es peor. Es evidente. Es mejor porque su distribución y el acceso a la información son inmediatos. Si quiero leer miles de cosas inmediatamente, puedo hacerlo. Es el tiempo del ahora

Mis habilidades como periodista se han visto reforzadas por la tecnología. Cuando tú y yo éramos jóvenes y enviábamos los textos desde el terreno, era imposible hacerlo desde el lugar exacto de un terremoto en Armenia, desde Turkmenistán o desde cualquiera de los numerosos lugares en los que has estado. ¡Era imposible, impensable! Tomabas notas y regresabas a la capital, lo redactabas y… Ahora todo es… (chasquea los dedos en señal de inmediatez). No hay excusa, no existe una excusa tecnológica para no estar en todas partes. Podríamos seguir hablando sobre este tema durante horas y aburrir a todo el mundo. Lo que quiero decir es que no, no creo que estemos ante el fin del periodismo, pero evidentemente las involuntarias consecuencias del cambio son brutales. 

Por ejemplo, mi carrera empezó de la mejor forma posible: fui contratado por The Washington Post cuando aún era muy joven. Fue como una bendición. Yo tenía veintipocos años, era 1981-1982, y el Washington Post era… ¡Deberías habernos visto! Era la era post-Watergate, ganábamos mucho dinero y el negocio publicitario era muy rentable. Todos querían colaborar con nosotros. Contábamos con fondos para cualquier tipo de reportaje nacional o internacional, para todo tipo de proyectos. Ahora mismo, rezo por su supervivencia. ¡Su supervivencia! Y es The Washington Post, no cualquier periódico provincial como The Sacramento Bee o The San Jose Mercury News. Es una institución esencial. Eres español. Todos conocemos la reputación internacional de El País. Haciendo un paralelismo con el ejemplo anterior, si nos planteamos que El País puede estar en peligro, ¿en qué situación quedaría España en términos de calidad informativa y de periodismo? Como he comentado anteriormente, al final todo se reduce a la necesidad de que alguien ejerza una presión sobre el poder. 

David Remnick 4

Estamos en medio de esta situación de incertidumbre, muchos la achacan a la crisis. Es evidente que hemos cometido muchos errores, especialmente al intentar comprender el funcionamiento de la información y el periodismo en internet. 

Todo eso es cierto y es fácil de verlo desde el espejo retrovisor. Es fácil mirar atrás y decir «deberíamos haber hecho esto o aquello», pero si lo miras en tiempo real algunos de los llamados «errores» eran muy complicados de identificar. Por ejemplo, todo el mundo critica a The Washington Post por no haber comprado Politico.com. Podría dar mi opinión sobre Politico y su forma de informar. Pero no estamos hablando de eso. The Washington Post ya contaba con una página web y con una sección dedicada a la política en la que se hicieron importantes inversiones. No creo que comprar Politico.com hubiera resuelto el problema. Comprendo perfectamente por qué Donald Graham tomó tal decisión, aunque fuera errónea. Además, no creo que la compra hubiera solucionado la situación. Podría haber ayudado a la publicación, pero no habría solucionado completamente el problema de la crisis. Lo siento, pero ¿está Politico ganando mucho dinero? ¡No! ¿Y el Huffington Post? Tampoco. Muchas de las esas publicaciones que tienen una gran reputación y han alcanzado éxito en internet tampoco están ganando dinero.

Continuando con el asunto de la relación entre el periodismo digital y en papel, ¿cómo podríamos convencer a la gente de que internet no es suficiente?

En este punto discrepo contigo. En mi opinión internet no es más que una herramienta, un medio de distribución. Y es un sistema radicalmente más efectivo que la distribución de lo impreso en papel.

Pero hay gente que puede tener la impresión de estar al corriente de todo lo que pasa solo con un click.

Es que pueden: si compran productos en internet. En otras palabras, The New York Times no puede ser gratuito; no tengo problema alguno con que la gente lea The New Yorker en internet. Tengo 54 años, tú tienes 58, y puede que lo prefiramos impreso por las mismas razones por las que la gente prefiere aquello a lo que está habituado. Yo prefiero un determinado tipo de bebidas, prefiero Bob Dylan al último éxito de hip-hop, pero es así porque tengo 54 años. Eso no tiene relevancia, solo son hábitos de un ser humano corriente. Creo que podemos estar muy bien informados solo con un portátil. Pero necesitas un portátil y una tarjeta de crédito, porque todo no puede ser gratuito.

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