30 de octubre de 2012

Ciencia política: ¿Se equivocó Montesquieu?

Por Gabriel Tortella

Charles de Secondat, barón de Montesquieu (en la imagen) es uno de los grandes filósofos políticos del todos los tiempos, cuyo gran tratado, El espíritu de las leyes(1748), introdujo dos nuevas ideas sobre la sociedad humana que aún hoy se citan y discuten con intensidad. 

La primera de ellas es que la libertad política depende de la separación de los poderes. La idea estaba ya en John Locke (otro gigante de la ciencia política), pero Montesquieu la expresó mejor e identificó más claramente cuáles eran esos tres poderes: el legislativo, el ejecutivo, y el judicial. La doctrina de la separación de poderes, inspirada en el parlamentarismo inglés, fue más tarde adoptada por todos los sistemas electivos, aunque algunos políticos practicones actuales hayan sostenido que es una traba para la democracia. Resumiendo, podemos decir que la primera gran aportación de Montesquieu es subrayar la relevancia que tienen las instituciones políticas para la libertad y el buen desarrollo de las sociedades.

Su segunda gran aportación fue el advertir la importancia que tiene el medio físico para ese mismo desarrollo, y señalar que el clima es determinante en la organización de los pueblos y comunidades. Como él mismo escribió, “el carácter del espíritu y las pasiones del corazón son extremamente diferentes en los diversos climas”, y las leyes debían adaptarse a esas diferencias. Ambas novedades filosóficas escandalizaron a la sociedad de su tiempo, hasta el punto que la Iglesia puso El espíritu de las leyes en el Índice de libros prohibidos.

Para Diamond las diferencias ambientales explican el grado de desarrollo

La doctrina de la importancia del medio físico o geográfico ha sido objeto de aún mayor controversia que la de la separación de poderes. Hoy se da más importancia a los factores geográficos en cuanto determinan la capacidad productiva (aridez, pluviosidad, condiciones de transporte, riqueza mineral, etc.) que en cuanto modifican la conducta. La doctrina ha sido bautizada, especialmente por sus detractores, como “determinismo geográfico”, aunque muy pocos, y, desde luego, no el propio Montesquieu, han pensado que el marco geográfico sea el único determinante del devenir de los pueblos.

La vigencia de las doctrinas de Montesquieu queda en evidencia en una polémica muy reciente entre tres científicos norteamericanos. De un lado está Jared Diamond, de la Universidad de California (Los Angeles), autor de Armas, gérmenes, y acero, libro ampliamente difundido y premiado, que argumenta en favor de la significación de la geografía para explicar el desarrollo a muy largo plazo de las sociedades humanas. Del otro lado están Daron Acemoglu (MIT) y James Robinson (Harvard), autores del reciente How Nations Fail, aún no traducido al español. Sugiero al traductor que lo titule El fracaso de las naciones. La tesis de este libro es, sintéticamente, que lo único que explica el desarrollo económico es la política. En la jerga de estos autores, las naciones con organización política “inclusiva”, es decir, democrática, triunfan; las que tienen organización “extractiva”, es decir, explotadora, fracasan. El campo de batalla entre ambos bandos ha sido la New York Review of Books, donde Diamond reseñó el libro de Acemoglu y Robinson (junio 2012) y donde estos contraatacaron con una larga carta, a la que Diamond respondió (agosto 2012).

Para Diamond, las diferencias en los desarrollos de los varios continentes se deben a “diferencias en los medios naturales de cada continente, no a la biología”. Es decir, no son las diferencias raciales, sino las ambientales, las que explican las diferencias en los niveles de desarrollo. Por supuesto, a medida que la tecnología cambia, los efectos de las condiciones ambientales se modifican: lo que durante muchos años fue un desierto, por ejemplo, puede convertirse en un vergel con las modernas técnicas de irrigación. Desde la prehistoria las condiciones agrarias han moldeado las sociedades, hasta que la industria vino a aminorar la tiranía de la agricultura. Ahora bien, la industria nació precisamente en aquellas sociedades donde la agricultura estaba más desarrollada: Europa occidental y, en particular, Inglaterra. La riqueza tiende a ser acumulativa. Por eso, aun hoy, un mapa mundial mostrando la renta por habitante pone en evidencia que los países ricos están situados en la zona templada, tanto en el hemisferio Norte como en el Sur.

Según Acemoglu y Robinson lo único que explica el desarrollo económico es la política

Hay excepciones, por supuesto, y a ellas apelan Acemoglu y Robinson para afirmar rotundamente que la doctrina geográfica, cuya paternidad atribuyen correctamente a Montesquieu, “no funciona”. Los enormes contrastes entre las Coreas del norte y del sur, o entre las poblaciones al norte y al sur de la frontera entre Estados Unidos y México, para ellos demuestran que la geografía no tiene ningún peso. Recurren al viejo truco de simplificar exageradamente la tesis contraria para demostrar su error, como les reprocha Diamond. Pero, tratando de mostrar la superioridad de su teoría, se encierran en un laberinto lógico, porque, si las condiciones geográficas no son el dato inicial de la historia humana, ¿cómo se explica que haya tales diferencias en los niveles de desarrollo? O volvemos al racismo, o recurrimos al azar. Unos países acertaron en darse las buenas instituciones y otros fallaron al adoptar las malas. Acemoglu y Robinson afirman tener una teoría para explicar estas divergencias, pero en realidad no la tienen. Todo lo basan en que unas pequeñas diferencias en la estructura política existentes en un momento dado, como las que existían entre España e Inglaterra en el siglo XVI, se convierten en caminos divergentes al llegar una “coyuntura crítica” como el descubrimiento de América o la aparición del protestantismo y dan lugar a grandes diferencias como las que había a finales del XVII entre las estructuras políticas de ambos países. Lo que Acemoglu y Robinson no explican es cómo aparecen esas pequeñas diferencias iniciales, y sin explicar esto la teoría no explica nada. Tampoco plantean, por ejemplo, cómo Arabia Saudí y Libia tienen niveles de renta muy altos mientras sus vecinos los tienen muy bajos. ¿Son Arabia y Libia modelos de sociedad “inclusiva” y sus vecinos de sociedad “extractiva”? Estos casos contradicen la teoría institucional; son tan demoledores para esta teoría como puedan serlo Corea y la frontera USA-México para la geográfica; por tanto, Acemoglu y Robinson no los mencionan. Su problema es que intentan ser tan excluyentes en su defensa de la teoría institucional que, en realidad, la debilitan. Es evidente que, como muestra el caso de Arabia y Libia, la dotación de factores naturales (como la posesión de grandes yacimientos de petróleo) puede ser más importante que la democracia a la hora de explicar los niveles de renta. Y también que, como prueban tanto la España franquista como la China actual, una sociedad “extractiva” puede producir altas tasas de desarrollo. Por desgracia, las cosas no son tan simples como piensan Acemoglu y Robinson.

En último término, Montesquieu, que alumbró ambas teorías, la institucional y la geográfica, resulta vindicado. Las sociedades humanas son complejas y su éxito o su fracaso no pueden explicarse apelando a un solo factor. Es muy tentador para un científico social el vendernos la fórmula mágica del éxito; pero, por desgracia, no está el mundo para crecepelos milagrosos. Y además, estas pócimas sociales entrañan un gran peligro. Fue un simplismo parecido al de Acemoglu y Robinson el que indujo a George W. Bush a invadir Irak, proclamando que, introduciendo allí la democracia a la americana, el país se iba a enderezar y el Oriente Próximo a estabilizarse. Ya hemos visto los resultados.

Gabriel Tortella, profesor emérito de la Universidad de Alcalá, es autor, con Clara Eugenia Núñez, del libro Para comprender la crisis, entre otros.

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