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4 de agosto de 2013

Opinión: La consecuencia de la Ciencia para un país es el progreso

Comprendo que el tema Ciencia (I+D+I) y Sociedad puede resultar disuasorio, por lo manido, y también que insistir en para qué sirve la Ciencia puede sonar hasta pedante. Perdonen si lo ven así. Pero a comienzos de julio, el presidente del CSIC se veía obligado a lanzar un SOS para intentar salvar de la asfixia económica al mayor organismo público de investigación –y por cierto uno de los pocos organismos públicos vertebradores del Estado en la España de las Autonomías, junto a la Guardia Civil. Contra toda lógica –al menos, la lógica del mundo occidental— y a tenor de los acontecimientos, parece que no sobra recordar el papel que juega la Ciencia y la Innovación en nuestra Sociedad. Lisa y llanamente, la consecuencia de la Ciencia para un país es el progreso. 

La tendencia a progresar es tal vez la proyección colectiva de la insatisfacción humana, un rasgo de evidente utilidad para adaptarse y sobrevivir en un mundo cambiante, y que siempre ha llevado a nuestra especie a ir más allá, a lo largo de un proceso de búsqueda y generación de conocimiento que no tiene fin. 

Por eso la Ciencia no es una profesión, sino una aproximación a la realidad que nos permite entender el mundo de forma más directa que cualquier otra aproximación. Así concebida, la Ciencia debe ser accesible a todos los ciudadanos. Decía Lévi-Strauss que el científico no es tanto el que proporciona respuestas correctas como el que formula preguntas correctas. ¿Qué mejor herramienta para progresar podemos ofrecer a una sociedad? En definitiva, la Ciencia es un derecho porque, junto con la educación, es la vía al progreso. Sin ciencia no hay futuro dice el famoso lema.

Consciente o inconsciente de ese derecho, un sector grande y creciente de la ciudadanía demanda conocimiento científico, especialmente pero no únicamente concentrado en el campo de la salud. Por distintas causas, esta demanda no siempre se sacia con fuentes oficiales sino que busca complementarlo con otras respuestas que se encuentran fácilmente en internet. Aunque todo el mundo es libre de creer en fuentes y remedios alternativos, hablamos de un campo muy amplio, incontrolable y –en el caso de la salud, peligroso— que en ocasiones solapa con la pseudo-ciencia; una sociedad con poca Ciencia aboca a un abuso de ese tipo de fuentes. Una sociedad avanzada debe enseñar a navegar por esos mundos, cuando menos para que el ciudadano sea consciente de si su búsqueda discurre por terrenos en los que no hay más legitimación que la fe o la convicción personal. De hecho, para la comunidad científica no es nada nuevo preguntarse por las fronteras de la Ciencia. 

Las propuestas de Karl Popper a mediados del siglo XX para demarcar la Ciencia frente a otras disciplinas de aproximación a la realidad han marcado a generaciones de científicos, y son muestra de una inquietud que siempre ha estado presente en la comunidad científica. ¿Por qué? Porque es vital que las reglas de adquisición de conocimiento sean suficientemente estrictas como para que el cuerpo de doctrina que se va cimentando entre todos sea útil para construir y avanzar sobre él. Además, los datos aislados aunque sean serios, representativos y fiables no son, en sí, Ciencia; decía el biólogo Sydney Brenner en su discurso de recepción del premio Nobel que el gran reto actual de la investigación biológica no es generar más datos sino convertir los mares de datos que ya tenemos en conocimiento. Y esta es la tarea de la comunidad científica.
 
Para satisfacer la demanda de conocimiento de los ciudadanos y para que la sociedad valore más la Ciencia habría que dar pasos en varias direcciones, que pueden resumirse en una Ciencia compartida, más permeable a la Sociedad, y con unos científicos más abiertos y comunicativos. Los científicos no solo debemos hacer nuestro trabajo bien, sino que se nos debe exigir que abramos a la Sociedad nuestras cápsulas herméticas de conocimiento científico y tecnológico. Estas, que en los precursores pre-científicos, alquimistas, astrólogos, pretendían esconder ignorancia, hoy solo responden a un ensimismamiento y una dedicación exclusiva a una investigación determinada, siempre muy específica. Pero una ciencia compartida, y por ello defendida como derecho común, nos obliga a ampliar los canales de comunicación en esa dirección. 

Conocer cómo perciben los ciudadanos la Ciencia hace que esta sea más interactiva mejorando la comunicación para influir más en sus vidas. Jane Lubchenco, reciente ganadora del premio fronteras del conocimiento BBVA de ecología y biología de la conservación, es un ejemplo ilustrativo. De ecóloga marina de gran prestigio científico pasó a ser elegida por Obama para un puesto de alta gestión: directora de la poderosa NOAA (Administración Nacional para los Océanos y la Atmósfera). Hace poco contaba en una amena charla en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid sus tácticas para moverse por Washington entre la clase política y para que los políticos entendieran y tomaran en consideración la información científica antes de tomar decisiones. Toda su estrategia se basaba en ampliar y mejorar la comunicación.

Porque, querámoslo o no, en esta búsqueda de una ciencia compartida la percepción de esta y de los científicos por parte de los ciudadanos es vital. Se percibe mejor lo que es nuevo o no formaba parte de la experiencia previa, porque la innovación está en la esencia de la I+D y porque los cambios entrañan promesas. Si hay nuevas terapias o tecnologías útiles puede que pensemos de forma positiva en la Ciencia. Si no, tal vez no nos acordemos tanto de la Ciencia que subyace, pero es bueno recordarlo de vez en cuando para valorar su aportación a la Sociedad. La comprensión de los mensajes científicos es un escollo. Pero siempre hay una forma más fácil de explicar una observación, resultado o teoría científicos, como de hecho se ha venido haciendo en nuestro país en la última década, gracias al trabajo de profesionales de la divulgación y la comunicación y a algún científico concienciado y voluntarioso.

Una forma inteligente de aprovechar la inquietud de muchas personas que no son científicos de profesión es la llamada Ciencia Ciudadana (Citizen Science, Crowd Science) que consiste en externalizar una parte de las actividades de la investigación científica a aficionados interesados. Estos pueden ser proveedores de datos, por ejemplo, en estudios ambientales y de cambio global, proporcionando observaciones sobre especies invasoras, ritmos estacionales de la floración en las plantas (fenología), etc. También pueden ofrecer tiempo de computación de sus equipos informáticos para grandes proyectos o, los más entusiastas y preparados, participar más activamente en los proyectos. All for Science, Science for all es uno de los lemas que manejan (http://www.citizencyberscience.net/).

Y volviendo a nuestro país, aún a riesgo de sonar demagógico, no se me ocurre mejor antídoto para contrarrestar nuestras deficiencias ‘culturales’ (llámese envidia; escasa estima de la meritocracia; dificultad para pensar, discutir y trabajar en equipo; fatalismo, sobre todo aplicado a lo colectivo; etc.) que Ciencia –además de educación y ética— en dosis generosas. Estas líneas no pretenden idealizar la Ciencia y menos la nuestra que, por más que en las últimas dos décadas haya vivido incrementos de calidad, productividad y visibilidad inéditos –y haya formado excelentes generaciones de científicos jóvenes-, sigue adoleciendo de defectos estructurales graves, algunos coincidentes con los de la educación. Solo pretenden recordar lo que para muchos es obvio. Aunque manifiestamente mejorable en su estructura de funcionamiento, financiación y comunicación, la ciencia española está amenazada muy seriamente, dañada ya en su capital humano más joven –con consecuencias que ya están condicionando su futuro— y que el voluntarismo y dedicación con el que siempre se han compensado tales carencias no alcanza ya para tanta disfunción.

Por esos científicos jóvenes, por la Sociedad entera, salven al CSIC para que funcione como un vehículo eficaz en pro de una sociedad con una Ciencia más compartida y, por tanto, con más futuro. Y ya por pedir…, hagan Vds. un pacto por la Educación y por la Ciencia. Las generaciones futuras se lo agradecerán. Y si todo esto les parece muy utópico, lean El Optimista Racional de Matt Ridley. Ayuda en estos tiempos…

Fuente:

El País Ciencia
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